miércoles, 14 de febrero de 2024

miércoles, 5 de abril de 2023

The Ocean At The End of The World Capítulo 28

 Tocaron tierra dos semanas después.

Durante la repartición de la prima, Ueda llevó a cabo al pie de la letra lo que Jin le había encomendado, sorprendiéndolos a todos con un acto altruista, en el que después de repartir la cantidad correspondiente a las familias de los difuntos que habían dejado testamento, había ofrecido la parte de aquellos que no, para pagar la deuda contraída con la tripulación a quienes no quisieran seguir siendo parte de ella.

El capitán no se opuso, parecía haber vuelto a ser dueño de sí mismo y les dio su consentimiento  con un gesto de la cabeza.

Después de que los desertores-que no fueron pocos-se marcharon, Taguchi tomó la palabra, indicándoles el lugar y la fecha de su próxima reunión, así como también el santo y seña para ingresar a la misma.

No se dijo más y todos marcharon.

Habían desembarcado en el puerto, para ese punto, al noble no le sorprendió que no se alertara a las autoridades, tampoco que no se anunciara su llegada. Lo que sí le sorprendió fue encontrar un exquisito carro esperando por ellos.

Jin se trepó con el auriga, en tanto que Ueda acompañó a Taguchi, quien sin duda era el dueño y señor de estas tierras.

El camino se le antojó demasiado extenso en duración y demasiado incómodo como para entablar conversación. A diferencia de cuando se encontraba en altamar, Taguchi mostraba una expresión indolente que no le había conocido hasta el momento.

 

Arribaron al castillo poco antes del amanecer. Taguchi no quería molestar a nadie, así que le ordenó a Jin que se encargara de preparar las habitaciones mientras ellos tomaban un bocado para no irse a la cama con los estómagos vacíos.

—Es más obediente en tierra—observó Ueda.

—Cree que así compensa el tiempo que pasa lejos de casa.

Su voz carecía del deje de ironía que empleaba cuando hacía este tipo de confesiones. Parecía que así, en tierra, las diferencias, no sólo de su personalidad, sino también de crianza, salían a relucir y los lastimaban más que en el mar, allá donde la estructura social era mera pantomima.

Ueda no pudo evitar preguntarse cómo habían sido sus relaciones antes de que la tragedia traída por el pelinegro cayera inexorable sobre ellos.

Ninguno tenía mucho apetito, ambos se contentaron con un vaso de leche caliente y una pieza de pan blanco. Cuando Jin apareció sosteniendo una antorcha en la mano para escoltarlos, el noble experimento un déjà vu.

Después de dos días de ensueño, Jin se apartó drásticamente de él, concentrando todos sus esfuerzos en llevarlos a tierra, delegando al noble al final de sus prioridades; por lo que Ueda pasó esos días en la silenciosa compañía del capitán, cuyo estado de ánimo seguía siendo difícil de adivinar.

Se separaron en el salón principal. Taguchi desapareció escaleras arriba, en tanto que Jin le condujo al ala este, que le informó, había sido reservada para él.

Después de iluminar la habitación y entregarle un juego de ropa de cama, se recargó de espaldas a la puerta. Ueda se había sentado en el banquillo del tocador, vuelto hacia él pero evitando verlo directo a la cara.

—¿Ahora qué?—preguntó indeciso.

—Esperar su próximo movimiento. Enviaré unas misivas y…

—¿A Kato shigeaki?—le interrumpió. Aunque no lo pretendía, la pregunta salió como un reproche a la muerte de sus dos amigos.

Jin le miró hostil, pero pareció dominar con facilidad la emoción violenta que había agitado su pecho. Sin embargo, Ueda no pasó por alto el movimiento instintivo de su mano cerrándose sobre la falcata en su fajín.

—Sí—contestó con frialdad—.Pediste ayuda, yo te la conseguí. ¿A qué viene todo esto?

—Los mandaste a cazar—respondió incrédulo por la indiferencia que mostraba—. Tal vez Taguchi y Koki perdieron la cabeza por un ridículo viaje de venganza, pero no creo que el resto de la tripulación también. Eso es…

—¿Traición?

No importaba cuántas veces hubiera escuchado antes esa palabra, cuando venía de boca de los piratas, parecía cobrar un sentido mucho más real y ominoso que cuando lo hacía de la boca de un juez.

—Ya deberías saberlo—dijo con tono displicente—. Para mí ellos no significan nada. Sólo me importan tú y Junnosuke, y haré lo que esté en mi poder para mantenerlos a salvo, así que conténtate con hacer lo que te digo y no hagas preguntas cuya respuesta no quieras escuchar.

Salvó la poca distancia que los separaba e ignorando el horror que reflejaba el rostro del noble, se inclinó para depositar un tierno beso en su frente.

—Descansa. Mañana nos espera un largo día.

Jin se retiró y Ueda esperó en el alféizar de la ventana hasta que vio la figura del pirata desaparecer por el sendero principal.

 

A las afueras del poblado más cercano, se encontraba un deslucido hostal que tenía fama de albergar a toda clase de delincuentes, y al que ningún poblador en su sano juicio se había atrevido a acercarse jamás. Las hierbas crecían descuidadas por doquier y no había más que unos pocos animales famélicos en los corrales, adentro, el viejo que atendía era un retirado y tullido contrabandista, de sonrisa retorcida y malas intenciones que ahora servía de contacto para todos aquellos que buscaran ganar dinero fácil.

En cuanto vio a Jin, se apresuró a recibirlo, pero él rechazó sus atenciones con un gesto de la mano, luego le extendió un pedazo doblado de pergamino.

—A Kato. Debe llegar esta misma tarde.

El hostalero se apresuró a despertar a su ayudante, un joven perezoso que siempre dormía en los corrales cuando no había clientes, y que el viejo sólo conservaba a su servicio por su habilidad con los caballos. Le entregó la nota y el chico partió enseguida.

Entretanto, Jin había al segundo piso a ocupar la habitación que siempre tenía reservada en el lugar para descansar.

Durmió largo y tendido hasta el anochecer, cuando el hostalero tuvo el atrevimiento de despertarle para avisarle de que jun carro esperaba por él. Jin se asomó por ña ventana del cuarto para comprobar que no era un carro de Junnosuke. No reconocía  el carro, así que supuso que era de Shigeaki.

Se tomó su tiempo para vestirse y llenarse la panza, luego salió. El auriga abrió la puerta y de ella descendió un hombre con pintas de soldado extranjero que hizo a Jin dudar sobre quién había mandado a buscarle.

—Entre—dijo la helada voz de aquel hombre, que le sacaba al menos una cabeza de altura—. El joven amo le espera.

Receloso, accedió a subir al carro. Este se internó en el bosque por uno de los senderos menos transitados, llevándolos a una posada bastante más concurrida que el hostal donde el pirata se hospedaba, y cuya reputación superaba en creces también. Jin entonces entendió que era Shigeaki quien había mandado a buscarle y no quien por un momento había temido al ver al soldado.

En el segundo piso, el hijo del marqués le esperaba con la mesa ya servida. Jin rechazó la invitación, el joven Shigeaki poseía un carácter más calmado y manejable que el de Junnosuke o Ueda, y tampoco era alguien que gustara de hacer perder el tiempo a los demás, por lo que no insistió.

Mientras Jin le informaba de manera llana los acontecimientos que se suscitaran en su barco tras la llegada de Ueda, no podía quitar su atención del soldado que custodiaba la entrada de la habitación. Era callado y taciturno, sumamente precavido; su semblante no cambiaba, sólo sus ojos se movían y parecía que la conversación no le llegaba. Ponía nervioso a Jin. Sin premeditarlo, llevó su daga al cuello de Shigeaki, encontrándose con la desagradable sorpresa de que para el momento en cuanto había terminado el movimiento, el filo del sable de aquel hombre ya había perforado mínimamente la piel de su cuello.

Jin le miró de reojo, nada en su expresión delataba cuáles eran sus intenciones, si intentar convencerlo de soltar el arma con palabras o acabarle allí mismo. Shigeaki hizo un gesto con la mano y ambos enfundaron sus armas.

—¿A qué es bueno? —dijo orgulloso el hijo del marqués de Hailsham.

—Demasiado.

Volvieron al asunto que les atañía y este hombre volvió a su puesto. Sin embargo, Jin no le quitaba un ojo de encima y su preocupación se había centrado en él más que en el problema que tanto les preocupaba a Shigeaki y a Ueda, que era la impredictibilidad en el actuar de su hermano.

El pirata tenía una vaga idea de lo que su hermano podría llevar a cabo dado las circunstancias, pero calló, creyendo que si hablaba con él, todavía podría apegarse al plan original y evitar más muertes de las necesarias. Este soldado, en cambio, representaba una amenaza que debía eliminar de inmediato.

—Quiero conocerlo—llamó de vuelta su atención el noble.

—Lo tiene vigilado.

—Encontrarás la manera.

No dijo nada, se despidió de él con un vago gesto de la mano y marchó.