viernes, 9 de septiembre de 2022

Baby - Jin Akanishi sub español



 

The Ocean At The End Of The World capítulo 27

 Al despertarse, lo primero con lo que se toparon sus ojos fue con el magullado rostro de Jin. Bajo la tenue luz crepuscular, sus rasgos aparecían más suaves y humanos, revelando la belleza oculta bajo su indolente expresión.


No pudo evitar regalarle una sonrisa perezosa y se apretujó más a él, comprobando que estaban abrazados como amantes y no como dos extraños en busca de placer.


—Creí que sería difícil despertar contigo, pero es agradable. Me gusta.


Ueda frunció el ceño ante estas palabras.


—¿A qué te refieres?

—Supongo que te estoy pidiendo que confíes en mí.


Sus ojos eran claros y el noble supo que estaba siendo honesto.


—Pero tú no confías en mí.


El pelinegro se reclinó hacía él, hasta que sus labios quedaron a escasos centímetros de distancia. La gravedad de su voz lo estremeció.


—Dime que esto es real y jamás dudaré de tu palabra.


Pensó en Taguchi, en la imprudente forma en la que se había lanzado a sus brazos guiado meramente por el rencor. Había habido placer y desquite, pero al despertar sólo una terrible sensación de soledad y fracaso. Con él, en cambio, se sentía cálido y cómodo.


—Lo es.


Jin soltó una risa, liviana y argentina, que le tomó por sorpresa.


—¿Por qué estás tan sorprendido entonces?


Le dió un beso en la frente, torpe y algo húmedo que hizo que a Ueda se le enterneciera el corazón.


—Porque no debería.


Holgaban los comentarios a ese respecto. Ueda sabía que ese sentimiento indescriptible que agitaba su pecho y le hacía flotar era una traición, no sólo a sus principios o a sus muertos, también lo era hacia Kame y hacia sí mismo.


Jin se apartó de él, lo suficiente para que el noble pudiera apreciar la ansiedad y el temor que se estaban apoderando de él.


—¿Entonces?


El corte debajo de  su ojo se le había vuelto a abrir por la risa y una línea roja oscura que partía de ella, describía una curva en el cuello y desaparecía en la cama. Ueda lo miró, al terrible bulto del ojo, e intentó olvidar.


—Entonces nada—bromeó, queriendo ser él quien le tomara el pelo al pirata en lugar de al revés—. Tendrás que mudarte a mi castillo y usar lindas ropas cortesanas.


El rostro del pirata se tornó verde y Ueda soltó una risotada, más cariñosa que burlona. Jin parecía no saber cómo reaccionar.


—Lo resolveremos—le aseguró —. Lo que me preocupa ahora es qué vamos a hacer con Taguchi.


Debía ser un tema difícil pues el rostro de Jin se amargó y sus ojos volvieron a velarse.


—Sé que es tu hermano y que lo quieres más que a nada en este mundo, pero créeme cuando te digo que se veía mal. No creo que piense con claridad y temo que haga algo estúpido.


—Pensaré en algo—se inclinó y le dió un beso en los labios.


Ueda se abrazó más a él, a su estrecha cintura, y aspiró un poco su aroma. Óxido, sudor y  mar. La sangre coagulada se desmenuzaba y se le desprendía de la piel, moteándoles el rostro y la garganta.


—Vamos,—dijo Jin apartándose de él—este barco no navegará solo.



Aunque el ánimo seguía siendo fúnebre, lo que restaba dela tripulación se reunió en cubierta para cenar. Fue la primera vez que Ueda los vió tan unidos, pasándose las copas sin celebrar.


Se sentaron juntos en un hueco que encontraron y pasando por alto las miradas suspicaces que les lanzaban, Jin se soltó a contar de manera torpe su enfrentamiento con el mulato, resaltando la forma tan cómica en que el noble había gritado y corrido por todo el lugar como un cobarde.


Más que la historia, fue la intención lo que pareció animarlos un poco, y pronto, cada cual se encontró relatando sus hazañas en batalla, siempre haciendo un comentario burlón sobre el gran papel que Ueda había interpretado. Algún que otro desvergonzado hasta se atrevió a pedirle que le presentara a su hermana.


El noble no se enojó, de hecho, disfrutó las bromas casi tanto como ellos e incluso se atrevió a hacer un par que fueron bien recibidas. Sólo era ellos, sus historias y la inmensa cúpula morada sobre ellos.


La luz crepuscular se marchó, dando paso a una obscuridad ribeteada de plata, y por cada pirata que se retiraba Ueda deseó poder leer su destino en un puñado de estrellas.


miércoles, 1 de junio de 2022

The Ocean At The End of The World Capítulo 26

Una vez Koki dejó de moverse, Jin se apartó de él para poder tomarlo de los tobillos y así arrastrarlo hasta la borda por la cual lo arrojó al océano. Se demoró un instante antes de volverse hacia Ueda con el rostro atribulado y los ojos suplicantes, pero el noble sólo podía mirarle con el mismo horror con que le mirara a bordo del Valerian. Jin dio un paso hacia él y Ueda exclamó un “No” tan  fuerte y claro que le hizo detenerse, le miró descorazonado antes de soltar una risotada y marchar.

Ueda se quedó quieto en su sitio, sintiendo un hondo rechazo hacia el pobre diablo a quien había compadecido minutos atrás. Cuando por fin encontró las fuerzas para moverse, caminó hasta la borda. No había podido salvar a Koki, ni siquiera había podido vengar a Maru. Sintió que de alguna manera el mundo se había detenido y era incapaz de ponerlo en marcha nuevamente.

Se negó a apartar la vista del océano, era una tregua silenciosa y necesaria para acallar la confusa vorágine de emociones que lo aplastaban. Se necesitó de Taguchi y otro pirata para arrancarlo de ahí y llevarle de vuelta al Queen of Pirates

Lo que pasó después lo recordaría entre brumas. El cese de la lucha, una oración fúnebre, el sonido de los cuerpos al caer al  mar, sollozos apagados y el rojo de las llamas confundiéndose con el amanecer.

Sólo volvió en sí cuando Taguchi arremetió contra Jin, todo llanto y cólera, soltando golpes al azar, como queriendo lastimarle y la vez siendo incapaz de. Jin recibió sin rechistar cada golpe, cada arañazo y cada amargo reclamo que profería el castaño. Ambos se veían repentinamente vulnerables, como si en cualquier momento fueran a deshacerse en los brazos del otro. 

—Está muerto—se quebró Taguchi.

—Lo sé.

Taguchi miró al pelinegro con amargura y este le devolvió una mirada del más puro afecto. Lo atrajo hacia sí en un abrazo consolador que hizo que a Ueda se le revolvieran las tripas.

—Descansa, ¿sí?—le dió un beso en la cabeza y habló aún pegado a su piel —. Yo me encargo de todo.

Jin llevó a Taguchi a su camarote, donde lo puso al cuidado de un par de piratas que el noble recordaba vagamente como partidarios del pelinegro, luego procedió a organizar a la tripulación pues todavía tenían trabajo que hacer, ya después tendrían tiempo para el luto.

—¿Koki está muerto? —preguntó Kame en un hilillo de voz.

—También Nishikido.

Anticipándose a lo que el pequeño haría, Ueda lo atajó en un fuerte abrazo y lo llevó a su camarote.

Se acostaron juntos, Kame llorando acurrucado en su pecho como el niño que a veces olvidaba que era. Quiso reconfortarle, pero no había palabra que valiera de consuelo, Koki conocía los riesgos de hacer a Jin su enemigo y a pesar de ello había seguido adelante. Así que cantó. Le cantó la saloma que su amigo solía cantar cuando preparaba la carnaza o las galletas de las que tan orgulloso estaba, le cantó hasta que se le cerró la garganta y las lágrimas anegaron su corazón y por fin pudieron abandonarse a los brazos de Morfeo.


Despertó pasado el mediodía sin Kame a su lado. Pensó en ir a buscarlo, pero descartó la idea, el chico necesitaba tiempo a solas, al igual que él, pero Ueda nunca había sido capaz de sobrellevar su aflicción en soledad por lo que decidió buscar a Taguchi.

Se cambió el incómodo vestido a unos pantalones marineros y una camisa de algodón, después del vestido no quería saber nada de su habitual y estorbosa indumentaria y luego salió, encontrándose con un barco desierto. Al menos no tenía que enfrentarse a Jin, pensó aliviado, todavía no sabía cómo se sentía con respecto a él después de todo lo que había pasado y con temor de invocarlo, entró a la cabina del capitán.

—Debiste tocar.

Taguchi estaba recostado en la cama, oculto en la penumbra artificial que había creado en el lugar, sólo un fino rayo de luz se escabullía dentro a través de una grieta invisible en la puerta, derramándose sobre su afligido rostro. Era una visión dolorosa. El castaño se veía tan consumido que le resultaba difícil asociar esa imagen con el chico que horas atrás había liquidado a sangre fría a una tripulación entera.

—Creí que no era necesario.

Taguchi le dió la razón y le invitó a tomar asiento, pero Ueda sólo se limitó a cerrar la puerta y recargarse inseguro en ella.

—Koki…

No alcanzó a decir más, Taguchi le calló con un gesto de la mano que vino acompañado de una risa cortante.

—Siempre que creo que estoy a punto de obtener lo que deseo, algo pasa. Un malentendido, una tormenta y ¿por qué no? Un traidor en mis filas.

Ueda entendía su frustración y sintió la urgencia de acercarsele y pasarle una mano cariñosa por el cabello, para aliviar su dolor y  así aliviar el propio, pero la imagen de Jin siendo todo ternura con el capitán le hizo desistir.

—Tatsuya, consígueme una confesión de Jin.

Taguchi se veía tan fuera de sí que un movimiento en falso podría desatar la tormenta.

—No fue él—se encontró mintiendo.

—Fue él—insistió, sin aplacar ni un poco el dolor que sentía.

—Es imposible. Estuvo conmigo todo el tiempo, después de que encontramos al médico se enfrascó en una pelea con un mulato. Pensó que había sido él.

—¿Y por qué no lo desmentiste? Habría acabado conmigo, serías libre.

Ueda dió un paso al frente, el sabor amargo de la bilis en la boca cuando habló.

—No podría…

Jin podría traicionarlo una y mil veces, pero estaba seguro de que jamás le pondría una mano encima al castaño.

—Te creo—le dijo con honestidad—. Pero hay más de una forma de matar a un hombre.

¿Es que acaso había perdido la razón? Quiso creer que sí, pero su semblante destrozado había desaparecido y comenzaba a reflejar una serenidad poco reconfortante.

Se puso en pie, su aspecto desahuciado le daba una fragilidad de la que nunca le habría creído capaz, y de un cajón de su escritorio sacó un documento que le extendió.  Era una orden firmada por el mismísimo Kato Shigeaki, en la cual le exigía al difunto capitán de la embarcación X, el pronto rescate de Ueda. En el anexo había una orden de captura contra el Queen of Pirates.

Estupefacto, el noble alzó el rostro, esperando temeroso la conclusión del capitán.

—Jin debió avisarle, sólo así pudo haberse enterado. Nos aseguramos de no dejar ningún sobreviviente.

Si eso era cierto, Taguchi se había encargado de exterminar a los guardias que se habían unido a la tripulación no bien tuvieron la oportunidad.

—Koki tenía razón…Jin es un traidor.

El noble podía darse una idea de por qué el pirata había cometido parricidio, pero no creía que Taguchi fuera tan denso como para no darse cuenta del por qué.

—¿Y qué? Todo lo hizo pensando en ti.

Taguchi bufó. La idea de que Jin lo amara parecía dolerle más que otra cosa.

—Me temo que te equivocas. No le importo, no más.

Se sentó abatido en la cama.

—¿Entonces qué busca?

Taguchi se veía tan perdido como él. Ninguno agregó nada más, tenían muchas cosas que procesar.

Ueda le imitó y se sentó a su lado en la cama, escrutándolo. Su piel no era tan inmaculada como había creído, era una piel ligeramente curtida por el sol, lo que demostraba que apenas pasaba tiempo en mar; su nariz estaba levemente desviada por algún golpe recibido tiempo atrás; a lo largo de sus brazos había una cicatriz o dos, irregulares y de hechura reciente; sus siempre inquietas manos jugaban de manera distraída con una  gastada concha marina, casi lisa en los bordes. Era un gesto familiar que le impidió apartar la mirada de ellas. Estaban llenas de cicatrices, finas y limpias, apenas visibles en la blancura de su piel. Era imposible que hubieran sido producidas en batalla.

Al darse cuenta de que el noble tenía la vista clavada en sus manos, Taguchi hizo amago de esconderlas y le regaló una sonrisa amarga.

—Mi padre me enseñó muchas cosas, especialmente que la virtud cuesta cara.

—¿Él te hizo eso?

—Tuve suerte, Jin se llevó la mayor parte del daño. Tan tonto. Siempre echándose la culpa de mis errores.

En ese momento las pocas piezas restantes del rompecabezas cayeron una a una en su lugar. Todos los aspectos que le habían parecido extraños sobre su relación cobraron sentido: la indulgencia, la fidelidad y el afecto.

—Es tu hermano.

—Un bastardo, pero mi hermano.

No pudo evitar reír desengañado, un sentimiento de vergüenza le invadió al pensar en cómo había caído en su jueguito de la relación amorosa malhadada, incluso Koki…luego se enfureció porque la idea de ser salvado no había sido más que una esperanza vana, el anzuelo con el que lo habían pescado.

—No puedo hacerlo confesar.

—Claro que puedes—enroscó una hebra del cabello de Ueda en su dedo, para tenerlo sujeto—. Sólo tienes que usar tus encantos.

Su voz fue sugerente y la ira invadió al noble. No. Él no dejaría que Taguchi lo redujera a eso. No se iba a transformar en una marioneta de un solo uso, él estaba por encima de eso. Se dominó lo mejor que pudo y con un rostro de reo resignado a su destino le dijo:

—Veré qué puedo hacer.

Taguchi le sonrió complacido y Ueda le devolvió una sonrisa ingenua, como buscando su salvación, como si no comprendiera la naturaleza de los venenos.


Encontró a Jin en popa, remendando una vela con puntadas ciertamente torpes y desiguales, murmurando la letra de la saloma favorita del pirata del parche. Llevaba el largo cabello suelto y alborotado, usándolo como cortina para ocultar su rostro, de tal modo que Ueda no supo si se estaba burlando de Koki o si en verdad sentía algún remordimiento por lo que había hecho.


Su ira, acrecentada por este hecho, le hizo tomar un pedazo de madera tan grande como su rostro y lanzarlo con fuerza contra él. Jin lo esquivó con facilidad y ni siquiera se molestó en levantar el rostro para ver a su atacante.


—Hoy amanecimos bravos—se burló.


Ueda tomó otro trozo de madera y lo lanzó con el mismo resultado.


—No puedo creer que Kamenashi tenga mejor puntería que tú.


Alzó el rostro para dedicarle una sonrisa divertida. En la mejilla izquierda, hinchada por uno de los tantos golpes que le había dado Koki, tenía una cortada no muy profunda y reciente  que ni siquiera se había molestado en limpiar. 


—¿Cómo te atreves a burlarte así? Tú lo mataste—le dijo indignado.

—¿Cómo te atreves a decir algo así? Él intentó matarme.


Ueda se sonrojó por lo estúpido que había sonado, raclamándole por hacer algo que para él no representaba nada más que un mero acto de supervivencia.


Al ver que no agregaba más, Jin tomó el extremo de la vela y se lo lanzó.


—Intenta ser útil por una vez, ¿quieres?


El noble se sentó, listo para hacerlo pasar un mal rato. Además de Koki, había un asunto más importante que discutir.


—Es tu hermano.

—Algo obvio—contestó despectivo sin abandonar su labor.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Qué importancia tiene, lo único que tenemos en común es que su padre no pudo mantener su pene fuera de nuestras madres.

—¡Eso es obsceno!


Jin rodó los ojos y Ueda trató de no reaccionar a su desfachatez.


—¿Qué quieres?—preguntó al fin el pirata, sabedor de que el noble no se callaría hasta que no le contara la historia a detalle.

—La verdad.

—Suenas como el médico idiota.


Ueda ya no se creía su fachada de “no me importa nadie, ni siquiera Taguchi”, así que se arrimó más cerca de él, hasta que sus rodillas se tocaron. Jin detuvo su labor y le miró cauto.


—Hablo en serio.

—No confío en ti.

—No tienes que hacerlo. Me contarás todo o enteraré a la tripulación de cómo mataste no sólo a tu padre sino también a Koki, y de cómo los traicionaste al mandarlos capturar a través de la mano de Shigeaki.

—No dirás ni dos palabras antes de que te rebane el cuello.

—No lo harías.


No era confianza. Era la calmada evaluación de las intenciones del pirata junto con la descarada arrogancia de su propia evaluación: Jin lo necesitaba vivo tanto como Ueda lo necesitaba a él.


El pirata chasqueó la lengua, se puso en pie y le ofreció la mano en un gesto que lo invitaba a seguirle. La tomó y Jin lo jaló con fuerza para cargarlo en vilo y lo llevó bajó cubierta a su camarote, ignorando sus gritos y pataleos.


Lo soltó de la manera menos delicada posible y cerró la puerta tras de sí, sonriéndose al escucharlo chillar por el dolor de la caída.

—Pregunta, soy un libro abierto.


Ueda se puso en pie de la forma más digna que pudo. Se acomodó sus ropas y el cabello.


—¿Qué planean hacer conmigo?

—No sé.

—Dijiste que contestarías.

—Eso hago. Teníamos un plan. Íbamos a mantenerte encerrado hasta que nos fueras de utilidad, pero le gustas y eso cambió todo. No tengo idea de en qué demonios está pensando o qué planea hacer.

—¿Qué iban a hacer con Maru, entonces?

—Culparlo del asesinato de Shigeaki.


Eso no lo aliviaba en lo más mínimo.


—¿Por qué meterte en su juego? ¿Por qué no sólo eres honesto con él y lo llevas a casa?

—No sé cómo hacer eso, además son más parecidos de lo que creí y Koki…Bueno, no creo que ninguno de nosotros acabe mejor.


Fue la primera vez que lo escuchó llamarlo por su nombre de pila, y contrario a lo que hubiera esperado, salió sin esfuerzos, con familiaridad.


—No querías dañarlo.


El rostro es el espejo de la mente y los ojos, sin hablar, confiesan los secretos del alma. Jin había apartado su mirada, pero Ueda ya había leído en ella.


—Quería hacerlo. En ese momento sólo pensaba en alejarlo definitivamente de Junnosuke y lo hice. 


Miró sus manos todavía manchadas con la sangre seca de Koki, quiso ocultarlas pero Ueda las tomó entre las suyas. Aunque pudiera ser cierto que Jin tenía un talento especial para la violencia, el noble nunca lo había visto regodearse en ello como lo hicieran otros. Al contrario, siempre que se veía obligado a matar se volvía taciturno y se encerraba dentro de sí mismo, como si se retirara para poder descansar un tiempo y luego volver con esa máscara de sorna y crueldad que todos esperaban que usara.


—Sólo estabas protegiendo a tu hermano, por eso lo mataste, ¿no? 


Recordó las cicatrices que ambos tenían. Aunque las de Taguchi eran discretas, eran igual de aberrantes en su origen.


—Debí haberlo hecho en el momento en que le puso una mano encima.


Ueda acarició el dorso de su mano y luego su palma, eran unas manos hermosas, no en cuanto a belleza sino en cuanto a fuerza oculta; eran unas manos que fácilmente podrían ahogarlo y, sin embargo, no las había usado una sola vez para lastimarlo.


—No estoy seguro de que seas una buena persona, pero puedo asegurarte de que eres alguien decente. Nunca olvides eso.


Hizo amago de marchar, pero Jin lo retuvo al negarse a soltarlo.


—Quédate conmigo.


Ueda frunció el ceño ante aquella proposición, dispuesto a rechazarlo con la misma mordacidad con que lo hiciera antaño, mas el semblante del pirata le hizo quedarse en su sitio y esperar. Una vez más le miraba de aquella manera extraña, con la ansiedad propia de un niño que está a punto de ser juzgado por un acto cuyas consecuencias no comprende. Miedo y esperanza mezclándose en sus ojos.


—Sólo por hoy.


El silencio vibró entre ellos y Ueda alzó la cabeza. Nunca se dio cuenta de cómo sucedió, pero un momento después sintió unos dedos calientes en su cara y besos en toda su mandíbula y labios. Su cabello estaba hecho un desastre, la ropa suelta se movió hacia arriba, sus manos alcanzaron la piel desnuda y caliente.

 

Todo se estaba difuminando, el mundo se estaba cayendo a pedazos, su respiración se aceleró, los besos eran infinitos y pronto sólo había piel contra piel. La enorme cama de Ueda, las sábanas blancas y sedosas que llevaban su olor y una caída más profunda de lo que el amor podía alcanzar.


miércoles, 25 de mayo de 2022

martes, 19 de abril de 2022

The Ocean At The End Of The World Capítulo 25

 Jin siempre había sido alguien simple, un hombre precavido y de pocas palabras, es por ello que Koki no se sorprendió de escuchar su helada voz alzarse sobre el rumor de la batalla para preguntarle ¿Por qué? ¿Por qué demonios lo hizo? ¿Por qué permitió que Junnosuke lo hiciera?


"Quiere traerte de vuelta", sería la respuesta, porque aunque Taguchi pudiera ser muy lógico, había veces en las que hacía cosas raras o estúpidas, cosas que no tenían sentido en su persecución de su única obsesión: el dulce tónico de la superioridad.


"Préstame atención", parecía gritar, "¡Mírame sólo a mí!", porque, aunque los piratas no lo respetaran, aunque lo encontraran desagradable y hasta lo odiaran, no podían hacer nada. No mientras Jin permaneciera bajo su control y ese era el único poder real que tenía.


—Sabe lo que hiciste—mintió.


Jin se quedó en silencio y clavó sus enormes ojos, unos ojos que parecían reflejar el barco entero, el mundo entero, en él. Entonces se volvió hacía Ueda y alzó la espada, dejándola caer con un movimiento preciso y mortal.


Ueda gritó. Koki se lanzó hacía él para detenerlo, encontrándose con que Ueda estaba aterrorizado, pero vivo. Era un juego mezquino, pero la mezquindad era lo único que Jin tenía.


Koki sabía bien que su mayor ventaja se encontraba en el combate a distancia, el haberse criado junto a Jin le daba un conocimiento preciso de las habilidades que éste poseía, así como Jin tenía el mismo conocimiento acerca de él. No obstante, el asalto al barco no duraría mucho y tenía que acabar con él allí mismo.  


Ninguno de los dos se contuvo en el primer ataque, el choque de espadas resonó una y otra vez mientras ambos piratas se desplazaban por todo el lugar, matando a todo aquel que se cruzara en su camino, ya fuera enemigo o aliado.


Pronto Koki se percató de que algo no andaba bien con Jin, sus movimientos empezaron a volverse pesados y su respiración se tornó dificultosa, parecía que en cualquier momento iría a desmayarse. La sangre que manaba de las heridas que aún no se habían cerrado por                          completo empapó su camisa y Jin falló la estocada. Si alguna vez iba a                            existir una oportunidad para él, se dijo, probablemente era ésa. Echó el brazo hacia atrás y golpeó con todas sus fuerzas a Jin en la cara. 


El pelinegro resbaló hacía atrás, perdió la espada y cayó al suelo cuan largo era. Koki la atrapó y al cabo de un segundo estaba de pie junto a él, contemplándolo.


—Adelante, mátame.


La nariz de Jin sangraba, dibujando un trazo escarlata sobre su rostro. Un moretón ya le estaba saliendo en la mejilla y parecían un poco asustado, pero Koki podría haber jurado que había una sonrisa burlona en sus ojos. ¡Estaba sonriendo!. Tal vez Kame tenía razón sobre él, pensó Koki. Tal vez realmente Jin no sólo era raro, diferente o difícil, sino que estaba completamente loco.


Alzó la espada para acabar con él,  justo al tiempo en que Jin se levantaba disparado del suelo más rápido que la vista. Pareció volar en el aire, efectuando un vacilante salto mortal hacia atrás y aterrizando apenas a treinta centímetros de distancia. Al hacerlo, lanzó una patada y golpeó la mano de Koki. La patada lanzó la espada por los aires, Jin la atrapó al vuelo y lanzó un mandoble con ella en dirección al corazón de Koki. Éste saltó atrás y la hoja hendió el aire justo en frente de él, haciendo un corte en la parte delantera de la camisa. Koki sintió un dolor punzante y percibió cómo la sangre manaba de un tajo poco profundo sobre su pecho.


Jin no era el único capaz de saltar. Se abalanzó sobre él, agarrándolo por la cintura y derribandolo, cayendo ambos al suelo, arañándose y golpeándose violentamente contra la borda destruida.


Koki se lanzó contra la espalda herida de Jin, clavándole los dedos; Jin sólo hizo una mueca de dolor  y lo golpeó en la cara con el codo. La boca del pirata se llenó con el sabor metálico de su sangre, atragantándose con ella mientras rodaban el uno sobre el otro propinándose puñetazos. Sintió el frío impacto del agua estrellarse contra ellos y el sonido de una detonación cercana los aturdió, sin embargo su consciencia estaba más despierta que la de Jin, y sin pensarlo dos veces aferró las manos a su garganta.


Jin soltó boqueadas desesperadas en busca de aire, entonces alcanzó el meñique izquierdo de Koki y comenzó a jalar hacia atrás con todas sus fuerzas. Tanaka lanzó un grito que le sonó como distante, pero Jin no paró hasta que se aseguró de que su muñeca se hubiera roto, sólo entonces se lo sacó de encima y se arrastró por cubierta buscando un arma. Ambos se encontraban en clara desventaja.


Koki fue el primero en ponerse en pie y fue tras él, pero para ese entonces Jin ya había alcanzado un bote salvavidas y usando un remo como arma lo golpeó en las piernas, tirándole al suelo, luego se abalanzó sobre él y medio arrodillado sobre su pecho, con una rodilla clavándose con fuerza en sus costillas, le miró triunfal. Sus ojos centelleaban                        desde una máscara de pólvora y sangre. Algo brillaba en su mano derecha, era el cuchillo que Kame le había dado. La punta descansando directamente sobre su corazón.


—¡No lo hagas!—escuchó la súplica de Ueda como un eco de la suya.

—Lo mataron.

—Tú sabes que no fue él.

—¡Lo sabía y lo dejó!—bramó Jin.

—Entiendo tu enojo, pero te imploro, sé mejor que ellos.  Haz lo que ellos no pudieron.  Demuestra la gracia de la misericordia en lugar de esta mezquina crueldad.

—¿Me pides que tenga piedad de alguien que me ha lastimado?  No me conoces en lo absoluto, ¿verdad, Ueda?


La punta perforó la piel de Koki, enviando una ardiente punzada de dolor a través de su cuerpo. El rostro de Jin estaba a centímetros de distancia; su voz era un susurro sibilante.


—Nunca fue personal.


Jin presionó sobre el cuchillo, retorciendo la empuñadura. Koki se arqueó hacia atrás con un grito, y un dolor insoportable le estalló como un relámpago tras los ojos. “Voy a morir, pensó, se acabó.” Se preguntó si ya le habría perforado el corazón. No podía moverse, ni podía respirar. Supo entonces lo que debían de sentir las mariposas clavadas sobre una cartulina que tanto le gustaba coleccionar al capitán. Intentó hablar, intentó decir su nombre, pero nada salió de su boca excepto más sangre. Y sin embargo Jin pareció leer sus pensamientos.


—Lo hago por él.


La oscuridad entró a raudales desde los bordes de su visión, igual que tinta derramándose sobre una carta de navegación, tapando la imagen y perdiéndolo en el mar. De pronto no hubo ningún dolor. No sintió nada, ni siquiera el peso de Jin sobre él, como si estuviese flotando. El rostro de Jin se diluyó sobre él, blanco contra la oscuridad.


sábado, 2 de abril de 2022

The Ocean At The End Of The World Capítulo 24

 Mientras contemplaba el horizonte  desde la borda del barco enemigo, Ueda se sintió tonto al ser el único enfundado en un vestido, mientras que el capitán y el cocinero habían conservado su dignidad y además habían quedado como héroes al ser las dos únicas personas con el valor suficiente para haber enfrentado a los piratas y con ello, conservar la vida y la castidad de la dama que él pretendía ser.


La nave enemiga, estaba comandada por la marina y a pesar de su entrenamiento militar, la belleza aristocrática y delicada de Ueda los engañó por completo. Se tragaron su historia a la primera y como no tenían modo alguno de comprobar sus identidades, los llevaron a bordo sin rechistar. Al resto de los piratas-que habían aceptado su aparente derrota sin más-los habían encerrado en los calabozos.


A Kame y a Taguchi les hicieron espacio en un camarote junto a los oficiales de alto rango y a él le habían dejado un compartimiento entero a su disposición, dotándolo además de todo lo indispensable para su aseo y ropas de cama. Incluso le dieron un hermoso vestido azul para usar al siguiente día, salido directo de la bodega del tesoro del Queen of Pirates, a la que todavía no terminaban de saquear.


A Ueda se le cruzó por la cabeza arrancarse esas ropas, revelar su verdadera identidad y ser salvado, pero descartó la idea. La aguda inteligencia de Taguchi y el genio marcial de Jin se encargarían de aniquilar cualquier posibilidad y no sabía cuántas concesiones más le quedaban.


La siguiente mañana, tras entrevistarse con el capitán, Taguchi fue a buscarle a su camarote, extendiéndole la invitación a cenar que les habían hecho y previniéndole de demostrar signo alguno que pudiera delatarlos como compinches de los piratas durante la breve asamblea que el capitán del navío llevaría a cabo esa misma tarde.


La supuesta asamblea no era más que una excusa para humillar a los prisioneros, a los que formó en fila india y fue castigando con los azotes de una plancha de madera en la espalda. Sólo un golpe o dos para disuadirlos de intentar escapar.


Cuando llegó a Jin, la sonrisa triunfal de éste hombre le causó un escalofrío a Ueda. Parecía estarse recreando en el daño que le haría, pidiendo un látigo en lugar de la plancha, pues al capitán de aquella legendaria tripulación sólo podía esperarle el infierno.


Ueda quiso interponerse, pero Taguchi lo tomó con discreción por la muñeca y ejerció una ligera presión sobre ella, recordándole la situación.


La desilusión y la confusión, se grabaron en las facciones del militar cuando vió la espalda previamente castigada por Taguchi y de inmediato lo descartó como capitán. Se giró a Koki, si no era Jin debía ser aquel chico tuerto al que la calidad de las prendas que vestía lo delataba como a un superior.


Ueda no pudo evitar intervenir y fingió un desmayo que les aguó la diversión.



—¿Te encuentras bien?—la voz de Taguchi lo sacó de sus pensamientos.

—No sé—contestó apartándose de la borda para volverse a él—. ¿Crees que resulte?

—Por supuesto.—Lo atrajó hacía sí para poder darle un beso en la frente—. Jin nunca falla.


Ueda asintió, reconfortado por su toque y sus palabras.


—Vamos



Taguchi se aseguró de que Kame no asistiera a la cena con ellos, y de que comiera, en cambio, con el resto de la tripulación puesto que no importaba cuán valeroso se hubiera mostrado, no dejaba de ser un simple paje.


En lugar de ser un alivio, la cena resultó ser incómoda en demasía para el noble, ya que cada vez que se dirigían a él tenía que agudizar la voz, batir las pestañas y hasta aplaudir las ocurrencias tanto de Taguchi como las del militar; delegando la charla inteligente a este último que se encargó de mantener a raya el tema de los piratas.


El capitán se las arregló para sacar a colación el tema de los piratas usando como excusa la cimitarra que le había confiscado a Jin y que había hecho traer como trofeo durante la sobremesa.


Enfundada como estaba, su aspecto no era diferente al de cualquier arma que un pirata pudiera costearse con algo de dinero el bolsillo; ni la borla roja que adornaba la negra empuñadura le agregaba un toque distintivo, mas, al desenfundarla el capitán, Ueda pudo apreciar la temible belleza de ésta.


Era una lámina curva y delgada que brillaba de un color escarlata bajo la luz de la vela, marcado por una miríada de líneas curvas que a Ueda le recordaron vagamente a los zegulles que adornaban las paredes del castillo de Maru. Era como si una flor carmesí hubiera nacido por cada vida arrebatada. A Ueda le pareció insultante que una mano tan vulgar como la de ese viejo rechoncho tuviera la osadía de empuñarla.


—Acero Damasco—dijo este, fascinado—. Si no me equivoco, esta arma pertenece al Demonio Rojo.


Ese nombre hizo a Ueda abrir los ojos como platos, Jin era demasiado joven como para ser la encarnación de ese legendario monstruo.


—¿Me permite?—preguntó Taguchi. El hombre le alcanzó el arma.


El rostro de Taguchi permaneció immutable mientras sus manos recorrían con detenimiento cada centímetro del sable.


—Una obra de arte—comentó entonces, regalándole al capitán una sonrisa contundente—. ¿Puedo preguntar quién es el rostro tras la leyenda?


La malicia oculta tras la expectación en sus ojos pasó desapercibida para el militar.


—El calvo tuerto—dijo de manera desdeñosa—. Creyó que podía engañarnos dándole el arma a esa paria que en primera instancia confundimos con el capitán.

—¿Qué le hace pensar que no es al revés?

—Imposible. Su espalda es una muestra de que no es más que un vulgar ladrón, incluso entre los de su especie—y agregó entre risas:—. No es tan temible como dicen las leyendas.

—¿No le parece conveniente?—agregó Taguchi.

—¿Él qué?

—¿Qué una tripulación a la que pocos han sobrevivido haya caído sin más en manos de un militar mediocre?


Cortó su cabeza de un tajo. Esta cayó sobre la mesa y su cuerpo se desplomó sin vida en la silla; su rostro había quedado grabado con el lamentable gesto de alguien que ha sido estúpido toda su vida y de pronto se da cuenta de ello.


—Es una pena. Me pareció que podía sernos más útil.


El noble pudo notar el goce oculto tras sus palabras y la imperturbabilidad de su rostro hizo que un escalofrío recorriera su cuerpo. "El miedo es tu amigo", murmuró mientras Taguchi enfundada el arma y pasaba a servirse otra copa.



Kame nunca había recibido tanta atención en su vida, por lo que respondió con timidez a las preguntas que el grupo de soldados con los que estaba sentado le hacían. Al principio eran preguntas fáciles, como cuánto tiempo llevaban prisioneros o con qué los habían alimentado, a dónde los llevaban y demás. Después, cuando más soldados se reunieron a su alrededor, las preguntas se volvieron descabelladas.


¿Los piratas estaban ebrios todo el día?.No, sería imposible tripular así un barco. ¿Alguna vez había visto una sirena?. Sí, pero ésta se negó a cantar. ¿Era cierto que eran caníbales?. Sí, pero sólo comían carne humana cuando hacían sus ritos paganos. ¿El capitán tenía un pacto con el Diablo?. Era probable que fuera el mismísimo Diablo.


Sobre esta última parte se tomó algunas licencias creativas, asegurándoles que el sable de Jin contenía las almas de sus víctimas y que la propia estaba encerrada en él.


—Así es como obtuvo su inmortalidad—finalizó.

—¡Vayamos a ver esa espada!


Corearon y llevaron a Kame al compartimiento en el cual habían arrojado las armas confiscadas a los piratas. Desafortunadamente para ellos, su capitán se había llevado la legendaria arma para alardear con la bella dama, por lo que decidieron ir al calabozo para ver al demonio en persona.


Cómo el lugar era estrecho, sólo tres soldados bajaron junto con Kame.


El lugar estaba enteramente sumido en la obscuridad y su única guía era la escasa luz de una vela. A pesar de que todas las celdas estaban a reventar, tanto Koki como Jin tenían una para sí solos.


A Kame le sorprendió que no se estuvieran insultando o ignorando. Ambos chicos estaban sentados lo más cerca posible de la reja, rodando una moneda de una celda a otra. Su único entretenimiento en aquellas circunstancias tan adversas.


Un soldado con agallas piso la moneda poco antes de que llegara a la celda de Koki y este pudiera atraparla. Koki se escogió de hombros, renunciando fácilmente a su diversión.


—¿Seguro que es él?


A simple vista, el pirata no parecía un despiadado asesino en lo absoluto. 


Kame asintió. Ellos dudaron. Jin se asemejaba más a la descripción que del Demonio Rojo hacían las leyendas, pero todos habían visto su lacerada espalda.


El soldado pareció decidirse por Jin.


—Oye—le llamó. Jin no se molestó en mirarle—. Te estoy hablando, idiota.

—No deberías hablarle así—le advirtió Koki, usando su tono despreocupado de siempre.

—No te metas—le espetó Kame, ganándose la aprobación de los soldados y una mueca disgustada por parte de Koki.


Llamaron a Jin un par de veces, incluso bromearon con que era retardado y al cabo de un rato, el pelinegro levantó la vista exasperado.


—¿Qué?


Sin el toque helado de su voz casi sonaba normal.


—¿Eres el Demonio Rojo?.

—Es el calvo—dijo señalando a Koki, quién rió por lo bajo.

—No estoy jugando.


El soldado dió una patada a la reja, Jin se echó un poco para atrás y luego se puso en pie, mirándolo con expresión infantil.


—Es la verdad. ¿Viste mi espalda? Una paria total. Los espiaba mientras cagaban y estaban a punto de degollarme. Gracias por salvarme.


El soldado retrocedió un paso, entre asqueado y confundido. Los piratas se destornillaron de la risa y tras recuperar su aplomo, el soldado tomó a Jin por el cuello de la camisa y lo jaló con fuerza, azotando su rostro contra la reja.


—¡Auch! Arruinas mi cara.


El soldado no sabía qué hacer y el resto estaba considerando irse de allí sin más, así que Kame se vió obligado a dar un paso al frente y escupirle en la cara al pirata.


—¡Voy a matarte!


Rugió, lanzándose a su cuello, pero los barrotes le impidieron avanzar más y su reacción, aunada a la bravuconería del pequeño, le dieron ánimos a los soldados.


Cada uno escupió al rostro de Jin, riendo esta vez ellos por la forma en que el pirata intentaba alcanzarlos.


Cuando el odio y la impotencia se marcaron en las facciones de Jin, el soldado que hasta ahora había liderado la comitiva, abrió la celda y tomó al pirata por el largo y suelto cabello, retorciéndolo de tal manera que Jin no pudo contener un quejido.


—No eres tan valiente, ¿eh?


Lo sacaron de su celda, dispuestos a golpearlo sólo por diversión. Por un momento, el pánico en sus ojos le pareció muy real a Kame e incluso la sonrisa se borró del rostro de Koki.


—No lo hagan—les advirtió.


Lo ignoraron. Uno de ellos le dió un golpe en el abdomen a Jin, el impacto fue tal que  se hubiera doblado de dolor de no ser porque la posición en que lo tenían se lo impedía. El segundo golpe, le hizo llevar sus manos al abdomen para protegerse, pero el tercer golpe fue a estrellarse a su cara. El soldado que lo sostenía lo dejó caer al piso y luego se volvió a Koki.


—Espero que lo disfrutes porque sigues tú.


Un par de patadas en los costados pusieron a Jin boca arriba. Los soldados esperaron a que intentara levantarse para volverlo a derribar, entonces Kame se les adelantó y le dió un pisotón, dejando caer a su costado el cuchillo que Koki le había dado. 


El siguiente pisotón no llegó, Jin lo atrapó al vuelo y jaló al soldado hacía sí, clavando y sacando el cuchillo de su cuello en un fluido movimiento que los tomó por sorpresa. 


Durante el breve momento que les tomó reaccionar, Jin se puso en pie y acabó con el soldado que le había jalado el cabello y Kame, queriendo ayudar, lanzó al último contra la celda de Koki, manteniéndolo ahí mientras el pirata del parche lo ahorcaba con increíble facilidad.


El cuerpo cayó como peso muerto y el pequeño se apartó temblando.


—Que no te robe el sueño—le dijo Koki. Kame tragó grueso—. ¿Encontraste las armas?


Asintió y aún temblando procedió a tomar las llaves del cadáver y a abrir la celda de Koki y luego las del resto de la tripulación.


Koki y Jin se hicieron con las armas de los soldados caídos, y este último se situó hasta el frente de la tripulación.


—¡A divertirnos, truhanes!



Por fin escucharon el rumor del combate. Taguchi se puso en pie, empuñando el sable de Jin y de dos tajos acabó con los guardias que habían entrado para avisar al capitán del ataque sorpresa de los piratas. Luego tomó la espada de una de ellos y a la entregó a Ueda, que se había arrinconado de tal manera que parecía una liebre asustada.


—Quiero que te escondas si ves que las cosas se ponen peligrosas.


Con otro beso en la frente se despidió de él.


Ueda se quedó congelado en su sitio, las manos le temblaban y la cabeza cercenada cuyos opacos ojos parecían cobrar vida bajo la ondeante luz de la vela le hizo volver el estómago.


Le tomó un tiempo reponerse y otro poco decidirse a abandonar la cabina. Quedarse allí era como esperar la muerte y allá afuera, tanto Kame como Nishikido se encontraban más indefensos que él, que al menos sabía cómo usar una espada.


Con el arma en una mano y los dobladillos de la falda en la otra, abandonó la cabina.


Afuera, la lucha era bastante más pareja de lo que había sido a bordo del Queen of Pirates, y por más que Ueda apretara el pasó y se dijera que todo iba a salir bien, no pudo evitar dejar escapar chillidos horrorizados cada vez que sus pies tropezaban con un cadáver o se veía presenciando un asesinato. Más de una vez tuvo que detener su loca carrera a causa de las náuseas y el aturdimiento que le causaba el ambiente cargado de pólvora y sangre.


Hubo un momento en el que alguien le atacó, en la confusión Ueda no sabía si era un pirata o un marino, sólo sabía que, indefenso como estaba a causa de la vestimenta que no le permitía moverse con libertad, lo único que podía hacer era correr y rogarle a Dios por su vida.


Su atacante era un mulato, y por tal le doblaba el tamaño y la fuerza. De hecho parecía ser más fuerte que cualquier hombre que hubiera conocido jamás. Su rostro curtido por el sol y la ferocidad de su mirada, demostraban que era un guerrero experimentado y de                  maneras violentas.  Tragó grueso ante esta visión y siguiendo a su instinto se dejó caer al                            piso al tiempo justo para escapar de un sesgo que seguro le hubiera zaherido. Ya en el suelo lanzó una patada que pretendía enterrar el tacón en sus genitales y que atinó con precisión, ganando así algo de                          tiempo que aprovechó para escapar dando una marometa, pero falló la maniobra al atorarse entre las ropas y quedar totalmente expuesto cuando la crinolina le impidió completar el giró. Cerró los ojos a la espera de un golpe que nunca llegó. En cambio, una voz conocida y reconfortante le devolvió la esperanza.


—Usa la maldita espada.

—¡La perdí!


Y en efecto, ya no la tenía consigo.


—¿Por qué no te escondiste?

—Kame y Ryo—admitió con los colores en el rostro, esperando la burla del pirata.

—Hay que apurarnos, entonces.


Jin lo puso en pie de un jalón y le entregó una de las dos espadas con las que hasta ahora había estado peleando.Juntos hicieron frente al terrible marino al que Jin sólo había logrado aturdir momentáneamente. La pelea no fue fácil. Si bien el pirata se acopló con desenvoltura al estilo de pelea del noble, su rival siempre parecía estar  un paso por delante de ellos. Además, el equilibrio de Ueda era precario debido a lo inadecuado de su indumentaria, y al ser la espada más corta que su espada ropera, no era capaz de medir correctamente la distancia y había fallado un par de golpes de severidad.


Repentinamente recordó lo que Jin le había enseñado en una tarde de ocio, se alejó un par de pasos, tomó su zapatilla y la lanzó contra la nuca de su oponente, cuando el mulato se giró hacia él enfurecido; acertó otro zapatazo en su cara, logrando distraerlo el tiempo suficiente para que Jin pudiera arremeter contra él. Vio impresionado cómo el pirata atinaba un golpe a tercio de la espada del mulato, ligó un segundo golpe que terminó por desarmarlo, y finalizó con una sorpresiva maniobra que acertó un desjarretazo. Ueda no pudo contener más el vómito cuando la sangre salpicó su vestido y gran parte de su escote.


Cuando terminó de volver los jugos gástricos, giró el rostro hacia Jin, que no había dejado su lado ni un momento.


—No me siento bien—gimoteó.

—Siempre es difícil. Yo me desmayé en mi primer abordaje.


Igual y era una mentira, pero sirvió para calmar los nervios del noble.


—Gracias—le dijo, apoyándose en él para incorporarse 

—Hacemos buen equipo.


Le regaló una media sonrisa de lado y Ueda rió, porque incluso en esas circunstancias, incluso después de lo mal que lo había tratado, sabía que el pirata diría y haría cualquier cosa para calmarlo y mantenerlo a salvo.


—Sí. Lo hacemos. ¿Quién te enseñó a pelear?

—Un viejo cascarrabias. ¿A ti?

—Mi padre.

—Un viejo lobo de mar.


Ueda le miró extrañado.


—¿Cómo sabes eso?


Jin se encogió de hombros, dando por terminada la charla.


Avanzaron a través del campo de batalla evadiendo cualquier enfrentamiento, ambos con los ojos atentos a cualquier señal del médico pues Kame, según le había informado Jin, se encontraba a salvo bajo el cuidado de uno de los pocos piratas en los que confiaba plenamente.


Divisó al médico cerca de los botes salvavidas, estaba arrastrando a un herido tras una especie de barricada que había construido y con la cuál pretendía poner a salvo a los heridos independientemente del bando al que pertenecieran. Una labor noble que lo conmovió y decidió que le ayudaría una vez lo alcanzaran.


Se dirigieron hacia él, pero un soldado se les metió al paso y en el breve instante que le tomó a Jin deshacerse de él, Ueda vió con horror como Taguchi atravesaba al médico por la espalda, valiéndose de la cimitarra de Jin.


Debía ser un error, Taguchi no podía ser tan cruel, pero se equivocó. Antes de regresar al combate, el capitán pirata le regaló una sonrisa feral.


Ueda quiso alejar de allí a Jin, evitar que viera el cuerpo del médico, pero ya era demasiado tarde, sus ojos estaban abiertos de par en par, anegados en lágrimas. Entonces entendió que cada hombre mantiene consigo penas que el mundo no conoce y que, más a menudo de lo pensamos, confundimos con frialdad lo que en realidad es tristeza.


—Jin, vámonos—se asió a su brazo, intentando hacerlo reaccionar—. Por favor, Jin.


El pelinegro le empujó al suelo, su rostro vuelto una máscara de ira.


—¿Quién fue?


Como Ueda no contestara, Jin miró en derredor y no tardó en adivinar quién había cometido tal atrocidad. Apretó los puños y cuando se dispuso a ir tras Taguchi, una bala pasó rozando su mejilla. Al volverse ambos, vieron a un nada tuerto Koki sosteniendo en su dirección un humeante arcabuz.