sábado, 28 de noviembre de 2020

Deep Red Drop sub español

 


Letra: Ueda Tatsuya
Composición: Ryosuke Shigenaga
Arreglo: Keita Kawaguchi

Disculpen si el audio no es muy bueno pero como saben las canciones de los MOUSE PEACE nunca se grabaron en vesión estudio para la venta, así que es difícil conseguir estas canciones.

lunes, 23 de noviembre de 2020

The Ocean At The End Of The World Capítulo 7

 

Capítulo 7

Una sonrisa se formó en su rostro cuando vio a Jin abandonar el camarote de Ueda poco antes del alba. El primer oficial se notaba nervioso mientras con cautela intentaba llegar al lugar desde el que se supone debía haber estado haciendo la guardia. Él era el único testigo y sabía que su sola palabra podría hundirlo.

Se relamió los labios, ya podía disfrutar el daño que esto haría a la confianza que ciegamente Taguchi profesaba al pirata. Quería ver la duda asaltar el rostro de su capitán, el terror instantáneo que invadía la mirada de Jin cuando esta clase de cosas pasaban, pero, sobre todo, quería que los ojos del capitán se abrieran a la verdad y se diera cuenta de que todo este tiempo había sido engañado.

Jin era débil. Un hombre que ocupaba sus pensamientos en cuestiones que nadie entendía. Era alguien lleno de dudas, un niño a la espera de algo que nunca llegaría. Aunque eso era algo que no todos podían ver, se dejaban engañar por su arrogante actitud y su personalidad distante, pero él podía ver la verdad. Siempre la había visto.

Aún recordaba el día que lo conoció. Fue a mitad de la noche cuando el aquel entonces capitán de la embarcación le trajo. Sus ropas estaban llenas de sangre y su cara estaba sucia por las lágrimas secas y el hollín. Sus oscuros ojos, abiertos como platos, miraban asustados todo a su alrededor, hasta que se toparon con los suyos. Recuerda haberle dedicado una sonrisa amable en un intento de reconfortarle. Funcionó. Tras un momento de titubeo le devolvió una débil sonrisa y soltándose del agarre del capitán fue a su encuentro, le tomó de la mano en un agarre débil y tembloroso. Fue entonces que supo que Jin siempre sería ese niño débil y asustado.

Volvió al camarote donde Taguchi yacía recostado sobre la cama, la débil luz que se filtraba le permitió ver que estaba despierto con los ojos bien abiertos, mirándole con curiosidad.

—¿Pasa algo, Koki? —preguntó a la par que se reincorporaba. Koki se encogió un poco de hombros—. Nada especial.

La sonrisa del capitán apareció, era una sonrisa astuta y su mirada era inquisitiva, pero no dijo nada, prefirió ponerse en pie y arreglar el desorden de mapas y documentos con los que habían trabajado durante casi toda la noche.

Él, por su parte, tomó asiento a la mesa, esperando a que Jin apareciera junto con los primeros rayos del sol.

Era curiosa la forma en que la luz se colaba dentro de la espaciosa habitación; lo hacía a través de una grieta cercana a la puerta, lo suficientemente grande para iluminar la cama donde el capitán pasaba sus noches. “Me hace sentir seguro”, le había dicho una vez cuando sugirió arreglarla, “Es muy útil, ¿sabes? Si la luz se extingue sé que alguien se acerca. Ni siquiera Kame puede sortear esta trampa”. Y era cierto, no era una grieta que pudiera distinguirse a simple vista.

La luz se extinguió y la puerta se abrió casi al instante para revelar a Jin quien venía cargando una bandeja repleta de comida.

—Demasiado temprano—se quejó el capitán quitando el último mapa de la mesa—. Te he dicho mil veces que no abuses así de mi cocinero.

—Considerando el festín que esa rata se da a nuestras expensas, creo que cocinará para mí a la hora que quiera—depositó la bandeja sobre la mesa—. Sírvanse.

Durante el desayuno hablaron de todo aquello que no podían hablar en presencia de Ueda, y trazaron en rasgos generales el plan que debían seguir para alcanzar lo que los tres ansiaban más que nada en el mundo: venganza.

Así, cuando Ueda apareció para desayunar, los tres piratas ya se habían levantado de la mesa y se disponían a trabajar, pero la expresión ofendida que el noble les dirigía desde el umbral les hizo detenerse sólo para poder presenciar otro más de sus berrinches.

—Parece que ya no soy bienvenido aquí.

—No es personal—dijo Koki dedicándole una de sus despreocupado sonrisas—. Es sólo que hay mucho trabajo y muy poco tiempo.

—Personal o no, es muy descortés—airado, clavó su mirada en Jin—. Y tú, es mejor que me devuelvas el anillo que tomaste mientras dormía.

Jin le miró con su habitual indiferencia, como si no supiera a qué se refería y el capitán, por su parte, paseó una curiosa mirada de Ueda a Jin.

—¿Te metiste a la cama con él por un anillo? —se burló Koki, volviéndose a Jin—. Somos piratas, no entretenidas. Aunque teniendo en cuenta tu origen…

Con increíble velocidad, Jin se abalanzó contra él, empujándolo contra la atornillada mesa y le habría atravesado la garganta con su afilada daga de no ser por la oportuna intervención de Taguchi, quien sostenía con fuerza el brazo del pirata.

—Jin, basta.

Su voz, más que parecer una orden, era un intento de hacerle entrar en razón.

Jin gruñó por toda respuesta.

—¡Jin!

Repitió, ejerciendo más presión sobre su brazo, logrando así que Jin apartara el arma. Sin embargo, su aura asesina no disminuyó en lo más mínimo.

—Ve afuera y cálmate.

Por toda respuesta, Jin chasqueó la lengua y se deshizo del agarre de su capitán con un brusco movimiento.

Taguchi ayudó a Koki a reincorporarse, revisó que la herida no fuera grave y cuando se aseguró de que la sangre que escurría por su cuello provenía de una herida superficial, le dijo: —Cuida tu boca.

—¿Qué? —se rio—. ¿No soporta el hecho de saber que es el hijo de una ramera cualquiera?

Jin le volvió a atacar, sólo que esta vez le atinó un puñetazo en la quijada que casi lo tira al piso y que le sangró la boca. En esta ocasión Taguchi no ayudó a Koki y dejó que Jin se marchara.

—Lamento que hayas presenciado esto—dijo Taguchi por fin, volviéndose a Ueda—. Este par de chicos son de carácter impetuoso como podrás ver. Te pido disculpas, y, en cuanto a tu anillo, te será devuelto sin la menor dilación. Salvo que sea el pago por algún servicio.

Al decir esto, sus ojos brillaron con algo parecido a la ira, y Ueda se vio atrapado entre su miedo, la burlona sonrisa de Koki y la ira contenida del capitán.

—Fue un pago a cambio de los registros—dijo al cabo de un momento, temeroso de que su respuesta empeorara las cosas—, pero me dio sólo la mitad de ellos.

La mentira era palpable, pero ninguno hizo nada por desmentirla.

Ya apaciguado, el capitán le sonrió de manera tranquilizadora y le recordó la importancia de la honestidad en una sociedad como lo era la suya, luego abandonó el camarote tras advertirle al chico del parche que no pusiera un pie fuera hasta nuevo aviso.

—¿Estás bien? Estás sangrando.

—Se me fue un poco la mano—rio despreocupado—. ¿Tú cómo estás?

Ueda no sabía cómo responder a esa pregunta, así que con manos temblorosas le extendió a Koki su pañuelo para que se limpiara la sangre.

—Me hubieras pedido los registros, te los hubiera conseguido sin problemas.

Ueda asintió con un leve movimiento de cabeza, se le veía pensativo, y eso le preocupó.

—¿Seguro que estás bien?

—Sí—le aseguró, recobrando la compostura—. No creo lograr acostumbrarme a él jamás.

—Y no deberías, es un salvaje.

Le miró de hito en hito, y tras descartar cualquier sospecha de que Ueda cooperaba de alguna forma con Jin, le sonrió jovial.

—Vamos a desayunar, ya que no puedo salir de aquí.

—Claro, buscaré a Kame.

miércoles, 18 de noviembre de 2020

The Ocean At The End Of The World Capítulo 6

 

Capítulo 6

Jin estaba sentado con las piernas cruzadas sobre su arcón, mirándole como si llevara rato esperándole.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Ueda receloso desde la puerta, alzando un poco el candil para poder ver mejor al pirata.

—Traje los registros—contestó mostrándole el cuaderno con el que había estado jugando de manera distraída—. El capitán quiere que los tengas.

Ueda se acercó a él y alargó la mano para tomar el cuaderno, pero Jin lo apartó de su alcance.

—No dije que te los daría.

—El capitán quiere que yo los tenga—rezongó.

—Debiste tomarlos de su camarote hace unos días cuando te nombró contramaestre—Ueda notó cierto dejo de rencor en su voz—. Aunque, claro, no eres muy listo y cuando toquemos puerto en un par de días y no tengas el informe completo...—lo dejó al aire, dedicándole una mirada socarrona.

—No voy a caer—le espetó molesto—. Sólo debo decirle a Taguchi que no quieres dármelos y asunto resuelto.

—Entonces te convertirás en su perro faldero. Buena jugada, muy propia de alguien de tu clase.

Su voz estaba llena de malicia y Ueda supo que el pirata había encontrado su talón de Aquiles.

—Bien—escupió—. ¿Qué quieres a cambio?

Con extremada lentitud, Jin paseó su mirada por el apenas iluminado camarote, sin detenerse en nada en particular y sin mostrar el más mínimo interés en lo que allí había. Era obvio que lo que quería no se encontraba allí, ni siquiera en el valioso baúl sobre el que estaba sentado, entonces sus ojos se posaron sobre él y sus labios se curvaron en una apenas perceptible sonrisa.

—Tu anillo.

Los ojos de Ueda se abrieron con sorpresa. De todo lo que pudiera haberle pedido, había optado por el anillo que llevaba grabado el escudo de su familia y que permitía a cualquiera reconocerle como miembro de la nobleza.

—No—dijo firmemente.

—Bien—de un brinco se puso en pie, intimidando a Ueda con su estatura y complexión—. Disfrutaré tirando tu cadáver al mar.

—El capitán no lo permitiría—siseó retador.

—Ni siquiera él puede detener a una horda de hombres enfurecidos.

Con un ligero empujón apartó al noble de su camino y abandonó el camarote. Éste, dudó en si debía ir tras él, todo podría bien ser una trampa como la vez en que le engañó para encerrarlo junto a un cadáver, pero no quería arriesgarse. Ser el objeto de risa de todos sonaba mejor a enfrentarse a una turba de piratas enardecidos.

Salió tras de él, al final del obscuro pasillo pudo vislumbrar la figura de alguien moverse y sin pensarlo, echó a correr con todas sus fuerzas y se lanzó esperando derribarlo, sin embargo, el impacto no fue cómo esperaba pues el cuerpo de Jin cedió con facilidad y el quejido que escapó de sus labios fue demasiado agudo, similar a un pitido.

—¿Kame? —preguntó adolorido, apartándose de él.

—Sí—contestó con voz lastimera—. Eso dolió.

—Es tu culpa por andar por los pasillos sin luz.

—¡Pero tú eres el que se lanzó corriendo contra mí!

—Tu deber era apartarte de mi camino—ultimó poniéndose en pie—. ¿Has visto al gorila?

—Si se entera que lo llamas así va a matarte.

—Lo has visto, ¿sí o no?

—No—se puso en pie—. Pero sé dónde pasa la noche.

 

Kame le guió con suma cautela a través de un laberinto de pasillos y apartamentos; sorteando con precisión a los piratas que dormitaba tranquilos y evitando con eficacia a los que seguían despiertos. Fueron demasiadas las molestias que se tomaron para salir a cubierta, pensó Ueda, pero teniendo en cuenta que habían salido a un costado el camarote principal, justo en el punto ciego del vigía, era razonable que Kame no quisiera ser descubierto rondando por ahí a esas horas de la noche.

—¿Dónde duerme? —preguntó en un susurro mientras miraba en derredor en busca del pirata.

—Con el capitán.

Eso era algo que Ueda no esperaba; siendo Jin todo lo macho que era con su barba y bigotes, además de su gran complexión, jamás se imaginó que sostuviera una relación de tal índole con su capitán.

—Kame, debiste haber dicho eso antes—le reprendió—. Creo que me iré consiguiendo otro asistente. No eres muy útil. ¡Si entro ahora sólo Dios sabe lo que podría encontrar!

—¡Sólo debes ir por los registros! ¡No es gran cosa! Yo cumplí con traerte.

—¡Dios, Kame! La sola insinuación ofende. Aunque eres todavía un niño y no lo entiendes—agregó más calmado, luego hizo una corta pausa y le miró inquisitivo—. Yo jamás mencioné los registros.

Kame soltó un montón de excusas ininteligibles que Ueda supuso estaba acostumbrado a decir. Se le veía a la defensiva y decidió que lo mejor era dejarlo pasar. Ahora entendía a qué se refería el capitán pirata cuando dijo que la personalidad del chiquillo había quedado un tanto torcida.

—Lo mejor será que regrese. Hasta mañana, Kame.

—Hasta mañana, señor. Que descanse.

 

El camino de vuelta no le pareció tan complicado como Kame lo había hecho ver y pronto se vio de vuelta en su camarote donde encontró a Jin sentado sobre la cama, leyendo una de las novelas que había encontrado en su equipaje.

—No durarías dos minutos en combate—le saludó sin levantar la vista—. Ni siquiera notaste que estaba parado detrás de ti en el pasillo.

—¿No deberías estar con tu capitán? —dijo tajante, arrebatándole el libro.

—No creo que le importe siempre y cuando cumpla con mi parte—su voz, como cada vez que se refería a su capitán, mostraba animadversión—. Además, hoy le toca a Tanaka.

Ueda no dijo nada, creyó entender por qué el pirata siempre parecía estar molesto y sin pensarlo fue a sentarse junto a él en la cama y le regaló un par de palmadas reconfortantes en la espalda.

—Si sirve de algo puedes pasar la noche aquí.

Esta vez fue Jin quien le miró receloso.

—¡No voy a hacerte el favor! —exclamó apartándose un poco de él.

—¡¿QUÉ?! ¡No, no, no, no! —se alejó de él bruscamente—. Sólo digo que sé lo difícil que es...con todo lo que está pasando. Debe ser cansado y duro, muy duro y…

Los oscuros ojos del pirata le miraron con intensa curiosidad, como si intentara descifrar algo más allá de su comprensión, entonces Ueda apartó la mirada avergonzado. Nunca había sido bueno consolando a otros. Lo era pésimo consolándose a sí mismo.

—Sólo digo que también he estado ahí.

—Vale—dijo al cabo de un corto silencio—. Cuando Junno esté con ese idiota pasaré la noche aquí.

La cama no era precisamente grande y aun así el pirata se las arregló para arrinconarse y dejarle un espacio. Ueda titubeó antes de recostarse a su lado. No quería verse involucrado en el medio de un conflicto amoroso. No obstante, la idea de pasar la noche en un lecho caliente en lugar del suelo pudo más que él, así que aceptó el pequeño espacio que le ofrecía y casi al instante, mecido por la acompasada respiración del pirata y la inesperada calidez que su cuerpo emanaba, se quedó dormido.

lunes, 16 de noviembre de 2020

sábado, 7 de noviembre de 2020

The Ocean At The End Of The World Capítulo 5

 

Capítulo 5

Cuando le dieron la bienvenida a la tripulación, Ueda no creyó que debería desempeñar un cargo; había creído que las palabras del capitán Taguchi habían sido puras formalidades y por eso se sorprendió cuando a primera hora de la mañana, el pequeño grumete que les había atendido la víspera le despertó para anunciarle que el capitán le esperaba para desayunar.

A la mesa, sentados uno a cada lado del capitán, se encontraban Jin y el chico del parche, al que el capitán presentó como Koki, su condestable. Este hecho impresionó a Ueda, quien había imaginado el chico debía ser el cocinero. Tomó asiento junto a él. Su nueva situación aún era incierta y lo menos que quería en esos momentos era enfrentarse a Jin y a sus comentarios sardónicos; en su opinión, lo más lejos que estuviera del pirata, lo más a tranquilo que él se sentiría.

El desayuno fue simple, un cuenco de espeso caldo de pescado y algunas galletas que al noble se le antojaron en exceso saladas. No hablaron mucho; los dos oficiales estaban muy ocupados devorando sus platillos sin una pizca de modales y el capitán parecía absorto en sus pensamientos, en tanto que Ueda les observaba sin mucho apetito. De pronto, el capitán hizo con las manos un suave movimiento y ambos piratas terminaron el resto de sus bocados y fijaron toda su atención en él.

—Quiero que me escuchen bien y acepten esta orden cómo se espera de alguien de su rango—empezó. Ambos piratas asintieron—. A partir de hoy Tatsuya va a fungir como contramaestre de nuestra tripulación y como es nuevo en esto, quiero que le ayuden. No quiero que la tripulación se amotine ni nada por el estilo, bastante problemas hemos tenido ya este año. Enséñenle bien el oficio y, Koki, nada de bromas pesadas, sé que te gusta molestar a los nuevos; sólo hay que recordar todo lo que hiciste al pobre de Kame. Por tu culpa su personalidad quedó un poco torcida y no quiero que nuestro nuevo integrante pierda ninguna de sus cualidades…

El discurso del capitán se extendió un poco más de lo que a cualquiera de los allí presentes hubiera gustado, sin embargo, ninguno se atrevió a interrumpir su perorata y cuando por fin hubo acabado, les preguntó si habían entendido. Ambos piratas contestaron con un poco entusiasta: “Sí, mi capitán", en tanto que Ueda sólo pudo mirarle disgustado .

—¿En qué parte del trato decía que yo iba a convertirme en un pirata?

—En ninguna, pero aquí debes ganarte la comida. Si no te gusta lo que te ofrezco siempre puedes pagar por el viaje.

Su sonrisa mostraba lo mucho que se estaba divirtiendo con la situación y Ueda no iba a amedrentarse.

Con cuidado sopesó sus opciones; fácilmente podía pagar por el viaje con las joyas que guardaba en el baúl, el anillo que usaba de ordinario podía pagar eso y más, pero esta opción le haría parecer como alguien dependiente de su fortuna y posición. Conocía a un montón de chavales sin gracia y por demás inútiles que lo hacían y él no quería ser comparado con ellos, así que optó por aceptar, aunque claro, debía ser a su manera.

—Acepto el trabajo, pero lo haré sólo hasta que toquemos tierra. Además, voy a necesitar de un sirviente y un guardaespaldas; no quiero que alguien me asesine mientras duermo. Tampoco creo que tú lo quieras.

Contrario a lo que esperaba, la sonrisa del capitán se ensanchó un poco más.

—Me parece perfecto. No esperaba menos de ti.

Los cuatro abandonaron el camarote principal para tomar sus respectivos puestos. Taguchi se dirigió directo al timón, Koki fue directo a la sobrequilla y se trepó en los más alto del palo mayor para hacer la vigilancia, y Jin se quedó recargado en la puerta con insolencia, mirándose las uñas.

—Puedes empezar a hacer el inventario—sugirió a un confundido Ueda que se había quedado parado a poco menos de un metro del umbral—. Ya que pronto tocaremos tierra...sería lo mejor.

—Primero necesito que se cumplan mis peticiones—contestó, manteniendo la vista al frente en un intento de ignorar al pirata y su desfachatez.

—Los tienes que escoger tú mismo—dijo apartándose de la puerta para darle un ligero empujón hacia un pequeño grupo de piratas que se preparaban para el trabajo—. Suerte encontrando a alguien de tu agrado.

Con suma cautela, Ueda recorrió el barco unas tres veces antes de poder decidirse, había demasiadas personas y casi nulos candidatos; no había a bordo hombre alguno que le gustara de verdad, y a ellos no parecía gustarles él. A punto de rendirse y considerando que lo mejor era optar por hacerlo solo, sus ojos se toparon con el pequeño grumete, que asiduamente hacía su labor de llevar unas cajas bajo cubierta.

—Tú, ¿cómo te llamas?

—¿Yo? Kamenashi Kazuya, ¿por qué?

El chico le mostró una cara de sorpresa mal simulada, era obvio que algo sabía pues había estado presente en casi todas las reuniones que había tenido con el capitán, y tal vez fuera esta la razón por la que en ese momento decidió que él debía ser su sirviente.

—Quiero que seas mi asistente. Soy el nuevo contramaestre y necesito de alguien que me ayude a cumplir mis funciones. ¿Qué dices, chico? ¿Quieres el puesto?

—¡A sus órdenes, señor! —dijo sin titubear. Ueda sonrió complacido por su buena disposición.

—Bien, ahora explícame lo que debo hacer.

Kamenashi parecía saber casi tanto como él en cuanto a asuntos de la organización y funciones de un barco, aun así, ninguno de los dos se desanimó y mientras intentaban entender exactamente qué era lo que el puesto de Ueda significaba, Koki se les acercó para ayudarles.

—Básicamente eres el intendente. Ya sabes, haces las cuentas de cuánto nos toca del botín a cada quien, organizas las raciones de comida y todo eso. De ti dependemos, pero si intentas robarnos te matamos.

Koki lo dijo con ese tono despreocupado que usaba incluso cuando se hablaba de cosas terribles como asesinatos. Ueda no contestó, todo lo que hizo fue tragar grueso ante la idea de cometer un error que fuera mal entendido y pudiera derivar en su inminente muerte.

—No es difícil. Hasta hace dos días Jin cumplía con esa función.

—¿Y por qué ya no lo hace? —preguntó inseguro, no quería descubrir algo que no debiera saber.

—Creo que se peleó con Junno, no estoy muy seguro—dijo encogiéndose de hombros—. Si quieres te ayudo hoy y a cambio me ayudas mañana a preparar las galletas.

—Espera. ¿Tú haces las galletas?

—¡Sí! Yo mismo inventé la receta—le dedicó una radiante sonrisa alegre—. No probarás mejores galletas jamás.

Ueda apenas logró alcanzar la borda antes de vaciar el estómago en el mar. Hecho que provocó la risa del pirata, pero no era una risa burlona, era una risa ligera, casi cariñosa.

—Jin tenía razón. Eres todo un caso—salvó la distancia que los separaba y posó una mano en su espalda—. Vamos, hay mucho que hacer hoy.

 

Ya con las explicaciones de Koki, el trabajo que se le había asignado no parecía distar mucho del que solía efectuar en casa administrando los bienes de su familia, así que ese día hizo un pequeño inventario que serviría como el inicio de una nueva etapa de su vida.

sábado, 31 de octubre de 2020

The Ocean At The End Of The World Capítulo 4

 

Capítulo 4

Taguchi le esperaba en un apartamento distinto al de su primer encuentro. Estaba sentado en una elegante silla más parecida a un trono que a una silla, que desentonaba por completo con la rústica y algo descuidada decoración del lugar, por lo que Ueda supuso había ordenado la instalaran allí para la ocasión.

—Supongo que estás aquí para decirme que aceptas mi oferta.

—¿Qué te hace pensar que voy a aceptarla?

Sabía que no era la mejor manera de empezar la reunión, pero desde un principio había optado por la posición defensiva a causa de la actitud de Taguchi, que esta vez había trazado una línea entre ellos dos, mostrándole la clara diferencia de posiciones.

El capitán se aparecía ante él con la misma presencia de un príncipe cuyo reino está a su completa merced; con dos guardias a cada costado mientras que él, tan pequeño e indefenso como era, no tenía siquiera un lugar en dónde sentarse y su escolta le había sido arrebatada desde el día anterior. Sabía que era su culpa encontrarse en esa situación tan desventajosa, pues había preferido gastar su tiempo quejándose y deprimiéndose en lugar de hacer algo para ganarse el favor de aquellos piratas.

—No creo que quieras hacerme perder el tiempo con futilidades. Temerías mi carácter.

El rostro de Taguchi traslucía impaciencia, pero Ueda no se iba a dejar amedrentar, sabía que el capitán pirata le necesitaba y es por eso que se vio tentado a jugar un poco con él, sólo lo suficiente para adivinar qué tanto le necesitaba y cuánta ventaja podría sacar de ello.

—¿Debería temer tu temperamento?

—Muchos lo hacen. Tú no, desde luego.

—No fue muy amable de tu parte matar a mi capitán—agregó no sin cierta altivez.

—No fue muy amable de su parte atentar contra mí en un intento de rescatarte cuando, es obvio, no corres ningún peligro.

—Era un hombre leal.

—Lealtad. Un rasgo admirable, hasta que hace que te maten—hizo una corta pausa durante la cual sus labios se curvaron ligeramente—. ¿Cuento contigo?

—Por supuesto.

Taguchi se levantó de su asiento y caminó hasta él ofreciéndole una mano amiga que cerraría el trato. Ueda la aceptó y procuró darle a su agarre la misma fuerza y determinación que Taguchi daba al suyo. Ahora que eran socios debía demostrar que estaba a la altura de las circunstancias.

Al soltarse las manos, por la puerta entró un grumete, tan pequeño que Ueda pensó era un niño, y ofreció a cada uno una copa que llenaría con vino para que ellos pudieran brindar.

—Por nuestra nueva alianza—brindó Ueda.

—Por las nuevas amistades—agregó Taguchi.

A pesar de que Ueda quería abordar el tema en su totalidad, Taguchi rechazó sus intentos asegurándole que ya tendrían tiempo para eso, pues lo importante en esos momentos era conocerse mejor. De esta forma Ueda se vio atrapado en una extensa y poco provechosa plática donde él era el único protagonista, y por vez primera en toda su vida no disfrutó ser el centro de atención.

Cuando logró desembarazarse de Taguchi, pidió le escoltaran de vuelta a su camarote, pero quién le guio no fue Jin sino el simpático chico del parche, quien se mostraba más alegre de lo habitual.

—¿Dónde está Jin? —preguntó intranquilo.

—Él no tiene nada que ver con esto—fue su simple respuesta. Honesta y desinteresada.

No preguntó nada más, se limitó a entrar al camarote y verse sorprendido al ver que las oscuras cortinas habían sido retiradas junto con el banquillo desde el cual Jin solía vigilarle. Junto a su cama se hallaba el baúl en qué había cargado sus más preciadas pertenencias.

—Bienvenido a la tripulación.

El chico se marchó y al no escuchar el sonido del cerrojo, supo que había dado un paso hacia la libertad.

lunes, 26 de octubre de 2020

sábado, 24 de octubre de 2020

The Ocean At The End Of The World Capítulo 3

 

Capítulo 3

El día llegó casi sin que Ueda se enterara. Al abrir los ojos no encontró a Jin sentado junto a la puerta como era su costumbre, tampoco encontró la pequeña bandeja de plata en que solían llevarle el desayuno ni el candil con el que Jin escasamente alumbraba el lugar.

Extrañado, salió al pasillo donde pudo escuchar un fuerte ajetreo que provenía de fuera, así que subió a cubierta encontrándose con una curiosa escena.

En el centro de una multitud, había un hombre que por sus ropas Ueda supuso no era un pirata, que reclamaba al capitán, casi a voz de grito, algo que Ueda no lograba entender. El capitán, por su parte, le escuchaba atentamente y acompañaba el discurso de aquel hombre con gestos y sonidos que le animaban a continuar.

—¿Qué está pasando? —preguntó al chico del parche quien se había ido a parar junto a él

—Es el médico. Siempre anda dando lata con las raciones.

Ueda escuchó con atención todo lo que el médico tenía que decir. Si bien hablaba mucho, el punto que reclamaba debía ser solucionado era que los enfermos y heridos necesitaban porciones de comida más grandes pues aún se encontraban débiles y eso les ayudaría a recuperarse más pronto. Ueda sabía que llevaba razón, de hecho, pensaba, era algo de sentido común, pero cada vez que mencionaba las palabras “raciones más grandes”, los piratas soltaban maldiciones y abucheos. El capitán llamó un par de veces a la calma, quería que el hombre continuara hablando y cuando por fin calló, Ueda le vio alargar el brazo, casi con desidia, y dispararle en el pecho.

—Repartan su ración entre los enfermos y, Jin, consígueme un nuevo cirujano.

Sin más salió de escena con su ondeante capa al viento, dejando tras de sí un silencio roto por el salpicar de aquel cuerpo al chocar contra el agua. El espectáculo acabó en ese momento. Todos volvieron a sus tareas, pero sólo Jin permaneció recargado en la borda mirando con el ceño fruncido cómo el cuerpo se hundía.

Ueda se acercó a él, aún aturdido por la violenta escena, y cuando se hubo colocado a su lado, no pudo evitar preguntarle si se encontraba bien.

—Odio lidiar con toda su mierda.

Soltó para después girarse hacia él. A pesar de que su rostro había vuelto a ser impasible, el movimiento fue brusco, por lo que Ueda supuso que la tarea que le había encomendado su capitán debía resultarle enojosa, y es por eso que intentó apartarse de él; sospechó que su estado de ánimo le haría cobrarse lo del vómito que había dejado en sus ropas la tarde anterior, pero Jin estaba quieto, mirándole fijo. Era una mirada extraña e indescifrable. Instintivamente Ueda cerró los ojos asustado y usó sus manos para detener a Jin, quien habíase acercado demasiado a él.

 —Hoy vas a hacerla de cirujano—susurró sin apartarse un sólo milímetro de él, su voz era grave, más de lo habitual, y eso provocó que un escalofrío le recorriera el cuerpo.

—¡Pero yo no sé nada de medicina! —su réplica fue pronunciada de tal forma que sólo Jin pudiera escucharla.

—¿Qué estudiaste?

—Leyes, igual que todos los idiotas de mi clase—dijo como recriminándose a sí mismo aquella decisión.

—Bien—Jin le tomó la mano y en ella depositó algo que parecía ser una jeringa—.  Felicidades, acabas de graduarte como cirujano.

Se apartó de él, su semblante había vuelto a la normalidad y sus ojos volvían a mirar con indiferencia todo cuanto en el mundo había.


La sección reservada para los enfermos era bastante pequeña, debía ser así porque en alta mar era difícil recuperarse de una enfermedad, y por la forma en que el capitán Taguchi manejaba las cosas, Ueda supuso era más fácil dejar morir en el mar a sus hombres que curarles.

Era un lugar poco higiénico, había manchas de sangre seca por todo el lugar y el olor séptico era insoportable. Había sólo un par de improvisadas camillas sobre las cuales reposaban dos hombres uniformados, ninguno de ellos era pirata y Ueda les reconoció al instante como dos de los guardas que fungían como su escolta personal.

Su emoción fue tal que sin pensarlo corrió hacia ellos, llevándose un terrible desencanto al no ser bien recibido por ellos, pues ese par de malheridos hombres le veían ahora como una amenaza y le culpaban erróneamente de ser él el causante directo de la situación en la cual se encontraban.

—En cuanto nos recuperemos—dijo el que más molesto estaba—nos uniremos a ellos.

Ante estas palabras, Ueda montó en cólera y no se contuvo en darle una bofetada acompañada de sus mejores insultos. Estaba haciendo berrinche, lo sabía, pero él no estaba acostumbrado a que la gente a su alrededor renegara de él o se atreviera a despreciarle. Quería castigarlos, recordarles cuál era su posición en el mundo, sin embargo, al levantar la mano por segunda ocasión Jin le interrumpió.

—Un médico que golpea a los enfermos, eso es nuevo.

Repentinamente avergonzado, Ueda se apartó de aquellos hombres y fue a juguetear con los curiosos instrumentos que descansaban sobre una mesita.

—Supongo que fue bueno que todos murieran. Así no tengo que ver cómo se convierten en salvajes.

Los heridos iban a replicar, pero la sola presencia de Jin los acalló, convirtiéndolos en meros espectadores.

—Uno no lo hizo—dijo Jin y Ueda se giró a él sorprendido—. El capitán, él realmente te es leal.

—Llévame con él—le ordenó, arrepintiéndose al instante pues no estaba en posición de dar órdenes.

—Cuando acabe la jornada.

Ueda gastó su cuarto día a bordo del Queen of pirates tratando de averiguar qué se supone debía hacer con los enfermos y tratando de contener las náuseas. No quería vomitar sobre ninguno de ellos, pensaba que esos hombres podían matarlo en el mismo instante en que lo hiciera y no quería arriesgarse. Todo lo que quería era terminar el día en paz y encontrarse con el confiable y viejo capitán de su barco.

Curiosamente y para su alivio, Jin le dejó completamente sólo ese día. No mandó a nadie para que le vigilara y ni siquiera él apareció para asegurarse de que todo marchara bien.

Cuando dieron las ocho y todas las luces se apagaron, Jin apareció con una pequeña vela en mano que apenas alcanzaba a iluminar parcialmente su rostro. Esta vez no le hizo ningún tipo de seña, simplemente dio media vuelta y empezó a andar. Ueda le siguió sin titubear.

El pirata le condujo hasta a una especie de mazmorra situada en lo más profundo del barco; dentro de una celda Ueda pudo distinguir la silueta de un hombre sentado y sin dudarlo entró a la celda cuando Jin le abrió la puerta.

—Supongo que querrán estar solos para ponerse al día.

La sorna en su voz alertó a Ueda, quien, al prestar cuidadosa atención, gritó aterrorizado al darse cuenta de que lo que tenía ante él no era más que un cadáver cuyo estado de putrefacción apenas empezaba, como si hubiera sido asesinado esa misma mañana.

Dio media vuelta para salir de ahí, pero Jin se le adelantó al empujarle contra aquella pantomima de ser vivo, logrando así que la cabeza se desprendiera y rodara por la espalda del noble hasta llegar al piso. Sus gritos aterrorizados fueron ahogados por la risa cruel del pirata, que retumbó por todo el lugar, enloqueciéndolo.

Cuando por fin pasó el estupor, se dio cuenta de que había sido encerrado bajo llave y que la única luz que alumbraba el lugar era la pálida luz de la luna que se derramaba directamente sobre la macabra figura que le acompañaría por el resto de la noche.

El miedo pronto dio paso a la cólera. Una vez más había caído presa de una de sus trampas, se había confiado y ese era su error. Continuamente olvidaba que ya no se encontraba en su mundo, que allí, la única manera de volverse intocable era ganarse el respeto de los demás, convertirse en alguien temido y supo que si quería salir de ahí con vida tenía una sola opción: aceptar el trato de Taguchi.