Capítulo 3
El día llegó casi sin
que Ueda se enterara. Al abrir los ojos no encontró a Jin sentado junto a la puerta
como era su costumbre, tampoco encontró la pequeña bandeja de plata en que
solían llevarle el desayuno ni el candil con el que Jin escasamente alumbraba
el lugar.
Extrañado, salió al pasillo donde pudo
escuchar un fuerte ajetreo que provenía de fuera, así que subió a cubierta
encontrándose con una curiosa escena.
En el centro de una multitud, había un
hombre que por sus ropas Ueda supuso no era un pirata, que reclamaba al
capitán, casi a voz de grito, algo que Ueda no lograba entender. El capitán,
por su parte, le escuchaba atentamente y acompañaba el discurso de aquel hombre
con gestos y sonidos que le animaban a continuar.
—¿Qué está pasando? —preguntó al chico
del parche quien se había ido a parar junto a él
—Es el médico. Siempre anda dando lata
con las raciones.
Ueda escuchó con atención todo lo que
el médico tenía que decir. Si bien hablaba mucho, el punto que reclamaba debía
ser solucionado era que los enfermos y heridos necesitaban porciones de comida
más grandes pues aún se encontraban débiles y eso les ayudaría a recuperarse
más pronto. Ueda sabía que llevaba razón, de hecho, pensaba, era algo de
sentido común, pero cada vez que mencionaba las palabras “raciones más
grandes”, los piratas soltaban maldiciones y abucheos. El capitán llamó un par
de veces a la calma, quería que el hombre continuara hablando y cuando por fin
calló, Ueda le vio alargar el brazo, casi con desidia, y dispararle en el
pecho.
—Repartan su ración entre los enfermos
y, Jin, consígueme un nuevo cirujano.
Sin más salió de escena con su ondeante
capa al viento, dejando tras de sí un silencio roto por el salpicar de aquel
cuerpo al chocar contra el agua. El espectáculo acabó en ese momento. Todos
volvieron a sus tareas, pero sólo Jin permaneció recargado en la borda mirando
con el ceño fruncido cómo el cuerpo se hundía.
Ueda se acercó a él, aún aturdido por
la violenta escena, y cuando se hubo colocado a su lado, no pudo evitar
preguntarle si se encontraba bien.
—Odio lidiar con toda su mierda.
Soltó para después girarse hacia él. A
pesar de que su rostro había vuelto a ser impasible, el movimiento fue brusco,
por lo que Ueda supuso que la tarea que le había encomendado su capitán debía
resultarle enojosa, y es por eso que intentó apartarse de él; sospechó que su
estado de ánimo le haría cobrarse lo del vómito que había dejado en sus ropas
la tarde anterior, pero Jin estaba quieto, mirándole fijo. Era una mirada
extraña e indescifrable. Instintivamente Ueda cerró los ojos asustado y usó sus
manos para detener a Jin, quien habíase acercado demasiado a él.
—Hoy vas a hacerla de cirujano—susurró
sin apartarse un sólo milímetro de él, su voz era grave, más de lo habitual, y
eso provocó que un escalofrío le recorriera el cuerpo.
—¡Pero yo no sé nada de medicina! —su
réplica fue pronunciada de tal forma que sólo Jin pudiera escucharla.
—¿Qué estudiaste?
—Leyes, igual que todos los idiotas de
mi clase—dijo como recriminándose a sí mismo aquella decisión.
—Bien—Jin le tomó la mano y en ella
depositó algo que parecía ser una jeringa—. Felicidades, acabas de graduarte como cirujano.
Se apartó de él, su semblante había
vuelto a la normalidad y sus ojos volvían a mirar con indiferencia todo cuanto
en el mundo había.
La sección reservada para los enfermos
era bastante pequeña, debía ser así porque en alta mar era difícil recuperarse
de una enfermedad, y por la forma en que el capitán Taguchi manejaba las cosas,
Ueda supuso era más fácil dejar morir en el mar a sus hombres que curarles.
Era un lugar poco higiénico, había
manchas de sangre seca por todo el lugar y el olor séptico era insoportable.
Había sólo un par de improvisadas camillas sobre las cuales reposaban dos
hombres uniformados, ninguno de ellos era pirata y Ueda les reconoció al
instante como dos de los guardas que fungían como su escolta personal.
Su emoción fue tal que sin pensarlo
corrió hacia ellos, llevándose un terrible desencanto al no ser bien recibido
por ellos, pues ese par de malheridos hombres le veían ahora como una amenaza y
le culpaban erróneamente de ser él el causante directo de la situación en la
cual se encontraban.
—En cuanto nos recuperemos—dijo el que
más molesto estaba—nos uniremos a ellos.
Ante estas palabras, Ueda montó en
cólera y no se contuvo en darle una bofetada acompañada de sus mejores
insultos. Estaba haciendo berrinche, lo sabía, pero él no estaba acostumbrado a
que la gente a su alrededor renegara de él o se atreviera a despreciarle.
Quería castigarlos, recordarles cuál era su posición en el mundo, sin embargo,
al levantar la mano por segunda ocasión Jin le interrumpió.
—Un médico que golpea a los enfermos,
eso es nuevo.
Repentinamente avergonzado, Ueda se
apartó de aquellos hombres y fue a juguetear con los curiosos instrumentos que
descansaban sobre una mesita.
—Supongo que fue bueno que todos
murieran. Así no tengo que ver cómo se convierten en salvajes.
Los heridos iban a replicar, pero la
sola presencia de Jin los acalló, convirtiéndolos en meros espectadores.
—Uno no lo hizo—dijo Jin y Ueda se giró
a él sorprendido—. El capitán, él realmente te es leal.
—Llévame con él—le ordenó,
arrepintiéndose al instante pues no estaba en posición de dar órdenes.
—Cuando acabe la jornada.
Ueda gastó su cuarto día a bordo del Queen
of pirates tratando de averiguar qué se supone debía hacer con los enfermos
y tratando de contener las náuseas. No quería vomitar sobre ninguno de ellos,
pensaba que esos hombres podían matarlo en el mismo instante en que lo hiciera
y no quería arriesgarse. Todo lo que quería era terminar el día en paz y
encontrarse con el confiable y viejo capitán de su barco.
Curiosamente y para su alivio, Jin le
dejó completamente sólo ese día. No mandó a nadie para que le vigilara y ni
siquiera él apareció para asegurarse de que todo marchara bien.
Cuando dieron las ocho y todas las
luces se apagaron, Jin apareció con una pequeña vela en mano que apenas
alcanzaba a iluminar parcialmente su rostro. Esta vez no le hizo ningún tipo de
seña, simplemente dio media vuelta y empezó a andar. Ueda le siguió sin
titubear.
El pirata le condujo hasta a una
especie de mazmorra situada en lo más profundo del barco; dentro de una celda
Ueda pudo distinguir la silueta de un hombre sentado y sin dudarlo entró a la
celda cuando Jin le abrió la puerta.
—Supongo que querrán estar solos para
ponerse al día.
La sorna en su voz alertó a Ueda, quien,
al prestar cuidadosa atención, gritó aterrorizado al darse cuenta de que lo que
tenía ante él no era más que un cadáver cuyo estado de putrefacción apenas
empezaba, como si hubiera sido asesinado esa misma mañana.
Dio media vuelta para salir de ahí,
pero Jin se le adelantó al empujarle contra aquella pantomima de ser vivo, logrando
así que la cabeza se desprendiera y rodara por la espalda del noble hasta
llegar al piso. Sus gritos aterrorizados fueron ahogados por la risa cruel del
pirata, que retumbó por todo el lugar, enloqueciéndolo.
Cuando por fin pasó el estupor, se dio cuenta
de que había sido encerrado bajo llave y que la única luz que alumbraba el lugar
era la pálida luz de la luna que se derramaba directamente sobre la macabra
figura que le acompañaría por el resto de la noche.
El miedo pronto dio paso a la cólera. Una
vez más había caído presa de una de sus trampas, se había confiado y ese era su
error. Continuamente olvidaba que ya no se encontraba en su mundo, que allí, la
única manera de volverse intocable era ganarse el respeto de los demás,
convertirse en alguien temido y supo que si quería salir de ahí con vida tenía
una sola opción: aceptar el trato de Taguchi.