domingo, 26 de septiembre de 2021

The Ocean At The End of The World Capítulo 19

 —Veo que sigues vivo.


Saludó Taguchi al médico, que se puso en pie de un saltó y se giró hacía él, apuntándole con una daga que Jin le había dado para que se protegiera.


Una sonrisa apareció en el rostro del capitán, apenas una leve curvatura en los labios que mantenía bien ocultas sus intenciones y avanzó hasta que la afilada punta entró en contacto con su fina camisa de lino.

—Debo disculparme. Honestamente, dudé de tus habilidades.


Con cuidado tomó la muñeca del médico para apartarla de sí y con la otra mano le quitó el arma.


—Espero que no te importe que me llevé ésto, no es un juguete y fácilmente podrías herir a alguien.


El capitán no soltó al médico sino hasta que este hizo un movimiento nervioso con la mano que tenía presa, como si quisiera escapar y al mismo tiempo se obligara a permanecer en su sitio.  La sonrisa de Taguchi pareció destellar escalofriante por un instante antes de que su rostro entero adoptara un aire general de curiosidad. Con garbo, tomó asiento sobre el catre en donde Jin había pasado los últimos días.


—Y bien, ¿cómo obraste el milagro?


Nishikido tardó un momento en volver en sí y se movió nerviosamente por todo el compartimiento antes de decidirse a sentarse en su sitio habitual. Miró de reojo a Taguchi un par de veces, inseguro de cómo proceder, quería esperar a que Jin apareciera por esa puerta pero sabía que la indulgencia que en esos momentos le mostraba tenía un límite por lo que se decidió a aventurar una mentira.


—Fue todo gracias a ti.


La mirada del capitán pasó del fastidio a la complacencia en menos de un pestañeo y regalándole una sonrisa de honesta simpatía dijo:—. Eres inteligente, una buena cualidad. Te veo en el almuerzo.


Taguchi se retiró y en su lugar, dos grumetes entraron a la enfermería, cargados con dos baldes de agua caliente y los enseres necesarios para que se pusiera presentable.



Tras azotar Koki una tercera olla contra el fogón y derramar algo de su contenido, Kame lo miró con mala cara desde la mesa en que cortaba los vegetales.


—¿Quieres hablar o te la vas a seguir tomando con la cocina?


Kame esperaba que el comentario fuera bien recibido por el pirata con quién no sabía si estaba en buenos términos, ya que aunque no pretendía sonar irrespetuoso, un dejé de fastidio se dejó traslucir en su voz.


No era que la presencia de Koki le incomodara, era sólo que al hacerse cargo de las cocinas había creído que tendría algo de tiempo para sí mismo, pero siempre había alguien ahí metido, ya fuera Ueda con sus lloriqueos, el mismísimo capitán que se la pasaba metiendo la mano a las ollas con la excusa de estar supervisando su labor, algún pirata tratando de conseguir una ración más grande y ahora Koki, quién pretendiendo ayudar para distraerse a sí mismo, sólo estaba causando destrozos.


—Lo siento, Kame—dijo en un pesado suspiro—. Es sólo que no entiendo nada.


Tomó un trapo y empezó a limpiar la comida derramada.


Koki no era el único perdido en todo el asunto, Kame estaba seguro de que ni el mismísimo capitán sabía qué pasaba, y eso generaba un sentimiento general de desconfianza y hostilidad en la embarcación.


—Primero creí que era Ueda el que lo ayudaba, pero Jin está en posesión del único juego de llaves, pero él está encerrado y las cerraduras son de un sólo sentido…


Calló, se mostraba exasperado mientras intentaba poner en orden sus pensamientos.


—No entiendo nada.


Repitió a la par que se acercaba a Kame para devolverle el trapo, buscando su mirada en un gesto que mostraba que estaba perdido y necesitaba que el pequeño lo ayudara.


—No viste nada raro, ¿verdad? Algún compañero que actuara raro o…

—La verdad es que no—mintió.


Koki asintió repetidas veces con la cabeza, luego le dió dos palmaditas en la mano antes de tomarlo por la muñeca y apretarla con fuerza. Kame gritó a causa del sorpresivo ataque e intentó inútilmente deshacerse de su agarre.


—¿Entonces quién fue si no la zorra de Ueda?

—¡¿Cómo podría?!

—Con la ayuda de una rata escurridiza que conoce cada recovejo del barco.


Aplicó más presión, haciendo saltar las lágrimas del pequeño, quien se removió ferozmente intentando liberarse.


—¡Taguchi! ¡Fue Taguchi! ¡Iba todas las mañanas a verlo!


El agarre de Koki se aflojó un poco.


—¿Estás seguro?—Kame asintió repetidas veces—. ¿Y qué hacía?

—No lo sé, venía a supervisar la comida y luego a la enfermería.


Koki le miró de hito en hito, toda la afabilidad extinta de sus facciones.


—¿Qué más me ocultas?


Ante el amago de volver a dañarlo, Kame se apresuró a hablar.


—Dos tripulantes faltaron a la asamblea de esta mañana.

—¿Quiénes?

—Los matones del capitán.


Koki lo soltó con brusquedad y Kame se alejó de él, sosteniendo el brazo herido contra su pecho.


—Más te vale.


Todo lo que obtuvo de Kame fue una mirada mezcla de miedo y rencor.



Jin y Koki faltaron al almuerzo, el uno por seguir dormido y el otro por no tener el ánimo para afrontarlos. Él que sí se presentó y resultó ser toda una sorpresa para el noble, fue el médico, cuyo demacrado rostro era el único signo visible de la tortura a la que había sido sometido.


Si bien, la simpatía de Ueda por él se había despertado, no era suficiente como para que llegara a agradarle y esta animadversión no pasó desapercibida para el capitán, quién pareció descartar la idea de que estuviera complotando con Jin.


Comieron en un silencio sepulcral, ninguno de los tres hizo amago de iniciar conversación y los únicos sonidos, incómodos y desproporcionados, eran el golpeteo nervioso del pie del grumete que los atendió al golpear contra el piso y el tintineo de los cubiertos al chocar contra la vajilla.


Cuando hubieron terminado y el grumete hubo recogido todo y marchadose, Taguchi se dirigió a Ueda.


—Cuando termines tus labores, lleva a Jin a la enfermería para que Ryo los atienda a ambos. Tendrá un día ocupado y quiero ahorrarle la molestia de tener que realizar dos viajes.

—Puedo hacerlo ahora—dijo el médico, extrañado por la repentina orden.

—Oh, no. Hoy ocuparemos nuestro tiempo en enseñarte el funcionamiento de la embarcación y otros pormenores.


Se levantó e hizo un gesto para que le siguiera.



El día transcurrió sin mayores incidentes, los piratas reanudaron labores no sin tomarse cierta libertad para trabajar en calma y a su ritmo. Por su parte, el capitán no parecía tener la intención de regañarlos, demasiado ocupado estaba enseñándole al médico la embarcación y explicándole en qué consistía, punto por punto, el contrato que había firmado con Jin.


Ueda mismo no tuvo tiempo de encontrarse con Kame ni de buscar a Koki para que este le aclarara las dudas que tenía acerca de la situación actual, pues apenas abandonó el camarote un grupo de piratas se le acercó para preguntarle por el estado de Jin. Les aseguró que estaba bien y trató de despacharlos con rapidez, ya que parecían más interesados en el chisme que en la salud del pirata.


A lo largo del día distintos grupos de piratas se le acercaron, unos más directos en sus preguntas y otros genuinamente preocupados por Jin. Tras despachar a un último grupo, Ueda se dio cuenta de que ya nadie parecía querer burlarse de él y de que incluso había encontrado simpáticos a algunos.


Intrigado por este nuevo descubrimiento, decidió acabar su jornada un poco antes de la hora acordada y dirigió sus pasos a la cabina principal para buscar a Jin y cumplir las órdenes del capitán. Entre más pronto acabara, más tiempo tendría para analizarlo y convencerse que eran ellos los que habían cambiado y no él mismo.


Encontró a Jin sentado en la cama, luchando inútilmente por trenzar su cabello. Inseguro de si se debía a la forma en que había dormido o a la falta de un buen baño, su cabello se veía más lacio que de ordinario, algo enmarañado, con mechones sueltos aquí y allá, dándole a su habitual aire desaliñado un toque de encanto salvaje.


Se sacudió de la cabeza ese pensamiento y entró de lleno a la cabina.


—¿Quieres que te ayude?


La vergüenza cruzó por el rostro del pirata, luego fue sustituida por resignación. Se puso en pie con desgano y se sentó a la mesa, ofreciéndole a Ueda su negra y larga cabellera.


Nada más tocarla, el noble descubrió que el problema era peor de lo que había imaginado. Deshizo los nudos que pudo con las manos y después tomó prestado un cepillo de los enseres del capitán, tratando de desenredarlo con el mayor cuidado.


Al cabo de un rato, el noble logró desenredarlo por completo y hacerle una trenza de tres gajos, algo suelta y bastante irregular, sencilla en comparación con las que el pirata solía lucir. Le ofreció un espejo de mano para que pudiera comprobar el resultado y posó las manos sobre los anchos hombros del pirata, listo para apretarlos si se le ocurría soltar algún comentario desagradable.


No le pasó desapercibida la forma en que Jin se estremeció, tampoco la forma en que se echó ligeramente hacia el frente, como queriendo apartarse y, al mismo tiempo, obligándose a quedarse en su sitio.


—¿Todo bien?—preguntó preocupado por la forma tan extraña en que se estaba comportando.


El pirata asintió con la cabeza y tardó un momento más en alzar el espejo para revisar el trabajo del noble. No había esperado algo mejor y aún así suspiró con pesar. Ueda hizo presión con saña sobre sus hombros.


—¡Ah! ¿Qué te pasa?


Volvió el rostro hacia él. El noble levantó el mentón y le miró con gesto altivo, resoplando indignado.


—¡Si no dije nada!


Volvió a hacer presión. Jin se quejó y se puso en pie para librarse de su agarre. Lo enfrentó apretando los dientes, un movimiento que Ueda estaba esperando pues se le adelantó al empujarlo suavemente lejos de sí.


—Todavía que te hago el favor.

—¡Vaya favor!—bufó

—Soy un noble de alta alcurnia, no tengo por qué ensuciarme las manos ayudando a un apestoso pirata y aun así, como soy un hombre generoso, me presté a ayudarte ¿y así es cómo me lo agradeces?. Pero qué desconsiderado.


Jin soltó una risa, burlona, seca y despectiva.


—Perdóneme, Ilustrísimo señor, ¿debería limpiar su culo para mostrarle mi agradecimiento?

—¡Ay, eres asqueroso!


Siguieron discutiendo de esa guisa por espacio de cinco minutos, deteniéndose sólo cuando el capitán les llamó la atención.


—Dejen de gritar, ¿quieren? Molestan a mis hombres que quieren acabar su jornada sin tener que escuchar sus obscenidades.


Ambos desviaron la mirada en un pueril gesto de obstinación y vergüenza. Taguchi tomó asiento en la silla que se interponía entre ellos.


—Ay,Dios, son unos niños.


Ambos bufaron.


—Retírense, necesito hablar a solas con Koki.


Los dos obedecieron sin rechistar, aunque Ueda se detuvo en la puerta para dedicarle una mirada de preocupación a su amigo, quien le regaló una sonrisa amarga.



Una vez solos, Taguchi le indicó a Koki que tomara asiento frente a él, pero este se negó. Su ánimo era sobrio y su rostro aparecía torvo a la menguante luz del atardecer.


—Hay rastros de sangre en la bodega del tesoro—soltó sin más preámbulo.

—Es de Jin. Está mal herido, por si no lo has notado—repuso con tranquilidad, exhibiendo una actitud que no daba cabida a réplicas.

—Tus matones se esfumaron también.


Esperó. Taguchi no tenía intención alguna de explicarse. Se decidió por preguntarle directamente.


—¿Qué pasó realmente?

—Creí que lo había dejado claro en la asamblea—cruzó los brazos y cerró los ojos en un evidente signo de cansancio—. Hablamos y resolvimos nuestras diferencias. Está comprometido con la misión.


Koki le miró receloso. Era conciente de que esta vez Jin había ganado, sin embargo, sabía que no podía ser tan simple como Taguchi lo quería hacer ver. Jin estaba lejos de ser razonable.


—Es peligroso—dijo frustrado por la ceguera de su amigo.

—Lo sé—abrió los ojos, fijandolos en algún punto en la distancia.


Demasiados años como pirata lo habían hecho pronto al enojo, beligerante y violento. Demasiadas victorias lo habían vuelto arrogante, temerario e imprudente. El Jin confiable y digno de admiración que habían conocido en su juventud había desaparecido, perdido a causa de los años gastados en batallas, abordajes y aventuras en tierras ignotas con las que ellos sólo se podían atrever a soñar. Su último viaje lo había devuelto como algo demasiado parecido a un lunático,  temperamento volátil, demasiado inestable como para que alguien pudiera sentirse cómodo cerca de él. Pero Taguchi nunca dejaría de admirarlo, ni de disculpar sus faltas porque, incluso con sus defectos, Jin siempre sería su Jin.


—Por eso creo que es tiempo de una tregua entre ustedes.


Koki le miró incrédulo, como si la sola idea fuera un acto inconcebible.


—Es una orden.

—¿Entonces por qué?—preguntó a voz de grito—. ¿Por qué mierda lo azotaste a matar? ¿Por qué me dejaste interrogarlos? ¿Por qué hiciste todo ese teatro del juicio si al final ibas a fingir que nada pasó?


Taguchi le miró por fin.


—Me dejé llevar—admitió con sincera culpabilidad, encogiéndose de hombros en un gesto infantil—. No sé cómo explicarlo. También dije muchas estupideces para cubrirme.


La furia de Koki parecía pueril ante la sombría calma de su amigo. Tomó asiento en la cama, tratando de serenarse.


—Él...

—Ahorratelo, nada va a cambiar mi opinión.

—Hablo en serio—repuso ya más tranquilo—.Mató al capitán, las pruebas apuntan a él y hay demasiadas irregularidades en su historia.

—No seas ridículo. Jin le quería incluso más que a mí.

—En eso te equivocas. Tú siempre has sido su prioridad.

—Entonces no veo lo que te consterna.

—Jin te adora, todos lo sabemos y también sabemos que haría lo que fuera por ti. Pero él te ha dejado de último en más de una ocasión.

>>Primero cuando se obsesionó con ese sucio perro Dong, después con Satsuki a quien, por cierto, también botó cuando se aburrió. Si te metes en su camino, no dudará un instante en deshacerse de ti también.


Taguchi se hundió taciturno en su silla y se llevó un puño a la barbilla en un gesto pensativo.


—¿Y cuál es la razón que crees tú lo hará volverse en mi contra?

—Ueda.

—No puedo negar que se siente atraído hacia él, yo mismo lo estoy. Es sólo que no parece desearle tanto como piensas, de otra forma ya lo habría tomado.

—Si no lo ha hecho sólo puede significar una cosa…


El capitán se puso en pie y fue a abrir la puerta, en cubierta, Jin y Ueda seguían encerrados en su tonto pleito. Ueda parecía estarle explicando algo con fingida calma,  Jin rodaba los ojos y bufaba antes de soltarse a reír. Ueda hizo un puchero y Jin dejó caer su mano sobre la cabeza del noble en un gesto cariñoso pero precavido, para arrepentirse un segundo después y empujarle, logrando así reanudar el pleito.


—...es un premio mucho más atractivo que la venganza.

—Creo que entiendo tu lógica,—dijo sin apartar los ojos de ese par—pero se te olvida algo: Jin casi muere ese día.