Una vez Koki dejó de moverse, Jin se apartó de él para poder tomarlo de los tobillos y así arrastrarlo hasta la borda por la cual lo arrojó al océano. Se demoró un instante antes de volverse hacia Ueda con el rostro atribulado y los ojos suplicantes, pero el noble sólo podía mirarle con el mismo horror con que le mirara a bordo del Valerian. Jin dio un paso hacia él y Ueda exclamó un “No” tan fuerte y claro que le hizo detenerse, le miró descorazonado antes de soltar una risotada y marchar.
Ueda se quedó quieto en su sitio, sintiendo un hondo rechazo hacia el pobre diablo a quien había compadecido minutos atrás. Cuando por fin encontró las fuerzas para moverse, caminó hasta la borda. No había podido salvar a Koki, ni siquiera había podido vengar a Maru. Sintió que de alguna manera el mundo se había detenido y era incapaz de ponerlo en marcha nuevamente.
Se negó a apartar la vista del océano, era una tregua silenciosa y necesaria para acallar la confusa vorágine de emociones que lo aplastaban. Se necesitó de Taguchi y otro pirata para arrancarlo de ahí y llevarle de vuelta al Queen of Pirates.
Lo que pasó después lo recordaría entre brumas. El cese de la lucha, una oración fúnebre, el sonido de los cuerpos al caer al mar, sollozos apagados y el rojo de las llamas confundiéndose con el amanecer.
Sólo volvió en sí cuando Taguchi arremetió contra Jin, todo llanto y cólera, soltando golpes al azar, como queriendo lastimarle y la vez siendo incapaz de. Jin recibió sin rechistar cada golpe, cada arañazo y cada amargo reclamo que profería el castaño. Ambos se veían repentinamente vulnerables, como si en cualquier momento fueran a deshacerse en los brazos del otro.
—Está muerto—se quebró Taguchi.
—Lo sé.
Taguchi miró al pelinegro con amargura y este le devolvió una mirada del más puro afecto. Lo atrajo hacia sí en un abrazo consolador que hizo que a Ueda se le revolvieran las tripas.
—Descansa, ¿sí?—le dió un beso en la cabeza y habló aún pegado a su piel —. Yo me encargo de todo.
Jin llevó a Taguchi a su camarote, donde lo puso al cuidado de un par de piratas que el noble recordaba vagamente como partidarios del pelinegro, luego procedió a organizar a la tripulación pues todavía tenían trabajo que hacer, ya después tendrían tiempo para el luto.
—¿Koki está muerto? —preguntó Kame en un hilillo de voz.
—También Nishikido.
Anticipándose a lo que el pequeño haría, Ueda lo atajó en un fuerte abrazo y lo llevó a su camarote.
Se acostaron juntos, Kame llorando acurrucado en su pecho como el niño que a veces olvidaba que era. Quiso reconfortarle, pero no había palabra que valiera de consuelo, Koki conocía los riesgos de hacer a Jin su enemigo y a pesar de ello había seguido adelante. Así que cantó. Le cantó la saloma que su amigo solía cantar cuando preparaba la carnaza o las galletas de las que tan orgulloso estaba, le cantó hasta que se le cerró la garganta y las lágrimas anegaron su corazón y por fin pudieron abandonarse a los brazos de Morfeo.
Despertó pasado el mediodía sin Kame a su lado. Pensó en ir a buscarlo, pero descartó la idea, el chico necesitaba tiempo a solas, al igual que él, pero Ueda nunca había sido capaz de sobrellevar su aflicción en soledad por lo que decidió buscar a Taguchi.
Se cambió el incómodo vestido a unos pantalones marineros y una camisa de algodón, después del vestido no quería saber nada de su habitual y estorbosa indumentaria y luego salió, encontrándose con un barco desierto. Al menos no tenía que enfrentarse a Jin, pensó aliviado, todavía no sabía cómo se sentía con respecto a él después de todo lo que había pasado y con temor de invocarlo, entró a la cabina del capitán.
—Debiste tocar.
Taguchi estaba recostado en la cama, oculto en la penumbra artificial que había creado en el lugar, sólo un fino rayo de luz se escabullía dentro a través de una grieta invisible en la puerta, derramándose sobre su afligido rostro. Era una visión dolorosa. El castaño se veía tan consumido que le resultaba difícil asociar esa imagen con el chico que horas atrás había liquidado a sangre fría a una tripulación entera.
—Creí que no era necesario.
Taguchi le dió la razón y le invitó a tomar asiento, pero Ueda sólo se limitó a cerrar la puerta y recargarse inseguro en ella.
—Koki…
No alcanzó a decir más, Taguchi le calló con un gesto de la mano que vino acompañado de una risa cortante.
—Siempre que creo que estoy a punto de obtener lo que deseo, algo pasa. Un malentendido, una tormenta y ¿por qué no? Un traidor en mis filas.
Ueda entendía su frustración y sintió la urgencia de acercarsele y pasarle una mano cariñosa por el cabello, para aliviar su dolor y así aliviar el propio, pero la imagen de Jin siendo todo ternura con el capitán le hizo desistir.
—Tatsuya, consígueme una confesión de Jin.
Taguchi se veía tan fuera de sí que un movimiento en falso podría desatar la tormenta.
—No fue él—se encontró mintiendo.
—Fue él—insistió, sin aplacar ni un poco el dolor que sentía.
—Es imposible. Estuvo conmigo todo el tiempo, después de que encontramos al médico se enfrascó en una pelea con un mulato. Pensó que había sido él.
—¿Y por qué no lo desmentiste? Habría acabado conmigo, serías libre.
Ueda dió un paso al frente, el sabor amargo de la bilis en la boca cuando habló.
—No podría…
Jin podría traicionarlo una y mil veces, pero estaba seguro de que jamás le pondría una mano encima al castaño.
—Te creo—le dijo con honestidad—. Pero hay más de una forma de matar a un hombre.
¿Es que acaso había perdido la razón? Quiso creer que sí, pero su semblante destrozado había desaparecido y comenzaba a reflejar una serenidad poco reconfortante.
Se puso en pie, su aspecto desahuciado le daba una fragilidad de la que nunca le habría creído capaz, y de un cajón de su escritorio sacó un documento que le extendió. Era una orden firmada por el mismísimo Kato Shigeaki, en la cual le exigía al difunto capitán de la embarcación X, el pronto rescate de Ueda. En el anexo había una orden de captura contra el Queen of Pirates.
Estupefacto, el noble alzó el rostro, esperando temeroso la conclusión del capitán.
—Jin debió avisarle, sólo así pudo haberse enterado. Nos aseguramos de no dejar ningún sobreviviente.
Si eso era cierto, Taguchi se había encargado de exterminar a los guardias que se habían unido a la tripulación no bien tuvieron la oportunidad.
—Koki tenía razón…Jin es un traidor.
El noble podía darse una idea de por qué el pirata había cometido parricidio, pero no creía que Taguchi fuera tan denso como para no darse cuenta del por qué.
—¿Y qué? Todo lo hizo pensando en ti.
Taguchi bufó. La idea de que Jin lo amara parecía dolerle más que otra cosa.
—Me temo que te equivocas. No le importo, no más.
Se sentó abatido en la cama.
—¿Entonces qué busca?
Taguchi se veía tan perdido como él. Ninguno agregó nada más, tenían muchas cosas que procesar.
Ueda le imitó y se sentó a su lado en la cama, escrutándolo. Su piel no era tan inmaculada como había creído, era una piel ligeramente curtida por el sol, lo que demostraba que apenas pasaba tiempo en mar; su nariz estaba levemente desviada por algún golpe recibido tiempo atrás; a lo largo de sus brazos había una cicatriz o dos, irregulares y de hechura reciente; sus siempre inquietas manos jugaban de manera distraída con una gastada concha marina, casi lisa en los bordes. Era un gesto familiar que le impidió apartar la mirada de ellas. Estaban llenas de cicatrices, finas y limpias, apenas visibles en la blancura de su piel. Era imposible que hubieran sido producidas en batalla.
Al darse cuenta de que el noble tenía la vista clavada en sus manos, Taguchi hizo amago de esconderlas y le regaló una sonrisa amarga.
—Mi padre me enseñó muchas cosas, especialmente que la virtud cuesta cara.
—¿Él te hizo eso?
—Tuve suerte, Jin se llevó la mayor parte del daño. Tan tonto. Siempre echándose la culpa de mis errores.
En ese momento las pocas piezas restantes del rompecabezas cayeron una a una en su lugar. Todos los aspectos que le habían parecido extraños sobre su relación cobraron sentido: la indulgencia, la fidelidad y el afecto.
—Es tu hermano.
—Un bastardo, pero mi hermano.
No pudo evitar reír desengañado, un sentimiento de vergüenza le invadió al pensar en cómo había caído en su jueguito de la relación amorosa malhadada, incluso Koki…luego se enfureció porque la idea de ser salvado no había sido más que una esperanza vana, el anzuelo con el que lo habían pescado.
—No puedo hacerlo confesar.
—Claro que puedes—enroscó una hebra del cabello de Ueda en su dedo, para tenerlo sujeto—. Sólo tienes que usar tus encantos.
Su voz fue sugerente y la ira invadió al noble. No. Él no dejaría que Taguchi lo redujera a eso. No se iba a transformar en una marioneta de un solo uso, él estaba por encima de eso. Se dominó lo mejor que pudo y con un rostro de reo resignado a su destino le dijo:
—Veré qué puedo hacer.
Taguchi le sonrió complacido y Ueda le devolvió una sonrisa ingenua, como buscando su salvación, como si no comprendiera la naturaleza de los venenos.
Encontró a Jin en popa, remendando una vela con puntadas ciertamente torpes y desiguales, murmurando la letra de la saloma favorita del pirata del parche. Llevaba el largo cabello suelto y alborotado, usándolo como cortina para ocultar su rostro, de tal modo que Ueda no supo si se estaba burlando de Koki o si en verdad sentía algún remordimiento por lo que había hecho.
Su ira, acrecentada por este hecho, le hizo tomar un pedazo de madera tan grande como su rostro y lanzarlo con fuerza contra él. Jin lo esquivó con facilidad y ni siquiera se molestó en levantar el rostro para ver a su atacante.
—Hoy amanecimos bravos—se burló.
Ueda tomó otro trozo de madera y lo lanzó con el mismo resultado.
—No puedo creer que Kamenashi tenga mejor puntería que tú.
Alzó el rostro para dedicarle una sonrisa divertida. En la mejilla izquierda, hinchada por uno de los tantos golpes que le había dado Koki, tenía una cortada no muy profunda y reciente que ni siquiera se había molestado en limpiar.
—¿Cómo te atreves a burlarte así? Tú lo mataste—le dijo indignado.
—¿Cómo te atreves a decir algo así? Él intentó matarme.
Ueda se sonrojó por lo estúpido que había sonado, raclamándole por hacer algo que para él no representaba nada más que un mero acto de supervivencia.
Al ver que no agregaba más, Jin tomó el extremo de la vela y se lo lanzó.
—Intenta ser útil por una vez, ¿quieres?
El noble se sentó, listo para hacerlo pasar un mal rato. Además de Koki, había un asunto más importante que discutir.
—Es tu hermano.
—Algo obvio—contestó despectivo sin abandonar su labor.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Qué importancia tiene, lo único que tenemos en común es que su padre no pudo mantener su pene fuera de nuestras madres.
—¡Eso es obsceno!
Jin rodó los ojos y Ueda trató de no reaccionar a su desfachatez.
—¿Qué quieres?—preguntó al fin el pirata, sabedor de que el noble no se callaría hasta que no le contara la historia a detalle.
—La verdad.
—Suenas como el médico idiota.
Ueda ya no se creía su fachada de “no me importa nadie, ni siquiera Taguchi”, así que se arrimó más cerca de él, hasta que sus rodillas se tocaron. Jin detuvo su labor y le miró cauto.
—Hablo en serio.
—No confío en ti.
—No tienes que hacerlo. Me contarás todo o enteraré a la tripulación de cómo mataste no sólo a tu padre sino también a Koki, y de cómo los traicionaste al mandarlos capturar a través de la mano de Shigeaki.
—No dirás ni dos palabras antes de que te rebane el cuello.
—No lo harías.
No era confianza. Era la calmada evaluación de las intenciones del pirata junto con la descarada arrogancia de su propia evaluación: Jin lo necesitaba vivo tanto como Ueda lo necesitaba a él.
El pirata chasqueó la lengua, se puso en pie y le ofreció la mano en un gesto que lo invitaba a seguirle. La tomó y Jin lo jaló con fuerza para cargarlo en vilo y lo llevó bajó cubierta a su camarote, ignorando sus gritos y pataleos.
Lo soltó de la manera menos delicada posible y cerró la puerta tras de sí, sonriéndose al escucharlo chillar por el dolor de la caída.
—Pregunta, soy un libro abierto.
Ueda se puso en pie de la forma más digna que pudo. Se acomodó sus ropas y el cabello.
—¿Qué planean hacer conmigo?
—No sé.
—Dijiste que contestarías.
—Eso hago. Teníamos un plan. Íbamos a mantenerte encerrado hasta que nos fueras de utilidad, pero le gustas y eso cambió todo. No tengo idea de en qué demonios está pensando o qué planea hacer.
—¿Qué iban a hacer con Maru, entonces?
—Culparlo del asesinato de Shigeaki.
Eso no lo aliviaba en lo más mínimo.
—¿Por qué meterte en su juego? ¿Por qué no sólo eres honesto con él y lo llevas a casa?
—No sé cómo hacer eso, además son más parecidos de lo que creí y Koki…Bueno, no creo que ninguno de nosotros acabe mejor.
Fue la primera vez que lo escuchó llamarlo por su nombre de pila, y contrario a lo que hubiera esperado, salió sin esfuerzos, con familiaridad.
—No querías dañarlo.
El rostro es el espejo de la mente y los ojos, sin hablar, confiesan los secretos del alma. Jin había apartado su mirada, pero Ueda ya había leído en ella.
—Quería hacerlo. En ese momento sólo pensaba en alejarlo definitivamente de Junnosuke y lo hice.
Miró sus manos todavía manchadas con la sangre seca de Koki, quiso ocultarlas pero Ueda las tomó entre las suyas. Aunque pudiera ser cierto que Jin tenía un talento especial para la violencia, el noble nunca lo había visto regodearse en ello como lo hicieran otros. Al contrario, siempre que se veía obligado a matar se volvía taciturno y se encerraba dentro de sí mismo, como si se retirara para poder descansar un tiempo y luego volver con esa máscara de sorna y crueldad que todos esperaban que usara.
—Sólo estabas protegiendo a tu hermano, por eso lo mataste, ¿no?
Recordó las cicatrices que ambos tenían. Aunque las de Taguchi eran discretas, eran igual de aberrantes en su origen.
—Debí haberlo hecho en el momento en que le puso una mano encima.
Ueda acarició el dorso de su mano y luego su palma, eran unas manos hermosas, no en cuanto a belleza sino en cuanto a fuerza oculta; eran unas manos que fácilmente podrían ahogarlo y, sin embargo, no las había usado una sola vez para lastimarlo.
—No estoy seguro de que seas una buena persona, pero puedo asegurarte de que eres alguien decente. Nunca olvides eso.
Hizo amago de marchar, pero Jin lo retuvo al negarse a soltarlo.
—Quédate conmigo.
Ueda frunció el ceño ante aquella proposición, dispuesto a rechazarlo con la misma mordacidad con que lo hiciera antaño, mas el semblante del pirata le hizo quedarse en su sitio y esperar. Una vez más le miraba de aquella manera extraña, con la ansiedad propia de un niño que está a punto de ser juzgado por un acto cuyas consecuencias no comprende. Miedo y esperanza mezclándose en sus ojos.
—Sólo por hoy.
El silencio vibró entre ellos y Ueda alzó la cabeza. Nunca se dio cuenta de cómo sucedió, pero un momento después sintió unos dedos calientes en su cara y besos en toda su mandíbula y labios. Su cabello estaba hecho un desastre, la ropa suelta se movió hacia arriba, sus manos alcanzaron la piel desnuda y caliente.
Todo se estaba difuminando, el mundo se estaba cayendo a pedazos, su respiración se aceleró, los besos eran infinitos y pronto sólo había piel contra piel. La enorme cama de Ueda, las sábanas blancas y sedosas que llevaban su olor y una caída más profunda de lo que el amor podía alcanzar.