Todo era obscuridad a su alrededor, un suave vacío que poco a poco fue transformándose en penumbra conforme avanzaba. El eco de una armoniosa voz resonaba en la distancia, apretó el paso, buscó con la mirada para averiguar de dónde provenía aquel canto, guiándose más por el oído que por la vista, conforme se acercaba notó una silueta de luz blanca y roja que se mecía al ritmo de la melodía e inmediatamente supo de quién se trataba, se acercó un poco más para confirmar que efectivamente se trataba de Jin Akanishi. Intentó acercarse más pero no pudo, era como si un muro invisible se lo impidiera, lo intentó un par de veces más sin éxito, así que se detuvo a mirarle detenidamente: Jin parecía ignorar su presencia, su rostro estaba un poco más pálido de lo normal y parecía estar ausente, no sólo distraído como de costumbre. Intentó llamar su atención con un grito que salió mudo de su boca, de repente Jin se dió media vuelta y echó a andar alejándose lentamente, con cada paso que daba sin cesar en su canturreo leve, una extraña desesperación se apoderó de Ueda e intentó alcanzarlo de nueva cuenta, esta vez con mayor ímpetu, chocando contra el invisible muro hasta que sintió el suelo desvanecerse bajo sus pies cayendo de golpe contra el alfombrado suelo de la habitación. "Sabía que era un sueño", pensó.
—¿Estás bien?—preguntó Jin sin hacer amago de ayudarle.
—¿Qué estabas cantando?—preguntó desde abajo.
—Nada.
—No la conozco, ¿es tu nuevo solo?
—Más bien es algo personal—dijo con un dejo de fastidio en la voz.—¿Estás bien?
—Sí—respondió poniéndose en pie.
—Bien. Hasta que despiertas, hiciste que el ridículo de Taguchi se pusiera a rezar así que lo tuve que correr de aquí.
—¿Que hiciste qué?
—Nada, sólo bromeo—Se levantó de su asiento para acostarse en la cama estirándose con pereza.—¿Tienes hambre?
—Ehmm, en realidad no. Quisiera salir a correr.
—¿Qué dices?¿Correr? No creo que estés en condiciones para eso.
—¿Por qué no? Me siento bien, además hace tiempo que no lo hago.
—Será porque la última vez que lo hiciste quedaste hospitalizado?—dijo con sarcasmo.
Ueda apretó los labios en una muñeca de enfado, odiaba que Jin, de alguna manera, siempre tuviera la razón, pero más odiaba que fuera consciente de ello.
—Está bien, comeré algo antes de salir-—dijo resignado.
—¡Genial! Te traeré algo de comer, espérame, no tardo—Se levantó de un salto y salió de la habitación.
En lo que esperaba a Jin, se cambió la bata por un atuendo deportivo y tendió la cama como pudo; a decir verdad no se sentía del todo bien, pero tampoco se sentía fatal, asumía que el entumecido cuerpo era debido a su inactividad y la pesadez de su cerebro también, sin embargo, ya no sentía aquel terrible aturdimiento de la noche anterior, en cambio se sentía más ligero y hasta más fuerte. Se dirigió al baño para observarse mejor en el espejo y notó que su vista había mejorado, "Como el Hombre Araña", pensó divertido, y efectivamente así era, justo como en las películas de súper héroes su cuerpo había cambiado: sus músculos, de por sí fuertes, se habían ensanchado luciendo un cuerpo completamente tonificado como si en ningún momento hubiese dejado su entrenamiento de boxeo o inclusive como si entrenara como un profesional de nivel mundial. Examinaba su cuerpo con admiración y, emoción, acariciaba sus fibrosos brazos, sin embargo al levantar la vista encontró que su rostro tenía un horrible aspecto de fatiga, los ojos enrojecidos y con profundas ojeras, el cabello alborotadísimo, con largos mechones desiguales que se le deslizaban hasta la cara, cuya inminente barba le sorprendió sobremanera, "¡Pero si soy lampiño! Se supone que soy lampiño", le gritó al hombre en el espejo. En ese momento escuchó los pasos de Jin en el pasillo y pudo oler la comida desde donde estaba, olía a comida medio quemada, obviamente Jin recicló lo que probablemente él desayunó, algo de arroz, huevo, tocino y… pan tostado, "Éste se sigue creyendo gringo".
Regresó a la habitación y se sentía a la orilla de la cama, después entró Jin con una bandeja de comida, efectivamente traía lo previsto, las porciones eran desiguales y el vaso de jugo estaba casi vacío. Aún así, le parecía un lindo detalle proviniendo de Jin.
—¡Tarán! Aquí está tu desayuno, ponte cómodo.
—¿Qué le pasó al jugo?
—Dije: ponte cómodo— dijo Jin apretando los dientes.
—Ok, tranquilo— dijo Ueda acomodándose en la cama recargando su espalda en la cabecera.
—Y… ¿Qué tal va todo?
—Acabo de despertar.
—Ah, cierto. ¿Y qué es lo último que recuerdas?
—Sinceramente, nada, ya te lo he dicho antes, no recuerdo nada—. Ante la respuesta Jin frunció el entrecejo con enojo.
—Si no quieres hablar sólo dilo— dijo dándole la bandeja con un empujón—. No puedo creer que sigas molesto conmigo— dijo antes de desaparecer tras la puerta.
Ueda permaneció estupefacto largo rato. No entendía por qué Jin se comportaba de esa manera, y lo peor de todo era que la sensación de pesadez en su cabeza persistía. Mas decidió dejarlo de lado y no darle mucha importancia a ninguno de los dos y salir a correr; dejó la comida en la silla junto a la cama y se dirigió directamente al jardín sin tener que saludar o dar explicaciones a nadie pues la casa estaba prácticamente vacía y sus grandes dimensiones hacían raros los encuentros con la servidumbre. Ya afuera observó que los perros estaban muy alterados, había hoyos por todas partes, las flores estaban destrozadas y las puertas y los alféizares de las ventanas tenían profundos y numerosos rasguños. —Seguro están así porque los tienen atados— dijo para sí dirigiéndose a ellos para liberarlos de sus cadenas, los perros lo saludaron con chillidos ansiosos y lengüetazos en las manos, agachaban las orejas y andaban con el rabo entre las patas dando vueltas a su alrededor inquietos, "Ya sé que me extrañaron mucho", repartió unas caricias a todos y salió corriendo de la propiedad, los perros intentaron seguirle pero no pudieron pasar de la reja principal.

