viernes, 11 de marzo de 2022

Red Moon Capítulo 9

 El médico encargado indicó que debía toda la noche permanecer internado para monitorearlo y asegurarse de que su estado no empeorara. Él no quería estar ahí, se sentía solo y enjaulado, pero sabía que habían puesto guardias en su puerta por lo que ocurrió la última vez que estuvo hospitalizado.


Se quitó la bata, ya no le importaba estar al desnudo, quería escapar sin importar qué, así tuviese que saltar por la ventana lo haría, se acercó a ella para analizar la caída que realmente era alta pues se encontraba por encima de los diez pisos; a esa altura, la vista de la ciudad ante él era sumamente hermosa, pareciera que el cielo hubiese volcado todas las estrellas del firmamento sobre la Tierra para iluminar las calles dejando sobre el nocturno lienzo negro una solitaria luna plateada coronando la Torre de Tokio, "¿Cómo sería escalarla?", sintiose enamorado de la noche, deseaba recorrer aquél laberinto de luces y sombras, muros y asfalto, saber qué se extiende más allá del horizonte. Las sienes le punzaban y de ellas nacía un dolor agudo que se expandía desde el cerebro hasta la quijada, con los pelos de punta y un corazón violento miró como sus dedos se alargaban crujiendole los huesos y estirándose la piel, las gruesas uñas le crecían curvas dejando marcas en el alfeizar de la ventana mientras los olores de alrededor, de por sí ya intensos, le inundaban las fosas nasales y el bullicio se la ciudad le saturaba los oídos de toda clase de sonidos, lamentos, risas, llanto, gritos, sirenas, balazos, ladridos y demás, abrumandole la cabeza sobremanera. Era una sensación familiar, se sentía casi como aquella ocasión en casa de Jin, pero esta vez había algo diferente, era menos emocional aunque los síntomas eran prácticamente los mismos, llegó el punto en qué dejó de razonar y saltó al vacío, una vez alcanzado el suelo comenzó a trotar con sus cuatro patas a dónde su instinto lo guiase.



Subía el sol y, con él, Ueda por las escaleras de su apartamento, entró con sigilo asegurándose de no despertar a su compañero. Con prisa se dió un regaderazo para deshacerse de la suciedad que le cubría, nuevamente se rasuró el cuerpo, se sacudió como un perro y se dirigió a la cocina donde bebió un litro de leche entero, luego devoró manzana y media de tan sólo tres mordidas, sacó de refrigerador un par de filetes de res y media docena de huevos, miró la pequeña parrilla eléctrica, "¿Por qué no compre una estufa?", la comida tardaría en cocerse así que simplemente se lo comió en crudo, no sintió asco, por el contrario, la carne le supo más deliciosa de lo normal, "Debe ser el hambre" pensó, "Ahora sí, a descansar", salió de la cocina y se encontró con Jin sentado en el sofá entretenido en revisar un álbum de fotos personal de Ueda.


—¿Qué haces con mis cosas?

—¡¿Qué haces aquí?!— preguntó sobresaltado aventando el álbum tras de sí —Creí que estabas en el hospital.

—No, ya me dieron de alta—. ¿Cuéntame, qué hacías?

—Oye, tienes el pelo mojado y además estás desnudo.

—Ah, cierto.

—Ve a secarte y ponte algo, nudista— dijo desviando la mirada.

—Ok.


Busco una toalla y se secó lo más que pudo, luego la ató a su cintura y se fue a recostar al sofá reposando su cabeza en el regazo de Jin.


—Entonces dime, ¿qué hacías?

—Ya te lo dije: nada— respondió deslizando los dedos por la cabeza de Ueda acariciándole el cuerpo cabelludo erizandole la piel.


Jin comenzó a aplicarle un masaje acariciándolo con la yema de los dedos a un ritmo suave y afectuoso, un masaje que le resultaba sumamente placentero, no recordaba ser tan sensible a ese tipo de tacto y sintiose estremecer cuando los serpenteantes dedos se desplazaban a través de su nuca hasta la oreja justo por encima del hélix mayor, a lo cual no puedo evitar dejar escapar un pequeño sonido gutural de placer que poco a poco iba en aumento multiplicándose conforme continuaban las caricias.


—¿Tat, estás gruñendo?— preguntó Jin un tanto consternado, deteniéndose.

—Eh, no.

—Estoy casi seguro de que sí.

—No... Sigue, por favor— suplicó con aguda voz, y el chico obedeció, aunque con cierto recelo.


Ueda se contuvo y fue más precavido con sus reacciones hasta que el menor se tranquilizara y la situación se normalizara, de pronto la mano Jin se enfocó únicamente en tentarle la oreja con suma curiosidad.


—Pero...— asombrado apartó la cortina de cabello que le cubría el pabellón auricular— ¡Pero qué orejas más grandes tienes! No recordaba que fueran así.

—Son para oírte mejor— dijo girandose hacia él.

—¡Qué ojos tan grandes tienes!

—Sn para verte mejor— extendió su mano para alcanzar el rostro de Jin.

—¡Qué manos tan grandes tienes!

—Son para abrazarte mejor— dijo sonriendo 

—¡Qué boca tan grande tienes!

—Para besarte mejor— sujetó al menor con ambas manos y lo apresó en un profundo beso.


Al principio dulce, sin embargo Ueda comenzó a excitarse con rapidez dejándose llevar por su pasión desenfrenada, adoptando una actitud cada vez más salvaje cortándole la respiración con el continúo movimiento de su lengua y labios, Jin intentó separarse, sofocado y jadeante, pero Ueda se aferró renuentemente a él, cual feroz animal que intenta evitar el escape de su presa que insegura comenzaba a ceder, mas el visceral espíritu que albergaba Ueda se estaba descontrolando y mordió al chico entre sus brazos, éste le empujó de forma violenta para librarse de él, llevándose unos terribles arañazos donde Ueda intentara aferrarse queriendo evitar la inexorable caída.


—¡¿Qué demonios pasa contigo, imbécil?!— exclamó Jin molesto.


Ueda no respondió, se quedó inmóvil en el suelo, estupefacto,  viendo como del labio inferior del chico brotaban las brillantes gotas carmesí.


—Eso no me gustó para nada, Ueda. ¿Es que acaso eres un animal?— al ver que no respondía su irritación aumentó. —¡Sabes qué!, al carajo. Te veo luego.


Se levantó del sofá, se puso una sudadera y se marchó sin más. Ueda permaneció justo dónde cayó, atónito aún por lo ocurrido, siempre había deseado a Jin, lo amaba, pero su deseo nunca fue así de intenso, jamás había tenido un impulso tal que lo orillase a lastimarlo, y lo peor era que ése deseo codicioso y crue,l permanecía latente en su pecho a pesar de que sabía estaba mal y probablemente Jin no lo aceptaría de ninguna manera, se sentía enfermo. Se tumbó en la alfombra intentando ocultar con las manos en el rostro sus vergonzosos pensamientos, cerró los ojos y se durmió.


martes, 8 de marzo de 2022

The Ocean At The End Of The World Capítulo 23

 Encontró a Jin sentado bajo el palo menor, bebiendo incansablemente de una botella, mezcla de licor y especias. Su solitaria expresión carecía de frialdad, como si hubiera perdido su espíritu de lucha.


Después de esta primera derrota, habría una segunda y luego una tercera.


—No parece gustarte lo que ves.

—Tsk.


Tomó asiento junto a él. Jin no se molestó en mirarlo, sus ojos seguían con amargura la trayectoria que el noble trazaba con su desenfrenada danza.


—A mí tampoco me gusta del todo la idea.

—No lo parecía hace unas horas.


La tranquilidad de su voz le preocupó.


—Si tanto lo quieres, ¿por qué no fuiste por él?

—¿Y decirle qué? ¿"Junno es malo, escapa conmigo"?. No soy idiota, además…


Se interrumpió al darse cuenta de lo que estaba admitiendo.


—¿No deberías estar molestando a Kame?


Koki se rascó la cabeza en un gesto que denotaba incomodidad.


—Entonces la rata sí te traicionó—rió un poco—. Parece que el único que está ganando aquí es Ueda.

—¿Qué importa?—le restó importancia—. Tú y yo sabemos cómo acaba esto.


Jin le ofreció la botella, era un gesto más de compadecencia que de compañerismo pero no pudo rechazarla; ambos sabían que a la conclusión de esta aventura, no quedaría nada de lo que alguna vez fueron.


—¿Cuánto has bebido?—le devolvió la botella, el sabor era demasiado dulce para su gusto.

—No lo suficiente.


Jin apretó los puños, obstinadamente aferrándose a la bebida y a la pena que le causaba Ueda.


—Lo mejor será que lo dejes—le dijo apoyándose en él para ponerse en pie—. Sí sigues así, sólo harás que te vuelvan a partir la espalda.

—Ja. Ja—dijo burlón, dedicándole una mirada fastidiada—. Idiota.


Koki no pudo evitar reírse por lo ridículo que ahora le resultaba ver a Jin actuando como Jin. Tal vez todavía había esperanza.


Jin rodó los ojos fastidiado y Koki quiso reír más, pero una fuerte sacudida lo lanzó al piso. El barco se quedó en silencio. Estaban bajo ataque.


No debieron haber visto al enemigo a causa del humo de las fogatas y la borrachera en sí. Creyéndose protegidos por el velo de la noche, habían bajado la guardia y estaban a punto de pagarlo con creces.


Ayudó a Jin a ponerse en pie y esperó a que éste le diera las órdenes correspondientes; de los tres, él era el que contaba con mayor experiencia y era quien estaba a cargo en ese tipo de situaciones. Pero el pelinegro parecía demasiado absorto en sus pensamientos.


—¡Espabila!—exclamó, sacudiéndolo por el brazo.

—Necesitamos ganar tiempo.

—¿Qué sugieres?

—Rendirnos.


Aunque a Koki le pareció una idea descabellada, el rápido plan que Jin había urdido parecía la única opción viable. Sus hombres no estaban en condiciones para combatir y si no actuaban con presteza, terminarían perdiendo tanto a Ueda como a Taguchi.


—Entendido.


Jin se dirigió a organizar a la tripulación y él fue por Ueda, que estaba a no pocos metros de allí.


—Tengo que ponerte a salvo.

—Kame, ¿dónde está Kame?

—Yo me encargo de él, pero primero tengo que ponerte a salvo.


A pesar del miedo que lo atenazaba, el noble asintió con la cabeza y dejó que Koki lo llevará a las mazmorras, donde lo encerró bajo llave.


—No te vayas—se aferró a su brazo a través de los barrotes—. No me dejes aquí.


Koki se volvió a él, Ueda parecía genuinamente aterrorizado y sospechaba que se debía en gran parte a lo que él mismo vivió cuando aniquilaron el Valerian.


—Está bien tener miedo—le dijo en un intento de reconfortarlo—. Es un instinto sano, nos mantiene con vida.


Le dió un apretón, un gesto a medio camino entre lo tranquilizador y el miedo.


Ueda asintió y lo dejó marchar.



Encontrar al cocinero no fue difícil, a pesar de la terrible presión bajo la que se encontraban, al chico le sobraba valentía y acompañado del médico, atendían con presteza a los hombres que habían salido heridos durante el primer intercambio de cañones.


—Ustedes dos, necesito que me acompañen.

—No puedo dejarlos solos—dijo el médico sin siquiera mirarle.

—Yo también me quedo—agregó Kame con resolución.

—Imposible—le contestó Koki con la suficiente autoridad en la voz para hacerlo dudar—. Debes servir a tu señor y él te necesita ahora.


Kame miró indeciso al médico, que parecía totalmente ajeno a la situación, su foco estaba en los hombres que luchaba por apartar de la muerte. Por un breve momento, Koki entendido por qué Jin lo había arriesgado todo para mantenerlo cerca.


—Ve—le dijo a Kame—. Yo me ocupo de ellos.


Koki le explicó lo mejor que pudo el plan y tras asegurarse de que Kame lo había entendido, le entregó las llaves de la bodega del tesoro y un pequeño y afilado cuchillo para que se defendiera.


—Cuando acabemos, tú y yo vamos a hablar—le dijo antes de marcharse en busca del capitán.



Ambos estaban al frente de la batalla y como era de suponerse, los enemigos caían como moscas a sus pies.


—Ya está—le informó a Jin en cuanto los alcanzó—. ¿Ahora qué?

—Junno.


Al tiempo que decía esto, golpeó al susodicho con la empuñadura de la cimitarra, haciéndolo caer aturdido al suelo. No contento con esto, le propinó un par de patadas a los contados, terminando así por descontarlo.


—¡Sólo tenías que desmayarlo!—exclamó Koki.

—Así es más creíble.


Jin volvió a la batalla. Koki se echó a su amigo sobre el hombro y lo llevó a las mazmorras, donde Kame ya había terminado con el disfraz de Ueda.


Al verlo, le chifló de manera poco decorosa.


—Si no supiera que eres tú, te llevaría a la cama sin pensarlo.

—¡Cállate!—chilló el noble con todos los colores en el rostro.


Koki rio.


—Ten más modales, eres una señorita.


Ueda le maldijo por lo bajo. Él volvió a reír. Jin no se había equivocado cuando le dijo que el noble bien podría pasar por una bella dama. Apesar de su traje arruinado y la mugre en la que lo había embadurnado Kame, su belleza relucía.


—Creo que ya entiendo.

—¿Qué cosa?

—Por qué pelean por tu culo.


No era tiempo de bromear, pero el puchero de Ueda logró alivianar un poco el ambiente.


Depósito al capitán en la celda contigua, la cerró con llave y convido al pequeño cocinero a arrojar los dos juegos de llaves por el ojo de buey que había en su celda.


—Confío en que no lo arruinarán.


Se despidió con una enorme sonrisa y un movimiento alegre de la mano.



Volvió a cubierta y en cuanto Jin le vió, ordenó la rendición.