sábado, 31 de octubre de 2020

The Ocean At The End Of The World Capítulo 4

 

Capítulo 4

Taguchi le esperaba en un apartamento distinto al de su primer encuentro. Estaba sentado en una elegante silla más parecida a un trono que a una silla, que desentonaba por completo con la rústica y algo descuidada decoración del lugar, por lo que Ueda supuso había ordenado la instalaran allí para la ocasión.

—Supongo que estás aquí para decirme que aceptas mi oferta.

—¿Qué te hace pensar que voy a aceptarla?

Sabía que no era la mejor manera de empezar la reunión, pero desde un principio había optado por la posición defensiva a causa de la actitud de Taguchi, que esta vez había trazado una línea entre ellos dos, mostrándole la clara diferencia de posiciones.

El capitán se aparecía ante él con la misma presencia de un príncipe cuyo reino está a su completa merced; con dos guardias a cada costado mientras que él, tan pequeño e indefenso como era, no tenía siquiera un lugar en dónde sentarse y su escolta le había sido arrebatada desde el día anterior. Sabía que era su culpa encontrarse en esa situación tan desventajosa, pues había preferido gastar su tiempo quejándose y deprimiéndose en lugar de hacer algo para ganarse el favor de aquellos piratas.

—No creo que quieras hacerme perder el tiempo con futilidades. Temerías mi carácter.

El rostro de Taguchi traslucía impaciencia, pero Ueda no se iba a dejar amedrentar, sabía que el capitán pirata le necesitaba y es por eso que se vio tentado a jugar un poco con él, sólo lo suficiente para adivinar qué tanto le necesitaba y cuánta ventaja podría sacar de ello.

—¿Debería temer tu temperamento?

—Muchos lo hacen. Tú no, desde luego.

—No fue muy amable de tu parte matar a mi capitán—agregó no sin cierta altivez.

—No fue muy amable de su parte atentar contra mí en un intento de rescatarte cuando, es obvio, no corres ningún peligro.

—Era un hombre leal.

—Lealtad. Un rasgo admirable, hasta que hace que te maten—hizo una corta pausa durante la cual sus labios se curvaron ligeramente—. ¿Cuento contigo?

—Por supuesto.

Taguchi se levantó de su asiento y caminó hasta él ofreciéndole una mano amiga que cerraría el trato. Ueda la aceptó y procuró darle a su agarre la misma fuerza y determinación que Taguchi daba al suyo. Ahora que eran socios debía demostrar que estaba a la altura de las circunstancias.

Al soltarse las manos, por la puerta entró un grumete, tan pequeño que Ueda pensó era un niño, y ofreció a cada uno una copa que llenaría con vino para que ellos pudieran brindar.

—Por nuestra nueva alianza—brindó Ueda.

—Por las nuevas amistades—agregó Taguchi.

A pesar de que Ueda quería abordar el tema en su totalidad, Taguchi rechazó sus intentos asegurándole que ya tendrían tiempo para eso, pues lo importante en esos momentos era conocerse mejor. De esta forma Ueda se vio atrapado en una extensa y poco provechosa plática donde él era el único protagonista, y por vez primera en toda su vida no disfrutó ser el centro de atención.

Cuando logró desembarazarse de Taguchi, pidió le escoltaran de vuelta a su camarote, pero quién le guio no fue Jin sino el simpático chico del parche, quien se mostraba más alegre de lo habitual.

—¿Dónde está Jin? —preguntó intranquilo.

—Él no tiene nada que ver con esto—fue su simple respuesta. Honesta y desinteresada.

No preguntó nada más, se limitó a entrar al camarote y verse sorprendido al ver que las oscuras cortinas habían sido retiradas junto con el banquillo desde el cual Jin solía vigilarle. Junto a su cama se hallaba el baúl en qué había cargado sus más preciadas pertenencias.

—Bienvenido a la tripulación.

El chico se marchó y al no escuchar el sonido del cerrojo, supo que había dado un paso hacia la libertad.

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