Al despertarse, lo primero con lo que se toparon sus ojos fue con el magullado rostro de Jin. Bajo la tenue luz crepuscular, sus rasgos aparecían más suaves y humanos, revelando la belleza oculta bajo su indolente expresión.
No pudo evitar regalarle una sonrisa perezosa y se apretujó más a él, comprobando que estaban abrazados como amantes y no como dos extraños en busca de placer.
—Creí que sería difícil despertar contigo, pero es agradable. Me gusta.
Ueda frunció el ceño ante estas palabras.
—¿A qué te refieres?
—Supongo que te estoy pidiendo que confíes en mí.
Sus ojos eran claros y el noble supo que estaba siendo honesto.
—Pero tú no confías en mí.
El pelinegro se reclinó hacía él, hasta que sus labios quedaron a escasos centímetros de distancia. La gravedad de su voz lo estremeció.
—Dime que esto es real y jamás dudaré de tu palabra.
Pensó en Taguchi, en la imprudente forma en la que se había lanzado a sus brazos guiado meramente por el rencor. Había habido placer y desquite, pero al despertar sólo una terrible sensación de soledad y fracaso. Con él, en cambio, se sentía cálido y cómodo.
—Lo es.
Jin soltó una risa, liviana y argentina, que le tomó por sorpresa.
—¿Por qué estás tan sorprendido entonces?
Le dió un beso en la frente, torpe y algo húmedo que hizo que a Ueda se le enterneciera el corazón.
—Porque no debería.
Holgaban los comentarios a ese respecto. Ueda sabía que ese sentimiento indescriptible que agitaba su pecho y le hacía flotar era una traición, no sólo a sus principios o a sus muertos, también lo era hacia Kame y hacia sí mismo.
Jin se apartó de él, lo suficiente para que el noble pudiera apreciar la ansiedad y el temor que se estaban apoderando de él.
—¿Entonces?
El corte debajo de su ojo se le había vuelto a abrir por la risa y una línea roja oscura que partía de ella, describía una curva en el cuello y desaparecía en la cama. Ueda lo miró, al terrible bulto del ojo, e intentó olvidar.
—Entonces nada—bromeó, queriendo ser él quien le tomara el pelo al pirata en lugar de al revés—. Tendrás que mudarte a mi castillo y usar lindas ropas cortesanas.
El rostro del pirata se tornó verde y Ueda soltó una risotada, más cariñosa que burlona. Jin parecía no saber cómo reaccionar.
—Lo resolveremos—le aseguró —. Lo que me preocupa ahora es qué vamos a hacer con Taguchi.
Debía ser un tema difícil pues el rostro de Jin se amargó y sus ojos volvieron a velarse.
—Sé que es tu hermano y que lo quieres más que a nada en este mundo, pero créeme cuando te digo que se veía mal. No creo que piense con claridad y temo que haga algo estúpido.
—Pensaré en algo—se inclinó y le dió un beso en los labios.
Ueda se abrazó más a él, a su estrecha cintura, y aspiró un poco su aroma. Óxido, sudor y mar. La sangre coagulada se desmenuzaba y se le desprendía de la piel, moteándoles el rostro y la garganta.
—Vamos,—dijo Jin apartándose de él—este barco no navegará solo.
Aunque el ánimo seguía siendo fúnebre, lo que restaba dela tripulación se reunió en cubierta para cenar. Fue la primera vez que Ueda los vió tan unidos, pasándose las copas sin celebrar.
Se sentaron juntos en un hueco que encontraron y pasando por alto las miradas suspicaces que les lanzaban, Jin se soltó a contar de manera torpe su enfrentamiento con el mulato, resaltando la forma tan cómica en que el noble había gritado y corrido por todo el lugar como un cobarde.
Más que la historia, fue la intención lo que pareció animarlos un poco, y pronto, cada cual se encontró relatando sus hazañas en batalla, siempre haciendo un comentario burlón sobre el gran papel que Ueda había interpretado. Algún que otro desvergonzado hasta se atrevió a pedirle que le presentara a su hermana.
El noble no se enojó, de hecho, disfrutó las bromas casi tanto como ellos e incluso se atrevió a hacer un par que fueron bien recibidas. Sólo era ellos, sus historias y la inmensa cúpula morada sobre ellos.
La luz crepuscular se marchó, dando paso a una obscuridad ribeteada de plata, y por cada pirata que se retiraba Ueda deseó poder leer su destino en un puñado de estrellas.
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