miércoles, 24 de marzo de 2021

The Ocean At The End If The World Capítulo 14

 

Capítulo 14

Desde que era niño, podía recordar que nunca había tenido una noche tranquila, siempre se despertaba presa de innumerables pesadillas, por eso, esa mañana, se despertó con la sorpresa de que su mal humor habitual no estaba; tanto era así que no pudo enojarse con el chico que le había drogado y ahora dormitaba tranquilo a su lado. Aún era temprano, el sol anunciaba sus primeros rayos y salvo el ocasional canto de un gallo, el silencio reinaba en la habitación.

Revisó su cuerpo con detenimiento y después de asegurarse de que el médico no había hecho nada con él, prosiguió a revisar sus pertenencias. Nada parecía faltarle y, aunque no estaba del todo seguro, sospechaba que el médico las había revisado todas. Se vistió con cuidado y se sentó en una silla junto a la ventana, donde esperó paciente a que el médico despertara. Tiempo le sobraba, no tenía nada importante que hacer pues no esperaba al capitán sino hasta el siguiente día y la información que el grumete debía proporcionarle debía llegar por muy temprano al mediodía.

Cuando el médico despertó, Jin casi suelta la carcajada al ver el pánico que invadió su rostro al percatarse de que había despertado mucho antes de lo previsto. Le regaló, en cambio, una sonrisa torcida.

Era fácil adivinar lo que el médico debía estar pensando, era una reacción que su persona solía provocar en los demás, y aunque no estaban del todo equivocados, lo cierto era que no mataba por gusto, tampoco como desahogo de las situaciones en que él mismo se había metido.

—Te ves mejor—aventuró el médico a decir una vez se dio cuenta de que no había amenaza alguna.

—Hoy no me ahogué.

Hubo una pausa incómoda.

—¿Estás ocupado hoy?

—Puesto que ustedes parten esta tarde y no hay muchos enfermos que tratar, podría decirse que me sobra el tiempo.

Soltó sin realmente darle importancia, pero se arrepintió al ver cómo las facciones del pirata se endurecían.

—Debiste habérmelo dicho antes.

—Tampoco es como si hubiéramos platicado mucho.

Ambos callaron. Nishikido, esperando a que el pirata dijera o hiciera algo y éste,  tratando de calcular la probabilidad de éxito que su plan ideado justo en ese momento tenía.

Por fin llegó a una resolución, sacó su pistola y apuntó a Nishikido.

—Tú vienes conmigo.

Nishikido salió a toda prisa de la cama hacia la puerta. Jin le atrapó antes de que siquiera intentara abrirla y, tras azotar su cabeza contra el muro con la fuerza suficiente como para aturdirlo sin llegar a lastimarlo, lo llevó al Queen of Pirates; disculpándose con los aldeanos en nombre del médico a causa de la borrachera que se habían puesto.

Ya en el barco, lo obligó a firmar un contrato y lo encerró en la sala de cirugías, que no era más que un espacio improvisado para que los enfermos descansaran. Ipso facto se puso manos a la obra para que cuando el capitán y el resto de la tripulación llegaran, pudieran zarpar de inmediato.

 

Llegaron poco antes del mediodía. Todos se veían relajados y alegres de volver al mar, un sentimiento que Jin no compartía pues en su pecho se había instalado una creciente ansiedad que no le permitía pensar con claridad. Uno a uno los hombres fueron tomando sus puestos y cuando el capitán hizo acto de presencia, lo hizo acompañado de Tanaka, Kamenashi y un convaleciente Ueda.

Jin no pudo evitar sentir que algo extraño pasaba. El aura que emanaban había cambiado casi por completo y expelían una camaradería que hizo que la ansiedad en su pecho creciera.

Les saludó con frialdad, consciente de que se hallaba en territorio desconocido y sabedor de que había desobedecido más de una vez al capitán en los últimos días.

—Jin, al camerino—dijo Junnosuke en cuanto le tuvo de frente—. Ahora.

Jin miró al camarote, al grupo de piratas que a lo lejos les observaban con curiosidad, al rostro cansado de Ueda y a la sonrisa expectante de Tanaka.

—¿Pasa algo? —preguntó entonces, sin hacer amago de obedecer.

Una sombra de ira cruzó el rostro del capitán, pero cuando habló, lo hizo con un tono afable que casi la borró: —. Nada importante. Sólo quería consultar contigo sobre un asunto, pero supongo que puede esperar. Lo importante ahora es zarpar. 

Jin dudó un momento antes de aceptar esta respuesta, tratando de convencerse a sí mismo de que su comportamiento se debía a su pasada desobediencia y no a otra cosa.

—Bueno muchachos, a trabajar.

El capitán llevó a Ueda al camarote principal, Tanaka tomó su puesto en lo alto y Kamenashi fue arrastrado bajo cubierta por Jin.

 

La información obtenida por el grumete era concisa y suficiente. Ryo Nishikido había sido educado en escuelas prestigiosas; pertenecía a una nueva corriente ideológica alejada de la alquimia y más enfocada en lo natural; gozaba de buena reputación en las altas esferas del conocimiento, además de una renta aceptable; ofrecía sus servicios a muy bajo costo y la mayor parte de sus ingresos provenían de los regalos que tanto nobles como criminales le daban como muestra de agradecimiento por los servicios prestados.

En pocas palabras, mantenía una buena reputación, no solía vanagloriarse, sabía ofrecer su opinión de manera lacónica y a veces mordaz, además de parecer ser inmune a las malas lenguas.

—¿Tú qué opinas de él? —preguntó y Kamenashi le miró consternado—. ¿Estás bien? —preguntó extrañado por su reacción.

—¿Mi opinión cuenta?

Jin rodó los ojos con fastidio y con la palma de la mano cubrió el rostro del niño y lo empujó al piso.

—En esta tripulación cada opinión cuenta.

—Vale, vale—se puso en pie—. A mí no me gusta nada.

—Y a ti te gusta Tanaka que es un completo imbécil, por lo que a ti te gustan las personas incorrectas, por lo tanto él está bien. Gracias, Kame. Siempre es bueno contar con tu consejo.

Le dio un par de palmadas en la espalda antes de pasarle un brazo por los hombros y llevarlo al compartimiento en el que había encerrado al médico.

—Necesito que cuides de él un par días en lo que preparo a Junno para darle la buena nueva.

Le entregó la llave de la cabina y luego se marchó, dejando paralizado al pequeño grumete, que no sabía cómo debía proceder.

 

Al término de la jornada, Kame encaminó sus pasos directo al camarote principal, donde el capitán y el noble discutían el plan a seguir ahora que la salud del noble era delicada y no contaban con un médico que le atendiera.

Kame no sabía cómo debía darle al capitán la noticia de que sus sospechas no eran infundadas y que Jin compartía más que lecho con el médico. Ni siquiera se atrevía a interrumpir la conversación; el capitán le inspiraba un miedo casi religioso que siempre le impedía actuar con normalidad cuando estaba cerca de él.

Torpemente carraspeó, los jóvenes interrumpieron su conversación y se volvieron a él. Ueda con curiosidad y Taguchi con una mirada severa.

—Kazuya, cuida tus modales.

—L-lo si-siento, s-señor—masculló avergonzado.

—No tartamudees.

—¡Sí, señor! ¡Lo siento, señor!

Repuso más firme. Taguchi suspiró.

 —Ve al grano.

Kame asintió y tras una tomar un par de hondas respiraciones dijo: —. Jin unió al médico a la tripulación.

Tímidamente se acercó y le entregó la llave que Jin le había confiado. Taguchi le agradeció y luego se despidió de ellos con una reverencia, encaminándose hacia el palo mayor donde Koki hacia la vigilancia y lo llamó.

Ueda y Kame intercambiaron una mirada preocupada pero ninguno de ellos se atrevió a seguirle, ambos habían visto la ira contenida en las facciones del capitán.

 

Nishikido se había resignado ya a que nadie le ayudaría. No importaba cuánto gritara o qué tan fuerte golpeara la puerta, nadie respondería. Lo más probable era que nadie supiera que estaba allí.

Por lo que sabía de Jin, suponía que este actuaba siempre siguiendo cierta lógica y el hecho de que lo hubiera secuestrado de aquella manera tan descuidada implicaba que había sido más una improvisación que un plan y, fiándose del carácter cortés de Taguchi, esperaba éste le liberara en cuanto le viera.

Cuando la puerta se abrió tan repentinamente, se levantó del catre de un salto sólo para recibir a Taguchi, acompañado por dos hombres de aspecto salvaje y facciones crueles, que llevaban a Jin cogido cada uno por un brazo, de tal manera que no pudiera moverse. Jin se resistía lo más que podía, pero era un esfuerzo por demás inútil y todos lo sabían. Tras ellos, el pirata del parche entró y cerró la puerta tras de sí. En  las manos sostenía una alforja negra y su rostro exhibía una ávida sonrisa.

Golpeó a Jin en las pantorrillas, haciéndolo doblarse y luego desgarró su camisa, dejando expuesta su espalda; de la alforja sacó un látigo que ofreció a Taguchi, quien con sumo cuidado, se despojó de su saco, capa y sombrero; se arremangó la camisa y tomando el látigo azotó de  manera implacable la espalda de Jin.

Un primer alarido rasgó el cielo, tan profundo y penetrante que llegó incluso al rincón más apartado de la embarcación. A este le siguieron otros más, agudos y desgarradores, palabras entrecortadas cuyo mensaje se perdía en la agonía.

No era un espectáculo grato de ver, y aunque había hecho un esfuerzo por no apartar la mirada, el médico termino por cerrar los ojos con fuerza y vomitar.

Los gritos cesaron de golpe. Jin había perdido el conocimiento. A la orden del capitán, los hombres lo lanzaron contra el catre y Nishikido apenas tuvo tiempo de atraparlo para evitar que la caída le causara más daño.

—Muéstrame lo que vales. Cúralo.

El médico se precipitó a acomodarlo en el catre, la carne se le había levantado en varios lugares y la sangre manaba sin cesar. En su maletín no llevaba más que lo básico y por ello no podía hacer mucho. Sabía que ninguno de ellos le ayudaría, así que tuvo que improvisar.

Lo despojó por completo de su camisa y la utilizó para hacer presión sobre las heridas más profundas y frenar la hemorragia. Con la mano que tenía libre alcanzó la botella de vodka que siempre cargaba consigo y la derramó sobre su espalda. Jin recuperó momentáneamente el conocimiento por el dolor pues lanzó un quejido antes de desvanecerse otra vez. Limpió sus heridas lo mejor que pudo, usando su propia ropa como vendaje provisional; dudaba que se recuperara y si lo hacía, temía que las secuelas tanto físicas como emocionales le impidieran seguir adelante con su estilo de vida. Fue entonces que presa de la ira encaró a Taguchi.

—¡¿Qué demonios te pasa?!

—Simple curiosidad—contestó con aterradora calma—. Si él confía en tu debe ser por algo.

Allí estaba esa sonrisa que Ueda había conocido, una sonrisa de auténtica complacencia que venía acompañada de un brillo sanguinario en los ojos. Nishikido terminó por amedrentarse.

—Si no sobrevive, el mar pronto escupirá tus huesos. 

Volvió a acomodar su impecable indumentaria y salió seguido por su guardia personal. Nishikido se acuclilló junto a Jin y tomando su mano, rezó por que los dos pudieras salir de allí con vida.

 

—¿Por qué lo permitiste?

Escuchó Koki una voz reclamarle a sus espaldas. Al volverse, se encontró con el lloroso rostro de Kame que lo observaba desde el otro lado del pasillo.

—¡No fue justo y lo sabes! ¡Todos en la tripulación lo saben!

Koki miró al camarote que acababa de abandonar, después a Kame y bufó.

—¿Por qué no lo detuviste tú? ¿Por qué no lo hicieron ellos? —replicó con fastidio—. No puedes juzgar al mar por el romper de una ola.

Kame le miró desengañado. Al oírlo hablar se dio cuenta de que no era tan distinto de Jin o de Taguchi; su pensamiento se desplazaba por la misma dirección en que lo hacía el de sus colegas; la única diferencia radicaba en que su disfraz de cordero era mucho más convincente, casi real.

Con el dorso de la mano se enjugó las lágrimas antes de marchar.

sábado, 20 de marzo de 2021

The Ocean At The End Of The Wolrld Capítulo 13

 

Capítulo 13

Había creído que al abrir los ojos el primer rostro con el que se encontraría sería el de Jin, sin embargo se encontró con el de Taguchi y, aunque eso le causó un cierto desencanto, la verdad es que este apenas duró pues la expresión de honesto alivio que mostraba su rostro le hizo despertar casi por completo.

Con su ayuda se reincorporó, ya no se sentía cansado ni débil, pero la prolongada inactividad había dejado su cuerpo entumecido. El capitán le ofreció un frasco de medicina de amargo olor que Ueda rechazó al instante.

—Es obvio que has vuelto por completo en ti—dejó el frasco sobre el buró—. ¿Cómo te sientes?

—Hambriento.

Recorrió la habitación con la mirada, era un lugar pequeño y rústico, escasamente amueblado y muy bien iluminado, con un aire cuyo frescor era totalmente distinto al del mar, verde. Cerró los ojos para hacerse a la idea de que al menos en tierra estaba completamente a salvo, luego dejó escapar un suspiro aliviado y volvió a abrirlos.

— ¿Dónde están?

—Kame te prepara algo de comer y Koki fue en busca de médico.

Ueda se sentía aliviado de saber que Koki no estaba a cargo de su alimentación; no conocía las habilidades culinarias de Kame, pero sabía que no podían ser peores que las que poseía el cocinero del Queen of Pirates; si tan sólo hubieran dejado con vida a su cocinero, su estancia en el barco sería menos penosa.

Dejándose llevar por sus pensamientos, estos fueron a concentrarse exclusivamente en Kame, en la traición-no-traición que éste había cometido contra él. Era algo confuso, incluso él mismo no llegaba entenderlo del todo. Sabía que el chico tenía buena disposición hacia él, que le agradaba y él le correspondía a sus afectos, y que además poseía muy buenas cualidades que le convertirían en alguien de confianza de no ser por el hecho de que trabajaba para alguien más. Ueda se atrevía a sospechar que ese alguien era Jin, de otra forma este último no estaría siempre dos pasos por delante de él, y era tal vez esa idea lo que le hacía incapaz de perdonarle.

Era frustrante pensar en Jin, especialmente porque lo hacía con más frecuencia de lo que le gustaba admitir. Desde que le conociera, el pirata no había hecho más que tomarle el pelo, empujarle a su límite y mostrarle que con él no existían puntos medios. Un momento le amenazaba a muerte y al siguiente parecía dispuesto a todo para mantenerle con vida.

Miró de reojo al capitán, sopesando la idea de preguntarle de por el paradero de su subalterno, pues-aunque no tuviera prueba alguna-estaba seguro de que Jin no se había pasado a verlo ni una sola vez. Pero antes de que llegara a una resolución, Taguchi dejó escapar un suspiro que denotaba su impaciencia.

—¿Pasa algo?

—Jin—respondió con sequedad—. Le pedí que viniera al mediodía, pero no ha venido ni una sola vez desde que tocamos puerto.

El tono que usó Taguchi le resultó extraño a Ueda, pues si bien Jin parecía vivir bajo sus propios preceptos, siempre había dado la impresión de obedecer a su capitán, así lo hiciera a regañadientes. Lo que sólo podía significar que aquel asunto de las cartas no había sido una mera treta para asustarle sino que en realidad estaba cometiendo traición.

Al notar que Ueda dejaba demasiado tiempo su mirada sobre él, el capitán le sonrió apenado.

—Lo siento, no quiero aburrirte con mis tontos problemas.

—No me aburres, después de todo también son míos.

En realidad las preocupaciones del capitán eran pocas, tampoco tenía mucho de qué hablar a ese respecto pues había pasado los últimos días cuidando de él y había dejado a sus oficiales a cargo de la reparación del barco y demás menesteres; hecho que conmovió un poco al noble. Se sentía agradecido con él, sin embargo no sabía cómo demostrarlo, así que se limitó a sonreírle sin su habitual reserva.

No pasó mucho tiempo antes de que Kame les llevara la comida; toda ella olía y se veía deliciosa, tanto así que había logrado hacerles agua la boca. Taguchi no se contuvo en felicitarlo, sorprendiéndose de no haber notado antes esa increíble cualidad suya, y aunque Ueda no felicitó al pequeño grumete como el capitán lo hiciera, sí le dio las gracias de todo corazón.

El capitán instaló una pequeña mesa para que pudieran comer con comodidad y rápidamente se enfrascaron en una amena charla que versaba en nada en particular. Ueda no olvidaba ni por un momento que Taguchi era alguien que había recibido una muy buena educación y que además gozaba de un extenso bagaje cultural por lo que era difícil aburrirse con él, además parecía ser alguien que tenía un profundo interés por las artes y eso para el noble tenía mucho peso. Hablando con él, exceptuando uno que otro chiste malogrado, Ueda se sintió como en casa; extrañamente arrobado y reconfortado.

No pudo evitar que una sonrisa escapara a sus labios, sonrisa que el capitán correspondió al instante y Ueda sintió los colores subir a su rostro. Intentó ocultar está indeseada reacción al cubrir su rostro con ambas manos para arrepentirse un momento después; no entendía por qué actuaba de esa forma tan infantil y tonta.

—¿Cuándo zarpamos?—preguntó para distraerse a sí mismo.

—Cuando te sientas listo. No quiero presionarte.

—Creí que eras de los que presionan—dijo con fingido rencor—. La primera vez sólo me diste cinco días, poco agradables a decir verdad.

Taguchi recargó el mentón sobre la palma abierta, su sonrisa era sutil, apenas una curvatura en la comisura de sus labios y sus ojos brillaban con cierta añoranza, como los del adulto que recuerda con cariño una travesura cometida cuando niño.

—Supongo que tienes razón. Aunque claro, en esa época no éramos amigos, ni siquiera conocidos.

Apenas dijo esto, Ueda alcanzó el frasco de medicina que reposaba sobre el buró y tomó la dosis que recordaba le habían estado dando. Taguchi le miró sorprendido por un instante para después volver a sonreír.

 

El médico llegó al anochecer, y en cuanto Ueda lo vio sintió una repulsión instantánea hacia él, producto de la primer impresión que su expresión enigmática-mezcla de interés científico e involuntaria piedad-le había dado, reproducida por la sensación de ya conocerle. Y no es que le conociera de cara y nombre, era que a lo largo de su vida Ueda se había encontrado con un puñado de personas que eran exactamente iguales a él; todos plebeyos que resultaban ser excepcionalmente buenos en algo y que por ello eran apadrinados por algún crédulo ricachón carente de herederos a los cuales dejarles algo y que, creyendo hacer un bien, lo que en realidad hacían era propagar un mal casi tan terrible como la peste. Las personas como Nishikido, que se creían mejores que sus hermanos de cuna y por ende les despreciaban, sólo lograban con esto mostrar la vileza y vulgaridad de su espíritu; así que barriéndole de pies a cabeza con la dignidad que su posición le permitía, dijo:

—Consígueme otro médico.

Aquel desprecio muchas veces sentido, hizo que la actitud engreída y rebosante de confianza del médico se desvaneciera. Se volvió a Taguchi en busca de apoyo, pero se encontró con que éste permanecía sereno, como si de antemano supiera que aquello iba a suceder.

—Por ahora tendrás que conformarte, es el único médico de la región.

Ueda despedía un aura de arrogancia y genuina superioridad pocas veces mostrada, como si de alguna u otra forma hubiera alcanzado ya su objetivo.

—Igual partimos mañana.

 

Tras terminar la revisión, Nishikido abandonó la finca a pie, rechazando el carro que habían tenido por bien prepararle, así como también a Koki quien se había ofrecido como su escolta.

Los intrincados caminos del lugar eran famosos por estar llenos de bandidos y salteadores de caminos, especialmente a altas horas de la noche, pero el médico no parecía estar preocupado en lo absoluto y se mostraba más ansioso por irse de allí que otra cosa. Koki, preocupado por su seguridad, mandó al pequeño Kame a vigilarle.

El médico se detuvo frente a la posada que siempre frecuentaba y dudó un poco antes de entrar, no muy convencido de si desquitar la herida infligida a su amor propio con alcohol era conveniente, pero nada más entrar sus ojos se toparon con el bicho raro que habían mandado para buscarle y para que recogiera las medicinas.

Fue a tomar asiento a su mesa frente a él, acción ante la cual el chico le alargó la botella de aceite de sándalo que le había dado unos días atrás.

—No sirvió—dijo volviendo toda su atención al plato que estaba comiendo.

—Lo noto—aceptó, pues el chico se veía bastante desmejorado comparado con su último encuentro.

—A propósito, tú también luces como mierda—agregó Jin, adivinando su pensamiento.

—Gracias—bufó para luego servirse  el poco licor que aún quedaba en la jarra—. Son insoportables, ¿cómo los toleras?

Jin se encogió de hombros y siguió comiendo. Nishikido dio un trago a su bebida y convencido de que al extraño chico no le molestaba su compañía, pidió un pescado menudo frito y otra jarra de licor.

A pesar de los nulos modales de Jin en la mesa y lo ruidoso que resultaba al comer, el médico se sintió cómodo y sintió cómo su enojó disminuía minuto a minuto. Tal vez se debiera a que el chico parecía completamente ajeno a ellos, ni su apariencia ni su personalidad casaban en lo absoluto con la apariencia ostentosa de quienes Nishikido supuso eran sus superiores, y parecía ser una persona bastante simple, acaso muy torpe socialmente.

Cuando no quedaba más que media jarra de licor en la mesa, el médico se dio cuenta de que los enrojecidos ojos de Jin y su estado de abotargamiento nada tenían que ver con la bebida que estaban consumiendo. En un movimiento instintivo y sin abandonar del todo su asiento, se inclinó hacia él por sobre la mesa para poder tomarle la temperatura, pero no llegó a hacerlo puesto que Jin aprisionó su mano cuando esta se encontraba a escasos centímetros de tocar su frente.

—¿Por qué lo ayudaste?

Su voz resultó ser inesperadamente firme y sus ojos, suspicaces, brillaban con una astucia insospechada.

—Creo que también estás enfermo—una vez más intentó alcanzar su frente, sólo consiguiendo que el chico aplicara más fuerza.

—Creí que no ayudabas a criminales—el tono que utilizó le hizo saber que no habría una tercera oportunidad.

—Porque parecías quererlo tanto—admitió por fin con una sonrisa burlona, casi sarcástica—. Tu desesperación y tu actuación de niño patético y asustado me convencieron, —bufó por lo tonto que había sido al dejarse engañar—me hicieron creer que harías cualquier cosa para salvarlo, sin importar la deuda que contrajeras.

Jin liberó el agarre y Nishikido pudo tomar por fin su temperatura; tenía un poco de fiebre.

—¿Cuánto tiempo llevas así?

—No lo sé, dos o tres…

—Tengo que revisarte. Pediré una habitación.

—Tengo una aquí.

El médico intentó dirigirse con la mayor discreción, temeroso de que dos enfermos provenientes de una misma embarcación, alertaran a la población de un mal que tal vez ni siquiera existía.

La revisión fue confusa. Si bien Jin exhibía los primeros síntomas de un resfriado, habían pasado demasiados días como para que no hubiese evolucionado ya. Era un cuadro sintomático que jamás había visto, ya que además de estornudar sin parar a intervalos irregulares, el chico decía sentir picazón tanto en ojos como en nariz.

—¿Es la primera vez que presentas estos síntomas? —preguntó un tanto confundido y Jin rio.

—No sabes lo que tengo, ¿cierto? Para ser el único y gran médico de la región eres bastante incompetente.

—¡No creo que haya alguien en el mundo capaz de saber qué demonios te pasa!

—Sólo necesito descansar—se dejó caer de lleno en la cama—. Me pasa cuando tocamos tierra en ciertas regiones.

Nishikido le vio sonarse la nariz repetidas veces con un pañuelo algo gastado que llevaba bordadas lo que supuso serían sus iniciales "AJ", hecho que despertó su interés pues hasta ahora no conocía ni su nombre de pila, cuando el pirata de seguro ya sabría todo acerca de él.

—Te daré algo para dormir—de su maletín sacó un frasco que contenía un líquido blanquecino—. Este debes beberlo, sólo una cucharada.

Jin se reincorporó con la ayuda de sus codos y le miró receloso.

—¿Qué es?

—Semillas de amapola molidas en cerveza.

Se reincorporó por completo y con cuidado se sacó las botas militares. No llevaba calzas sino unos pantalones marineros holgados y un saco algo grande para su talla que al quitárselo reveló una delgada camisa de algodón ajustada a la cintura por un fajín rojo deslavado del cual colgaban una pistola, una daga de rica hechura, una falcata, una pistola y lo que el médico se aventuró a adivinar era una granada, además de otros artefactos que nunca había visto. Era obvio que el chico era un pirata a diferencia de sus compañeros que iban cuidadosamente vestidos y a la moda. Casi había dudado de que en verdad lo fueran y se alegraba de que sus primeras conclusiones no estuvieran erradas. El pirata deshizo del fajín y lo dejó sobre el buró, luego tomó el mismo la dosis que el médico le indicara y se volvió a dejar caer en la cama.

—No le digas a nadie que me estoy quedando aquí.

No tardó mucho tiempo en quedarse dormido y cuando lo hizo, Nishikido aprovechó para revisar todo lo que el chico llevaba consigo, encontrando para alivio de su curiosidad que el chico cargaba consigo un pasaporte que le acreditaba como comerciante y en el cual descubrió, trabajaba para una importante casa de la realeza, también encontró algunos objetos más personales como lo eran la joyería que usaba de ordinario, una navaja bien afilada con el mango gastado -la cual supuso debía ser su favorita-, un cuaderno con notas cifradas, el dibujo de un chico de aspecto nervioso y afectado, una bolsa llena de dinero, y un anillo grabado con el escudo familiar de la familia Ueda, una familia cuyo dominio-si bien recordaba-se hallaba en el condado de Mice.

Fue una inspección bastante superficial pues no quería arriesgarse a que su pócima no hubiera surtido del todo su efecto y el pirata se levantara y le asesinara allí mismo, más lo temía ahora que sabía el chico tenía un temperamento abrasivo, además tenía mayor interés por lo que guardaba dentro de su cabeza; eso y saber a qué clase de personas estaba ayudando.

Se acostó en la cama junto a él, notando que su cuerpo despedía una calidez inusual en alguien como él, y dejándose llevar por esta cayó dormido casi al instante.

sábado, 6 de marzo de 2021

The Ocean At The End of The World Capítulo 12

 

Capítulo 12

Ese día en particular, la lluvia parecía igualar en intensidad a la de la tormenta. Las gruesas gotas de lluvia chocaban contra el cristal de las ventanas, produciendo un agradable golpeteo rítmico que, aunado al crepitar de las llamas y las voces de fondo, había empezado a embotar sus sentidos.

Su mejilla descansaba contra la mano abierta apoyada sobre la rústica superficie de madera y bostezaba cada tanto. Con pereza dio un sorbo a su bebida sin apartar la mirada del hombre que abandonadamente comía frente a él.

 A diferencia de la mayoría de las posadas en que se había hospedado, la posada en la que se hallaban poseía un ambiente cálido y casi familiar que incómodo a Jin.

Los clientes eran en su mayoría habitantes del mismo pueblo que gustaban de pasar allí con sus amigos el poco tiempo libre del que disponían, pudiéndose ver incluso familias enteras que se reunían allí para cenar, como si un día cualquiera fuera igual de bueno que uno especial para estar allí.

En el tiempo que llevaban ahí, más de un puñado de personas les habían saludado con animosidad e incluso el viejo tendero de la licorería se les había acercado para preguntar por la salud del noble, pues según había escuchado, había sido malherido durante la tormenta. Nishikido le aseguró que no corría ningún peligro y que lo más probable era que esa misma semana estuviera listo para recibir visitas.

Tantas muestras de afecto empezaban a causarle molestar al pirata.

—Creí que iríamos a tu consultorio—comentó, tratando de disimular un bostezo.

—Está muy lejos, además la comida de su barco apesta.

No era algo que pudiera negar, por lo que el pirata se limitó a darle otro sorbo a su bebida.

—¿Por qué no comes algo, luces cansado? ¿Hace cuánto tiempo que no duermes? Tienes los ojos hinchados y parece que tienes fiebre.

Jin miró la sopa de alubias y carne y al vaso de agua de horchata que el médico no se había molestado en tocar hasta ese momento, y arrugó la nariz disgustado.

—Sólo vine por la medicina.

El médico continuó comiendo sin prestarle la más mínima atención a Jin, quien, impaciente, hacía un esfuerzo sobrehumano para no largarse de allí sin la medicina, mientras veía los platos apilarse una tras otro con exasperante lentitud. Para cuando el médico se dio por satisfecho, habían perdido casi toda la tarde y el apenas perceptible sol se mostraba próximo a ponerse.

—Aquí está la medicina—dijo por fin, colocando sobre la mesa una variedad de frascos—y aquí está la prescripción. Dásela a tu capitán, él sabrá leerla. Lo revisaré mañana a primera hora y—sacó otro frasco, uno diminuto cuya leyenda apenas si se alcanzaba a leer—. Esto es para ti, aceite de sándalo. Úntalo en tu pecho para que puedas dormir.

Sin apartar la vista del médico, pagó la cuenta y dejó una generosa propina, luego dobló la hoja y la metió en el bolsillo interno de su chaleco, tomó las medicinas de Ueda y las metió en un pequeño saco de tela, dudando tan sólo un momento antes de tomar el diminuto frasco y guardarlo en su fajín. 

—Nos vemos.

Se despidió el médico, pero Jin no le correspondió.

 

Koki atravesó corriendo el cenagoso camino que llevaba a la finca y se dejó caer en el suelo junto a Kame quien, ansioso, esperaba la medicina sentado a la entrada del edificio. Ambos estaban tristes y abatidos, temerosos de que la predicción del médico fuera acertada y el noble no lograra recuperarse.

Ueda había salvado la primera noche, pero ahora, la espera era todavía más angustiosa. El médico les había advertido que, con un solo error, con un solo descuido que cometieran, se despedirían para siempre de él.

—¿Por qué tarda tanto? ¡Se fue hace horas! Debistes haber ido tú.

—Es por la lluvia, en nada llega—le aseguró, aunque ni él mismo estaba seguro de ello. Aún creía que Jin era un traidor y que en cualquier momento se daría a la fuga—. Kame, ¿has notado algo raro en Jin?

—¿Raro? —frunció un poco el ceño—. No que yo sepa… Aunque, ahora que lo dices, está como más callado y siempre anda como enojado. ¿Por qué? ¿Pasó algo?

Koki negó con la cabeza restándole importancia. No era un gran cambió, él mismo ya había notado eso, pero no era algo que hubiera empezado con la llegada del noble, sino que era algo que había venido pasando desde hace algunos años. Con el tiempo, Jin se había vuelto más y más experto en encerrarse dentro de sí mism0.

—¿Crees que el señor Ueda se salve? —preguntó de pronto Kame, a quien nunca le había gustado hablar de Jin ni nada relacionado con él.

—¡Claro! —quiso animarle —. Y verás que cuando se recupere por completo te quiere de vuelta.

—Pero somos diferentes—masculló incierto.

—No tanto como crees—dijo pasándole el brazo por los hombros y atrayéndolo un poco hacia él—. Aunque lo niegue es un pirata, como tú y yo.

—Mentiroso—apartó el brazo del mayor—. No hay diferencia ni aquí ni en el mar. Nunca seremos iguales.

Koki no dijo nada, era una mentira que él mismo gustaba de decirse. Sabía-al igual que Kame-que había un abismo de diferencia entre las personas como Taguchi y Ueda, y los simples aldeanos como ellos dos. 

Aunque parecían vivir en un mundo idóneo protegido por la mar, el mundo real siempre estaba al acecho, recordándoles que la diferencia de clases sí importaba. Un mundo donde tu origen valía más que cualquier habilidad que pudieras poseer. Si nacías en una buena familia tenías la vida resuelta, si no, lo más a que podías aspirar era a terminar tus días de la manera menos humillante posible. Pero en esos momentos, aunque no viniera a cuento, diría esa mentira y mil más si con eso lograba hacer sentir mejor al grumete.

—Quiero decir que ha cambiado y tú también.

Koki recordó el día en que conoció a Kame; el pequeño había robado una hogaza de pan, le habían descubierto y en medio de la huida había chocado con él. No pudo evitar ayudarle. Pagó por la pieza robada y compró algunas más. Kame, a pesar de estar agradecido se mostró cauto y cuando le invitó a unirse a la tripulación el chico se tomó un par de días para pensarlo bien. Koki sólo quería mostrarle que en el mar existía un mundo que si bien no era mejor sí era más justo, y que alguien como él podría llegar lejos valiéndose sólo de su habilidad y pericia.

Cuando Kamenashi aceptó, fue casi inevitable que mintiera a sus padres sobre la naturaleza de su trabajo, incluso Taguchi tuvo que dar la cara por él, asegurando a la preocupada familia que su trabajo era más que honesto, una gran mentira que el capitán gustaba mucho de decir.

Así fue como se unió a la tripulación. Unos meses después, se enfrentaba al problema de que Ueda lo creía un ladrón cualquiera cuando antes le había mostrado su simpatía. Koki se preguntaba si esto arrastraría a Kame de vuelta a su autodesprecio, entonces decidió que lo mejor sería cambiar de tema.

—Ya que estamos aquí, ¿por qué no le escribes a tu familia? Debes estar preocupados por ti.

—No—negó repetidas veces con la cabeza—. No quiero que sepan que soy un pirata.

—Al menos a tus hermanos. Ellos no son como los padres, ya sabes, no juzgan.

—Para ti es fácil decirlo, tu papá era pirata y tus amigos también lo son. Nosotros somos tontos granjeros.

—Te equivocas, mi papá sirvió en la marina y Jin no es mi amigo, además Junno, bueno él…Cómo sea, —su tono se animó una vez más mientras con torpeza cambiaba el tema—te entiendo. A mi mamá tampoco le gusta que sea un pirata. Uno de mis hermanos murió en un abordaje y desde entonces las cosas están tensas en casa.

Kame le miró desconcertado un instante, luego le dio un apretón en el brazo y dejó caer el brazo—. Lo siento.

—No importa—le aseguró con una sonrisa que no se reflejó en sus ojos—. Es por eso que debes escribirles. Nunca sabes cuándo volverás a saber de ellos.

Kame le dio la razón con repetidos movimientos de cabeza y esta vez la brillante sonrisa del pirata pareció iluminar incluso el obscuro cielo.

—Vamos adentro, yo te ayudo a escribirla.

—¿A escribir qué? —era Jin que llegaba por la colina dando patadas a una piedra a través del lodo, salpicando todo a su paso.

—Una carta a su familia.

Jin se detuvo a unos pasos de ellos, lejos de la protección que les brindaba el pórtico. Estaba completamente empapado y su cabello negro se pegaba lacio contra su rostro, enmarcando su aniñado rostro normalmente oculto por su descomedida apariencia habitual.

—No deberías hacerlo, —su voz era tranquila, pero ambos pudieron apreciar la mueca de repulsión que afloraba a sus labios—a no ser que quieras que sepan la clase de porquería en que te has convertido.

Fueron palabras crueles. Nada bueno salía jamás de su boca y, tanto Kame como Koki, vieron reforzado su desdén hacia él.

Koki iba a responderle cuando Jin le extendió el saco con las medicinas, entonces no tuvo más remedio que acercarse a él y tomarlas.

—¿Vas a pasar a verlo?

—Estoy ocupado—dijo con burla soterrada—. A propósito, —agregó clavando la mirada en el grumete—quiero que investigues al doctor. No me da buena espina.

Sin más, dio media vuelta y marchó.


Taguchi había estado esperando intranquilo la medicina. Más que nada, había estado esperando a Jin. Es por ello que cuando la puerta se abrió y fue el pequeño Kame quien se asomó, no pudo evitar mirarle desencantado. El pequeño se disculpó como era su costumbre y marchó encogido sobre sí mismo, dejándole de nueva cuenta a solas con un delirante chico que entre accesos de fiebre llamaba a Jin.

Se volvió a él con ojos afilados. No le hubiera importado que llamara a Kame, incluso a Koki. Pero que llamara a Jin significaba que éste le había mentido.

En un principio había atribuido la fijación que el pirata tenía por el chico a la equivocación cometida cuando abordaron el Valerian, como si de alguna forma hubiera estado intentando enmendar el error, pero tras los últimos sucesos, empezaba a sospechar que Jin había desarrollado sentimientos reales por él. Ya fueran románticos o meramente un instinto de protección, la verdad era que no podía culparlo. La personalidad caprichosa y torpe del noble resultaba refrescante y, por qué no, encantadora. Especialmente ese empecinamiento suyo en querer demostrar que es una persona madura y autosuficiente. Incluso Koki le encontraba simpático.

Dejó escapar un pesado suspiro y regresó a sentarse a su lado en la cama. Le despertó con suaves movimientos que hicieron que Ueda se reincorporara en un movimiento mecánico y aceptara tomar la medicina de buena gana; prueba suficiente de que aún no superaba la peor parte de la enfermedad.

—¿Taguchi? —murmuró suavemente, intentando enfocar la mirada en él.

—Aquí estoy, no temas—le consoló, apartando con cuidado unos mechones húmedos de su frente.

Ueda le dedicó una sonrisa infantil, él le prodigó un par de caricias más y el chico buscó su mano en un movimiento inconsciente, la sostuvo con la poca fuerza que tenía y volvió a dormir. Taguchi no se molestó en apartarla, viéndolo así toda su ira se desvaneció. En el curso de las siguientes semanas el chico estaría muerto y Jin podría darle esa tumba marina con la que tanto fantaseaba.

En ese momento decidió que Jin nunca podría tenerlo. 

Cuando abandonó la habitación, Kame seguía en la puerta, tratando de captar cualquier fragmento de información que pudiera encontrar y como en esta ocasión no había nada relevante que hubiera podido obtener, Taguchi le regaló una sonrisa benévola y una mirada llena de compasión que le hicieron sonrojar. Pasó junto a él, dedicándole una breve caricia en la cabeza.