Capítulo 12
Ese día en particular, la lluvia parecía igualar en intensidad a la de la tormenta. Las gruesas gotas de lluvia chocaban contra el cristal de las ventanas, produciendo un agradable golpeteo rítmico que, aunado al crepitar de las llamas y las voces de fondo, había empezado a embotar sus sentidos.
Su mejilla descansaba contra la mano abierta apoyada sobre la rústica superficie de madera y bostezaba cada tanto. Con pereza dio un sorbo a su bebida sin apartar la mirada del hombre que abandonadamente comía frente a él.
A diferencia de la mayoría de las posadas en que se había hospedado, la posada en la que se hallaban poseía un ambiente cálido y casi familiar que incómodo a Jin.
Los clientes eran en su mayoría habitantes del mismo pueblo que gustaban de pasar allí con sus amigos el poco tiempo libre del que disponían, pudiéndose ver incluso familias enteras que se reunían allí para cenar, como si un día cualquiera fuera igual de bueno que uno especial para estar allí.
En el tiempo que llevaban ahí, más de un puñado de personas les habían saludado con animosidad e incluso el viejo tendero de la licorería se les había acercado para preguntar por la salud del noble, pues según había escuchado, había sido malherido durante la tormenta. Nishikido le aseguró que no corría ningún peligro y que lo más probable era que esa misma semana estuviera listo para recibir visitas.
Tantas muestras de afecto empezaban a causarle molestar al pirata.
—Creí que iríamos a tu consultorio—comentó,
tratando de disimular un bostezo.
—Está muy lejos, además la comida de su barco apesta.
No era algo que pudiera negar, por lo que el pirata se limitó a darle otro sorbo a su bebida.
—¿Por qué no comes algo, luces cansado? ¿Hace cuánto tiempo que no duermes? Tienes los ojos hinchados y parece que tienes fiebre.
Jin miró la sopa de alubias y carne y al vaso de agua de horchata que el médico no se había molestado en tocar hasta ese momento, y arrugó la nariz disgustado.
—Sólo vine por la medicina.
El médico continuó comiendo sin prestarle la más mínima atención a Jin, quien, impaciente, hacía un esfuerzo sobrehumano para no largarse de allí sin la medicina, mientras veía los platos apilarse una tras otro con exasperante lentitud. Para cuando el médico se dio por satisfecho, habían perdido casi toda la tarde y el apenas perceptible sol se mostraba próximo a ponerse.
—Aquí está la medicina—dijo por fin, colocando sobre la mesa una variedad de frascos—y aquí está la prescripción. Dásela a tu capitán, él sabrá leerla. Lo revisaré mañana a primera hora y—sacó otro frasco, uno diminuto cuya leyenda apenas si se alcanzaba a leer—. Esto es para ti, aceite de sándalo. Úntalo en tu pecho para que puedas dormir.
Sin apartar la vista del médico, pagó la cuenta y dejó una generosa propina, luego dobló la hoja y la metió en el bolsillo interno de su chaleco, tomó las medicinas de Ueda y las metió en un pequeño saco de tela, dudando tan sólo un momento antes de tomar el diminuto frasco y guardarlo en su fajín.
—Nos vemos.
Se despidió el médico, pero Jin no le
correspondió.
Koki atravesó corriendo el cenagoso camino que llevaba a la finca y se dejó caer en el suelo junto a Kame quien, ansioso, esperaba la medicina sentado a la entrada del edificio. Ambos estaban tristes y abatidos, temerosos de que la predicción del médico fuera acertada y el noble no lograra recuperarse.
Ueda había salvado la primera noche, pero ahora, la espera era todavía más angustiosa. El médico les había advertido que, con un solo error, con un solo descuido que cometieran, se despedirían para siempre de él.
—¿Por qué tarda tanto? ¡Se fue hace horas!
Debistes haber ido tú.
—Es por la lluvia, en nada llega—le aseguró,
aunque ni él mismo estaba seguro de ello. Aún creía que Jin era un traidor y
que en cualquier momento se daría a la fuga—. Kame, ¿has notado algo raro en
Jin?
—¿Raro? —frunció un poco el ceño—. No que yo sepa… Aunque, ahora que lo dices, está como más callado y siempre anda como enojado. ¿Por qué? ¿Pasó algo?
Koki negó con la cabeza restándole importancia. No era un gran cambió, él mismo ya había notado eso, pero no era algo que hubiera empezado con la llegada del noble, sino que era algo que había venido pasando desde hace algunos años. Con el tiempo, Jin se había vuelto más y más experto en encerrarse dentro de sí mism0.
—¿Crees que el señor Ueda se salve? —preguntó de pronto Kame, a quien nunca le había
gustado hablar de Jin ni nada relacionado con él.
—¡Claro! —quiso
animarle —. Y verás que cuando se recupere por
completo te quiere de vuelta.
—Pero somos diferentes—masculló incierto.
—No tanto como crees—dijo pasándole el brazo
por los hombros y atrayéndolo un poco hacia él—. Aunque lo niegue es un pirata,
como tú y yo.
—Mentiroso—apartó el brazo del mayor—. No hay diferencia ni aquí ni en el mar. Nunca seremos iguales.
Koki no dijo nada, era una mentira que él mismo gustaba de decirse. Sabía-al igual que Kame-que había un abismo de diferencia entre las personas como Taguchi y Ueda, y los simples aldeanos como ellos dos.
Aunque parecían vivir en un mundo idóneo protegido por la mar, el mundo real siempre estaba al acecho, recordándoles que la diferencia de clases sí importaba. Un mundo donde tu origen valía más que cualquier habilidad que pudieras poseer. Si nacías en una buena familia tenías la vida resuelta, si no, lo más a que podías aspirar era a terminar tus días de la manera menos humillante posible. Pero en esos momentos, aunque no viniera a cuento, diría esa mentira y mil más si con eso lograba hacer sentir mejor al grumete.
—Quiero decir que ha cambiado y tú también.
Koki recordó el día en que conoció a Kame; el pequeño había robado una hogaza de pan, le habían descubierto y en medio de la huida había chocado con él. No pudo evitar ayudarle. Pagó por la pieza robada y compró algunas más. Kame, a pesar de estar agradecido se mostró cauto y cuando le invitó a unirse a la tripulación el chico se tomó un par de días para pensarlo bien. Koki sólo quería mostrarle que en el mar existía un mundo que si bien no era mejor sí era más justo, y que alguien como él podría llegar lejos valiéndose sólo de su habilidad y pericia.
Cuando Kamenashi aceptó, fue casi inevitable que mintiera a sus padres sobre la naturaleza de su trabajo, incluso Taguchi tuvo que dar la cara por él, asegurando a la preocupada familia que su trabajo era más que honesto, una gran mentira que el capitán gustaba mucho de decir.
Así fue como se unió a la tripulación. Unos meses después, se enfrentaba al problema de que Ueda lo creía un ladrón cualquiera cuando antes le había mostrado su simpatía. Koki se preguntaba si esto arrastraría a Kame de vuelta a su autodesprecio, entonces decidió que lo mejor sería cambiar de tema.
—Ya que estamos aquí, ¿por qué no le
escribes a tu familia? Debes estar preocupados por ti.
—No—negó repetidas veces con la cabeza—. No
quiero que sepan que soy un pirata.
—Al menos a tus hermanos. Ellos no son como
los padres, ya sabes, no juzgan.
—Para ti es fácil decirlo, tu papá era
pirata y tus amigos también lo son. Nosotros somos tontos granjeros.
—Te equivocas, mi papá sirvió en la marina y Jin no es mi amigo, además Junno, bueno él…Cómo sea, —su tono se animó una vez más mientras con torpeza cambiaba el tema—te entiendo. A mi mamá tampoco le gusta que sea un pirata. Uno de mis hermanos murió en un abordaje y desde entonces las cosas están tensas en casa.
Kame le miró desconcertado un instante,
luego le dio un apretón en el brazo y dejó caer el brazo—. Lo siento.
—No importa—le aseguró con una sonrisa que no se reflejó en sus ojos—. Es por eso que debes escribirles. Nunca sabes cuándo volverás a saber de ellos.
Kame le dio la razón con repetidos movimientos de cabeza y esta vez la brillante sonrisa del pirata pareció iluminar incluso el obscuro cielo.
—Vamos adentro, yo te ayudo a escribirla.
—¿A escribir qué? —era Jin que llegaba por
la colina dando patadas a una piedra a través del lodo, salpicando todo a su
paso.
—Una carta a su familia.
Jin se detuvo a unos pasos de ellos, lejos de la protección que les brindaba el pórtico. Estaba completamente empapado y su cabello negro se pegaba lacio contra su rostro, enmarcando su aniñado rostro normalmente oculto por su descomedida apariencia habitual.
—No deberías hacerlo, —su voz era tranquila, pero ambos pudieron apreciar la mueca de repulsión que afloraba a sus labios—a no ser que quieras que sepan la clase de porquería en que te has convertido.
Fueron palabras crueles. Nada bueno salía jamás de su boca y, tanto Kame como Koki, vieron reforzado su desdén hacia él.
Koki iba a responderle cuando Jin le extendió el saco con las medicinas, entonces no tuvo más remedio que acercarse a él y tomarlas.
—¿Vas a pasar a verlo?
—Estoy ocupado—dijo con burla soterrada—. A propósito, —agregó clavando la mirada en el grumete—quiero que investigues al doctor. No me da buena espina.
Sin más, dio media vuelta y marchó.
Taguchi había estado esperando intranquilo la medicina. Más que nada, había estado esperando a Jin. Es por ello que cuando la puerta se abrió y fue el pequeño Kame quien se asomó, no pudo evitar mirarle desencantado. El pequeño se disculpó como era su costumbre y marchó encogido sobre sí mismo, dejándole de nueva cuenta a solas con un delirante chico que entre accesos de fiebre llamaba a Jin.
Se volvió a él con ojos afilados. No le hubiera importado que llamara a Kame, incluso a Koki. Pero que llamara a Jin significaba que éste le había mentido.
En un principio había atribuido la fijación que el pirata tenía por el chico a la equivocación cometida cuando abordaron el Valerian, como si de alguna forma hubiera estado intentando enmendar el error, pero tras los últimos sucesos, empezaba a sospechar que Jin había desarrollado sentimientos reales por él. Ya fueran románticos o meramente un instinto de protección, la verdad era que no podía culparlo. La personalidad caprichosa y torpe del noble resultaba refrescante y, por qué no, encantadora. Especialmente ese empecinamiento suyo en querer demostrar que es una persona madura y autosuficiente. Incluso Koki le encontraba simpático.
Dejó escapar un pesado suspiro y regresó a sentarse a su lado en la cama. Le despertó con suaves movimientos que hicieron que Ueda se reincorporara en un movimiento mecánico y aceptara tomar la medicina de buena gana; prueba suficiente de que aún no superaba la peor parte de la enfermedad.
—¿Taguchi? —murmuró suavemente, intentando
enfocar la mirada en él.
—Aquí estoy, no temas—le consoló, apartando con cuidado unos mechones húmedos de su frente.
Ueda le dedicó una sonrisa infantil, él le prodigó un par de caricias más y el chico buscó su mano en un movimiento inconsciente, la sostuvo con la poca fuerza que tenía y volvió a dormir. Taguchi no se molestó en apartarla, viéndolo así toda su ira se desvaneció. En el curso de las siguientes semanas el chico estaría muerto y Jin podría darle esa tumba marina con la que tanto fantaseaba.
En ese momento decidió que Jin nunca podría tenerlo.
Cuando abandonó la habitación,
Kame seguía en la puerta, tratando de captar cualquier fragmento de información
que pudiera encontrar y como en esta ocasión no había nada relevante que
hubiera podido obtener, Taguchi le regaló una sonrisa benévola y una mirada
llena de compasión que le hicieron sonrojar. Pasó junto a él, dedicándole una
breve caricia en la cabeza.
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