domingo, 8 de agosto de 2021

Red Moon Capítulo 4

Pasaron horas sin que sintiera siquiera un poco de fatiga, se detuvo en un puente peatonal a hacer sombra, sus puños rompían el aire con un agudo silbido debido a su gran velocidad, se sentía de maravilla, era como si realmente su cuerpo fuese el de algún súper soldado biónico o algo así. Miró por el barandal, era una caída peligrosa, por su mente cruzó la loca idea de lanzarse en un salto, sin embargo desechó la idea por el riesgo que representaría si en ese momento pasara un automóvil y pensó en que lo mejor sería volver a casa. Aligeró el paso a un trote lento y optó por tomar la ruta más larga, quería ver más de la ciudad, sentía como si hubiera estado ausente muy largo tiempo.

Cuando andaba cerca del parque se topó con Nakamaru y Tanaka que iban saliendo de una cafetería.

—¿Ueda, qué haces aquí tan temprano?— preguntó Tanaka sorprendido.
—Voy de camino a casa— dijo a la par que se detenía sin cesar el movimiento de trote.
—¿Por qué estás corriendo?¿Ya te revisaron los médicos?¿Cuándo despertaste?— preguntó Nakamaru con evidente sorpresa y preocupación.
—Ah…
—Sí, ¿cuándo despertaste?— preguntó Tanaka extrañado.
—¿Y por qué no nos avisaste?— Nakamaru lo tomó por los hombros.— ¿Te encuentras bien? Mira la cara que traes.
—Sí, amigo, no luces bien.
—Estoy bien, gracias. —Ueda retrocedió un par de pasos, pero Nakamaru no lo soltó.
—Ven al auto con nosotros, te llevaré a tu casa—dijo Nakamaru apretando más su agarre.

Ueda empezó a sentirse incómodo, de la misma manera como cuando Taguchi lo apretujo al despertar la primera ocasión. Intentó retroceder más, pero Nakamaru era muy insistente y aplicaba aún más fuerza, insistiendo en que debía ir al doctor. Ueda comenzó a forcejear, oponiendo demasiada resistencia, así que Nakamaru recurrió a retorcerle las muñecas en un intento de doblegar a su amigo, a lo cual Ueda respondió con un inesperado tarascón al músculo trapecio, clavando con furia los dientes hasta el punto en que los caninos casi perforan más allá de la piel, siendo detenido por un repentino golpe en la nuca que casi lo noqueó al instante, alcanzando apenas a escuchar el agudo y lastimero grito de Nakamaru dándole de golpecitos.

Esta vez despertó en un hospital, se encontraba solo en la habitación por lo que aprovechó para escaparse. Esto de perder la razón ya le molestaba muchísimo y no quería lidiar con los lloriqueos de Nakamaru, los reproches de Tanaka, más exámenes médicos, los interrogatorios de Kamenashi… etc. Lo mejor sería marcharse, y rápido. Se desplazaba con sigilo entre los pasillos y a buen ritmo, pero se detuvo un instante al percibir la voz de Nakamaru preguntándole a un doctor si no tenía rabia o algo por el estilo; decidió no dejarse llevar por el enojo y detenerse a reclamar, así que continúo su camino con éxito, logrando incluso recuperar su ropa sin contratiempos, saliendo del edificio desapercibido.

Se sentía frustrado, necesitaba liberar el enojo de alguna manera, así que que se dirigió directamente hacia su gimnasio de boxeo, pero era demasiado tarde, estaba cerrado por lo que buscó en los alrededores de la manzana por si acaso encontraba algún otro abierto mas ya era avanzada la noche y como último recurso decidió ahogar su emoción en alcohol, entrando en el bar más alejado de la zona céntrica de la ciudad. Se sentó en la barra y pidió un vaso de whisky, cuando iba ya por el tercero comenzó a sentir ligeras vibraciones bajo sus pies y a escuchar lo que parecía ser el leve murmullo de una boruca que supuso provenía de algún algún sótano o almacén del mismo establecimiento; miró en derredor en busca de alguna señal que le indicara qué estaba sucediendo, el bartender lo notó y con un rápido movimiento retiró el vaso de la manos de Ueda, sujetándolas entre las suyas.

—Supongo que estás enterado de "aquello"— dijo el hombre con una mirada pícara.
—¿Eh?
—Recuerda que sí es tu primera noche aquí, tendrás que pelear.

"Un club de la pelea". No podía creer a dónde se había ido a meter. El hombre lo condujo a la parte trasera del bar donde se encontraba el almacén y tras bajar una estrecha escalinata se encontró con un oscuro cuarto repleto de hombres de diversas edades y complexiones, iluminados apenas por un tambaleante foco al centro del techo debajo del cual dos hombres más, sin camisa, se golpeaban.

—¡Carne fresca!— anunció un joven rubio al percatarse de su presencia.

Inmediatamente detuvieron la pelea y le arrebataron su camisa lanzandolo al área de lucha, su adversario era un hombre de unos treinta y tantos, de cuerpo fornido y de estatura un tanto por encima de la media, le esperaba con expresión pedante haciendo tronar los huesos de los nudillos listo para combatir. Ueda empezó el combate implementando cuidadosas técnicas de boxeo, mas a su contrincante no parecía gustarle éso, dando su primer golpe directo a los bajos dejando en claro que no jugaría limpio, Ueda se cabreó pero no lo suficientemente como para calentarse, así que, haciendo uso de un buen juego de piernas, se movía de un lado a otro soltando fuertes golpes en cada oportunidad que se le presentaba castigando principalmente el torso por las costillas y el vientre con el objeto que cansarlo antes de ir por la cabeza puesto que la marcada diferencia de estatura no le permitiría asestar un buen golpe de knockout. El contrincante perdía la paciencia, si la pelea continuaba a ese ritmo Ueda ganaría, por lo que justo en medio de un cruzado que iba al pecho, sujetó al brazo del chico con ambas manos haciendo palanca y dejándole caer de lleno toda su humanidad en una embestida que resultó en la ruptura de la clavícula y dislocación del brazo derecho de Ueda; todos escucharon el crujir del hueso y esperaban con ello su rendición y fin del combate, sin embargo aquello provocó que un colérico Ueda perdiera completamente los estribos, sacando de su interior una fuerza descomunal contraatacando con un violento empujón cambiando sus posiciones de tal manera que, encima de su oponente, arremetió con el puño izquierdo al rostro con un frenesí de furia que parecía jamás acabaría; volaron un par de dientes, la nariz quedó hecha añicos con el cuarto golpe, el quinto y el sexto contra el pómulo derecho desviando el rostro de forma grotesca, no le importaba, séptimo, octavo, "él se lo buscó", noveno, décimo… perdió la cuenta, sólo se detuvo al sentir como su puño iba más allá del ojo de pobre hombre. Reinó el silencio, la cantidad de sangre era para vomitar, la plasta mórbida, roja y acuosa que estaba en dónde se supone debía haber un rostro dejó a todos perplejos, incluido el mismo Ueda quién no podía creer la brutalidad de sus actos, pasados unos segundos, se levantó como pudo, no era cierto, no debía ser verdad, todos le observaban, se incorporó lo mejor que pudo, "ellos me hicieron hacerlo", y salió huyendo del lugar en lo que sería la carrera más larga y rápida de su vida.