miércoles, 24 de marzo de 2021

The Ocean At The End If The World Capítulo 14

 

Capítulo 14

Desde que era niño, podía recordar que nunca había tenido una noche tranquila, siempre se despertaba presa de innumerables pesadillas, por eso, esa mañana, se despertó con la sorpresa de que su mal humor habitual no estaba; tanto era así que no pudo enojarse con el chico que le había drogado y ahora dormitaba tranquilo a su lado. Aún era temprano, el sol anunciaba sus primeros rayos y salvo el ocasional canto de un gallo, el silencio reinaba en la habitación.

Revisó su cuerpo con detenimiento y después de asegurarse de que el médico no había hecho nada con él, prosiguió a revisar sus pertenencias. Nada parecía faltarle y, aunque no estaba del todo seguro, sospechaba que el médico las había revisado todas. Se vistió con cuidado y se sentó en una silla junto a la ventana, donde esperó paciente a que el médico despertara. Tiempo le sobraba, no tenía nada importante que hacer pues no esperaba al capitán sino hasta el siguiente día y la información que el grumete debía proporcionarle debía llegar por muy temprano al mediodía.

Cuando el médico despertó, Jin casi suelta la carcajada al ver el pánico que invadió su rostro al percatarse de que había despertado mucho antes de lo previsto. Le regaló, en cambio, una sonrisa torcida.

Era fácil adivinar lo que el médico debía estar pensando, era una reacción que su persona solía provocar en los demás, y aunque no estaban del todo equivocados, lo cierto era que no mataba por gusto, tampoco como desahogo de las situaciones en que él mismo se había metido.

—Te ves mejor—aventuró el médico a decir una vez se dio cuenta de que no había amenaza alguna.

—Hoy no me ahogué.

Hubo una pausa incómoda.

—¿Estás ocupado hoy?

—Puesto que ustedes parten esta tarde y no hay muchos enfermos que tratar, podría decirse que me sobra el tiempo.

Soltó sin realmente darle importancia, pero se arrepintió al ver cómo las facciones del pirata se endurecían.

—Debiste habérmelo dicho antes.

—Tampoco es como si hubiéramos platicado mucho.

Ambos callaron. Nishikido, esperando a que el pirata dijera o hiciera algo y éste,  tratando de calcular la probabilidad de éxito que su plan ideado justo en ese momento tenía.

Por fin llegó a una resolución, sacó su pistola y apuntó a Nishikido.

—Tú vienes conmigo.

Nishikido salió a toda prisa de la cama hacia la puerta. Jin le atrapó antes de que siquiera intentara abrirla y, tras azotar su cabeza contra el muro con la fuerza suficiente como para aturdirlo sin llegar a lastimarlo, lo llevó al Queen of Pirates; disculpándose con los aldeanos en nombre del médico a causa de la borrachera que se habían puesto.

Ya en el barco, lo obligó a firmar un contrato y lo encerró en la sala de cirugías, que no era más que un espacio improvisado para que los enfermos descansaran. Ipso facto se puso manos a la obra para que cuando el capitán y el resto de la tripulación llegaran, pudieran zarpar de inmediato.

 

Llegaron poco antes del mediodía. Todos se veían relajados y alegres de volver al mar, un sentimiento que Jin no compartía pues en su pecho se había instalado una creciente ansiedad que no le permitía pensar con claridad. Uno a uno los hombres fueron tomando sus puestos y cuando el capitán hizo acto de presencia, lo hizo acompañado de Tanaka, Kamenashi y un convaleciente Ueda.

Jin no pudo evitar sentir que algo extraño pasaba. El aura que emanaban había cambiado casi por completo y expelían una camaradería que hizo que la ansiedad en su pecho creciera.

Les saludó con frialdad, consciente de que se hallaba en territorio desconocido y sabedor de que había desobedecido más de una vez al capitán en los últimos días.

—Jin, al camerino—dijo Junnosuke en cuanto le tuvo de frente—. Ahora.

Jin miró al camarote, al grupo de piratas que a lo lejos les observaban con curiosidad, al rostro cansado de Ueda y a la sonrisa expectante de Tanaka.

—¿Pasa algo? —preguntó entonces, sin hacer amago de obedecer.

Una sombra de ira cruzó el rostro del capitán, pero cuando habló, lo hizo con un tono afable que casi la borró: —. Nada importante. Sólo quería consultar contigo sobre un asunto, pero supongo que puede esperar. Lo importante ahora es zarpar. 

Jin dudó un momento antes de aceptar esta respuesta, tratando de convencerse a sí mismo de que su comportamiento se debía a su pasada desobediencia y no a otra cosa.

—Bueno muchachos, a trabajar.

El capitán llevó a Ueda al camarote principal, Tanaka tomó su puesto en lo alto y Kamenashi fue arrastrado bajo cubierta por Jin.

 

La información obtenida por el grumete era concisa y suficiente. Ryo Nishikido había sido educado en escuelas prestigiosas; pertenecía a una nueva corriente ideológica alejada de la alquimia y más enfocada en lo natural; gozaba de buena reputación en las altas esferas del conocimiento, además de una renta aceptable; ofrecía sus servicios a muy bajo costo y la mayor parte de sus ingresos provenían de los regalos que tanto nobles como criminales le daban como muestra de agradecimiento por los servicios prestados.

En pocas palabras, mantenía una buena reputación, no solía vanagloriarse, sabía ofrecer su opinión de manera lacónica y a veces mordaz, además de parecer ser inmune a las malas lenguas.

—¿Tú qué opinas de él? —preguntó y Kamenashi le miró consternado—. ¿Estás bien? —preguntó extrañado por su reacción.

—¿Mi opinión cuenta?

Jin rodó los ojos con fastidio y con la palma de la mano cubrió el rostro del niño y lo empujó al piso.

—En esta tripulación cada opinión cuenta.

—Vale, vale—se puso en pie—. A mí no me gusta nada.

—Y a ti te gusta Tanaka que es un completo imbécil, por lo que a ti te gustan las personas incorrectas, por lo tanto él está bien. Gracias, Kame. Siempre es bueno contar con tu consejo.

Le dio un par de palmadas en la espalda antes de pasarle un brazo por los hombros y llevarlo al compartimiento en el que había encerrado al médico.

—Necesito que cuides de él un par días en lo que preparo a Junno para darle la buena nueva.

Le entregó la llave de la cabina y luego se marchó, dejando paralizado al pequeño grumete, que no sabía cómo debía proceder.

 

Al término de la jornada, Kame encaminó sus pasos directo al camarote principal, donde el capitán y el noble discutían el plan a seguir ahora que la salud del noble era delicada y no contaban con un médico que le atendiera.

Kame no sabía cómo debía darle al capitán la noticia de que sus sospechas no eran infundadas y que Jin compartía más que lecho con el médico. Ni siquiera se atrevía a interrumpir la conversación; el capitán le inspiraba un miedo casi religioso que siempre le impedía actuar con normalidad cuando estaba cerca de él.

Torpemente carraspeó, los jóvenes interrumpieron su conversación y se volvieron a él. Ueda con curiosidad y Taguchi con una mirada severa.

—Kazuya, cuida tus modales.

—L-lo si-siento, s-señor—masculló avergonzado.

—No tartamudees.

—¡Sí, señor! ¡Lo siento, señor!

Repuso más firme. Taguchi suspiró.

 —Ve al grano.

Kame asintió y tras una tomar un par de hondas respiraciones dijo: —. Jin unió al médico a la tripulación.

Tímidamente se acercó y le entregó la llave que Jin le había confiado. Taguchi le agradeció y luego se despidió de ellos con una reverencia, encaminándose hacia el palo mayor donde Koki hacia la vigilancia y lo llamó.

Ueda y Kame intercambiaron una mirada preocupada pero ninguno de ellos se atrevió a seguirle, ambos habían visto la ira contenida en las facciones del capitán.

 

Nishikido se había resignado ya a que nadie le ayudaría. No importaba cuánto gritara o qué tan fuerte golpeara la puerta, nadie respondería. Lo más probable era que nadie supiera que estaba allí.

Por lo que sabía de Jin, suponía que este actuaba siempre siguiendo cierta lógica y el hecho de que lo hubiera secuestrado de aquella manera tan descuidada implicaba que había sido más una improvisación que un plan y, fiándose del carácter cortés de Taguchi, esperaba éste le liberara en cuanto le viera.

Cuando la puerta se abrió tan repentinamente, se levantó del catre de un salto sólo para recibir a Taguchi, acompañado por dos hombres de aspecto salvaje y facciones crueles, que llevaban a Jin cogido cada uno por un brazo, de tal manera que no pudiera moverse. Jin se resistía lo más que podía, pero era un esfuerzo por demás inútil y todos lo sabían. Tras ellos, el pirata del parche entró y cerró la puerta tras de sí. En  las manos sostenía una alforja negra y su rostro exhibía una ávida sonrisa.

Golpeó a Jin en las pantorrillas, haciéndolo doblarse y luego desgarró su camisa, dejando expuesta su espalda; de la alforja sacó un látigo que ofreció a Taguchi, quien con sumo cuidado, se despojó de su saco, capa y sombrero; se arremangó la camisa y tomando el látigo azotó de  manera implacable la espalda de Jin.

Un primer alarido rasgó el cielo, tan profundo y penetrante que llegó incluso al rincón más apartado de la embarcación. A este le siguieron otros más, agudos y desgarradores, palabras entrecortadas cuyo mensaje se perdía en la agonía.

No era un espectáculo grato de ver, y aunque había hecho un esfuerzo por no apartar la mirada, el médico termino por cerrar los ojos con fuerza y vomitar.

Los gritos cesaron de golpe. Jin había perdido el conocimiento. A la orden del capitán, los hombres lo lanzaron contra el catre y Nishikido apenas tuvo tiempo de atraparlo para evitar que la caída le causara más daño.

—Muéstrame lo que vales. Cúralo.

El médico se precipitó a acomodarlo en el catre, la carne se le había levantado en varios lugares y la sangre manaba sin cesar. En su maletín no llevaba más que lo básico y por ello no podía hacer mucho. Sabía que ninguno de ellos le ayudaría, así que tuvo que improvisar.

Lo despojó por completo de su camisa y la utilizó para hacer presión sobre las heridas más profundas y frenar la hemorragia. Con la mano que tenía libre alcanzó la botella de vodka que siempre cargaba consigo y la derramó sobre su espalda. Jin recuperó momentáneamente el conocimiento por el dolor pues lanzó un quejido antes de desvanecerse otra vez. Limpió sus heridas lo mejor que pudo, usando su propia ropa como vendaje provisional; dudaba que se recuperara y si lo hacía, temía que las secuelas tanto físicas como emocionales le impidieran seguir adelante con su estilo de vida. Fue entonces que presa de la ira encaró a Taguchi.

—¡¿Qué demonios te pasa?!

—Simple curiosidad—contestó con aterradora calma—. Si él confía en tu debe ser por algo.

Allí estaba esa sonrisa que Ueda había conocido, una sonrisa de auténtica complacencia que venía acompañada de un brillo sanguinario en los ojos. Nishikido terminó por amedrentarse.

—Si no sobrevive, el mar pronto escupirá tus huesos. 

Volvió a acomodar su impecable indumentaria y salió seguido por su guardia personal. Nishikido se acuclilló junto a Jin y tomando su mano, rezó por que los dos pudieras salir de allí con vida.

 

—¿Por qué lo permitiste?

Escuchó Koki una voz reclamarle a sus espaldas. Al volverse, se encontró con el lloroso rostro de Kame que lo observaba desde el otro lado del pasillo.

—¡No fue justo y lo sabes! ¡Todos en la tripulación lo saben!

Koki miró al camarote que acababa de abandonar, después a Kame y bufó.

—¿Por qué no lo detuviste tú? ¿Por qué no lo hicieron ellos? —replicó con fastidio—. No puedes juzgar al mar por el romper de una ola.

Kame le miró desengañado. Al oírlo hablar se dio cuenta de que no era tan distinto de Jin o de Taguchi; su pensamiento se desplazaba por la misma dirección en que lo hacía el de sus colegas; la única diferencia radicaba en que su disfraz de cordero era mucho más convincente, casi real.

Con el dorso de la mano se enjugó las lágrimas antes de marchar.

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