Tocaron tierra dos semanas después.
Durante
la repartición de la prima, Ueda llevó a cabo al pie de la letra lo que Jin le
había encomendado, sorprendiéndolos a todos con un acto altruista, en el que
después de repartir la cantidad correspondiente a las familias de los difuntos
que habían dejado testamento, había ofrecido la parte de aquellos que no, para
pagar la deuda contraída con la tripulación a quienes no quisieran seguir
siendo parte de ella.
El
capitán no se opuso, parecía haber vuelto a ser dueño de sí mismo y les dio su
consentimiento con un gesto de la
cabeza.
Después
de que los desertores-que no fueron pocos-se marcharon, Taguchi tomó la palabra,
indicándoles el lugar y la fecha de su próxima reunión, así como también el
santo y seña para ingresar a la misma.
No se
dijo más y todos marcharon.
Habían
desembarcado en el puerto, para ese punto, al noble no le sorprendió que no se
alertara a las autoridades, tampoco que no se anunciara su llegada. Lo que sí
le sorprendió fue encontrar un exquisito carro esperando por ellos.
Jin se
trepó con el auriga, en tanto que Ueda acompañó a Taguchi, quien sin duda era
el dueño y señor de estas tierras.
El
camino se le antojó demasiado extenso en duración y demasiado incómodo como
para entablar conversación. A diferencia de cuando se encontraba en altamar,
Taguchi mostraba una expresión indolente que no le había conocido hasta el
momento.
Arribaron
al castillo poco antes del amanecer. Taguchi no quería molestar a nadie, así
que le ordenó a Jin que se encargara de preparar las habitaciones mientras
ellos tomaban un bocado para no irse a la cama con los estómagos vacíos.
—Es más
obediente en tierra—observó Ueda.
—Cree
que así compensa el tiempo que pasa lejos de casa.
Su voz
carecía del deje de ironía que empleaba cuando hacía este tipo de confesiones.
Parecía que así, en tierra, las diferencias, no sólo de su personalidad, sino
también de crianza, salían a relucir y los lastimaban más que en el mar, allá
donde la estructura social era mera pantomima.
Ueda no
pudo evitar preguntarse cómo habían sido sus relaciones antes de que la
tragedia traída por el pelinegro cayera inexorable sobre ellos.
Ninguno
tenía mucho apetito, ambos se contentaron con un vaso de leche caliente y una
pieza de pan blanco. Cuando Jin apareció sosteniendo una antorcha en la mano
para escoltarlos, el noble experimento un déjà vu.
Después
de dos días de ensueño, Jin se apartó drásticamente de él, concentrando todos
sus esfuerzos en llevarlos a tierra, delegando al noble al final de sus
prioridades; por lo que Ueda pasó esos días en la silenciosa compañía del
capitán, cuyo estado de ánimo seguía siendo difícil de adivinar.
Se
separaron en el salón principal. Taguchi desapareció escaleras arriba, en tanto
que Jin le condujo al ala este, que le informó, había sido reservada para él.
Después
de iluminar la habitación y entregarle un juego de ropa de cama, se recargó de
espaldas a la puerta. Ueda se había sentado en el banquillo del tocador, vuelto
hacia él pero evitando verlo directo a la cara.
—¿Ahora
qué?—preguntó indeciso.
—Esperar
su próximo movimiento. Enviaré unas misivas y…
—¿A
Kato shigeaki?—le interrumpió. Aunque no lo pretendía, la pregunta salió como un
reproche a la muerte de sus dos amigos.
Jin le
miró hostil, pero pareció dominar con facilidad la emoción violenta que había
agitado su pecho. Sin embargo, Ueda no pasó por alto el movimiento instintivo
de su mano cerrándose sobre la falcata en su fajín.
—Sí—contestó
con frialdad—.Pediste ayuda, yo te la conseguí. ¿A qué viene todo esto?
—Los
mandaste a cazar—respondió incrédulo por la indiferencia que mostraba—. Tal vez
Taguchi y Koki perdieron la cabeza por un ridículo viaje de venganza, pero no
creo que el resto de la tripulación también. Eso es…
—¿Traición?
No
importaba cuántas veces hubiera escuchado antes esa palabra, cuando venía de
boca de los piratas, parecía cobrar un sentido mucho más real y ominoso que
cuando lo hacía de la boca de un juez.
—Ya
deberías saberlo—dijo con tono displicente—. Para mí ellos no significan nada.
Sólo me importan tú y Junnosuke, y haré lo que esté en mi poder para
mantenerlos a salvo, así que conténtate con hacer lo que te digo y no hagas
preguntas cuya respuesta no quieras escuchar.
Salvó
la poca distancia que los separaba e ignorando el horror que reflejaba el
rostro del noble, se inclinó para depositar un tierno beso en su frente.
—Descansa.
Mañana nos espera un largo día.
Jin se
retiró y Ueda esperó en el alféizar de la ventana hasta que vio la figura del
pirata desaparecer por el sendero principal.
A las
afueras del poblado más cercano, se encontraba un deslucido hostal que tenía
fama de albergar a toda clase de delincuentes, y al que ningún poblador en su
sano juicio se había atrevido a acercarse jamás. Las hierbas crecían
descuidadas por doquier y no había más que unos pocos animales famélicos en los
corrales, adentro, el viejo que atendía era un retirado y tullido
contrabandista, de sonrisa retorcida y malas intenciones que ahora servía de
contacto para todos aquellos que buscaran ganar dinero fácil.
En
cuanto vio a Jin, se apresuró a recibirlo, pero él rechazó sus atenciones con
un gesto de la mano, luego le extendió un pedazo doblado de pergamino.
—A
Kato. Debe llegar esta misma tarde.
El
hostalero se apresuró a despertar a su ayudante, un joven perezoso que siempre
dormía en los corrales cuando no había clientes, y que el viejo sólo conservaba
a su servicio por su habilidad con los caballos. Le entregó la nota y el chico
partió enseguida.
Entretanto,
Jin había al segundo piso a ocupar la habitación que siempre tenía reservada en
el lugar para descansar.
Durmió
largo y tendido hasta el anochecer, cuando el hostalero tuvo el atrevimiento de
despertarle para avisarle de que jun carro esperaba por él. Jin se asomó por ña
ventana del cuarto para comprobar que no era un carro de Junnosuke. No
reconocía el carro, así que supuso que
era de Shigeaki.
Se tomó
su tiempo para vestirse y llenarse la panza, luego salió. El auriga abrió la
puerta y de ella descendió un hombre con pintas de soldado extranjero que hizo
a Jin dudar sobre quién había mandado a buscarle.
—Entre—dijo
la helada voz de aquel hombre, que le sacaba al menos una cabeza de altura—. El
joven amo le espera.
Receloso,
accedió a subir al carro. Este se internó en el bosque por uno de los senderos
menos transitados, llevándolos a una posada bastante más concurrida que el
hostal donde el pirata se hospedaba, y cuya reputación superaba en creces
también. Jin entonces entendió que era Shigeaki quien había mandado a buscarle
y no quien por un momento había temido al ver al soldado.
En el
segundo piso, el hijo del marqués le esperaba con la mesa ya servida. Jin rechazó
la invitación, el joven Shigeaki poseía un carácter más calmado y manejable que
el de Junnosuke o Ueda, y tampoco era alguien que gustara de hacer perder el
tiempo a los demás, por lo que no insistió.
Mientras
Jin le informaba de manera llana los acontecimientos que se suscitaran en su barco
tras la llegada de Ueda, no podía quitar su atención del soldado que custodiaba
la entrada de la habitación. Era callado y taciturno, sumamente precavido; su
semblante no cambiaba, sólo sus ojos se movían y parecía que la conversación no
le llegaba. Ponía nervioso a Jin. Sin premeditarlo, llevó su daga al cuello de
Shigeaki, encontrándose con la desagradable sorpresa de que para el momento en
cuanto había terminado el movimiento, el filo del sable de aquel hombre ya
había perforado mínimamente la piel de su cuello.
Jin le
miró de reojo, nada en su expresión delataba cuáles eran sus intenciones, si intentar
convencerlo de soltar el arma con palabras o acabarle allí mismo. Shigeaki hizo
un gesto con la mano y ambos enfundaron sus armas.
—¿A qué
es bueno? —dijo orgulloso el hijo del marqués de Hailsham.
—Demasiado.
Volvieron
al asunto que les atañía y este hombre volvió a su puesto. Sin embargo, Jin no
le quitaba un ojo de encima y su preocupación se había centrado en él más que
en el problema que tanto les preocupaba a Shigeaki y a Ueda, que era la impredictibilidad
en el actuar de su hermano.
El pirata
tenía una vaga idea de lo que su hermano podría llevar a cabo dado las circunstancias,
pero calló, creyendo que si hablaba con él, todavía podría apegarse al plan
original y evitar más muertes de las necesarias. Este soldado, en cambio,
representaba una amenaza que debía eliminar de inmediato.
—Quiero
conocerlo—llamó de vuelta su atención el noble.
—Lo
tiene vigilado.
—Encontrarás
la manera.
No dijo
nada, se despidió de él con un vago gesto de la mano y marchó.