martes, 26 de octubre de 2021

The Ocean At The Enf of The World Capítulo 20

 —¿Podrías dejar de moverte? Intento curarte—se quejó el médico por décima ocasión.

—Puedo hacerlo solo—respondió Jin, moviéndose con brusquedad para impedirle continuar con su labor.

—Bien—dijo apretando los dientes. Lanzó el paño húmedo de vuelta a la cubeta y le dedicó una mirada enfadada—. Muérete de gangrena.

Jin le miró de igual manera. Los primeros tres días de encierro los habían soportado principalmente porque Jin había estado inconsciente, pero ahora que se encontraba despierto y después de haber conseguido su libertad, se había recluido por voluntad dentro de la enfermería. Su humor era sombrío, trataba terriblemente al chico que tenía por bien llevarles las comidas y todos los intentos del noble por llevarlo a trabajar habían sido infructuosos, además de comportarse como un niño cada vez que Nishikido intentaba curar sus heridas.

Al principio había intentado disuadirlo soltando comentarios desagradables cada tanto, pero como el médico los respondía con presteza, pasó a hacer berrinches de autosuficiencia bastante patéticos para un hombre de su edad.

El médico sabía que de no tratarse, el pirata tendría más que asegurada su muerte, lo que implicaba la suya propia.

—Tú lo quisiste—le advirtió antes de abandonar la enfermería.

No pasó mucho antes de que el médico regresará acompañado por el capitán, el noble y el cocinero, quienes al ver el deplorable estado de Jin entendieron de inmediato la situación. Como Kame no pintaba nada allí hizo la tentativa de marcharse, pero el médico lo retuvo en su su sitio con un fuerte agarre en el hombro y una sonrisa apologética.

—Tal vez la furia asesina que le despiertas le devuelva las ganas de vivir.

No tuvo la oportunidad de negarse, tanto el médico como Ueda le empujaron con fuerza hacia Jin. El impulso fue tal que cayó al suelo directo a sus pies. El pirata no hizo más que verlo con frialdad y soltar un gruñido, dándole al pequeño la oportunidad de salir pitando del lugar.

El capitán suspiró, aunque la escena había sido hilarante, le estaban haciendo perder el tiempo, por lo que se acercó a él y cuando se inclinó para tomar el paño, la cimitarra de Jin alcanzó su cuello.

—Ni se te ocurra.

La firmeza con que sujetaba la espada y la calmada ira que traslucía en su mirar no dejaron cabida a dudas de la seriedad de su amenaza.

—Pero qué infantil—bufó el capitán.

Se marchó, no sin antes palmear a Ueda en el hombro y desearle suerte a ambos chicos.

—Bueno, es tu turno. Sé un héroe, devuelve el favor.

Abandonó la enfermería. Ueda dudó en acercarse a Jin. El pirata no estaba enojado, lo sabía, sólo estaba haciendo berrinche y no era muy difícil adivinar la causa.

—¿Seguro que puedes solo?

Jin asintió y prosiguió a limpiar sus heridas, pero estas eran demasiadas y se hallaban en un área difícil de alcanzar, por lo que sólo logró que estas se abrieran más y comenzarán a sangrar.

Ueda no estaba seguro de si Jin seguiría negándose a su contacto, así que hizo un primer intento de tocar su mano al tomar el trapo húmedo y al ver que el pirata no retrocedía tomó asiento en el banquillo del médico y sumergió la tela en un balde de agua fresca y lo pasó sobre la espalda del pirata.

—Hay mejores formas de acabar con tu vida.

—¿Lo dices por experiencia?

Ueda negó con la cabeza y continuó su labor en silencio. Con cada roce del paño el cuerpo de Jin se estremecía. El noble estaba seguro de que el pelinegro hacía uso de todas sus fuerzas para acallar los quejidos de dolor  que acudían a su garganta. 

Tenía la carne saltada en varios sitios, a través de la sangre Ueda podía ver los bordes que el látigo del capitán había grabado y, bajo las heridas nuevas, adivinó otras viejas. No eran como las que ahora trataba, grandes, ásperas e irregulares, llenas de rabia. Las franjas plateadas casi ocultas eran delgadas y rectas;  uniformes en su crueldad.

Se estremeció. Jin volvió el rostro a él.

—¿Pasa algo?

—Eres un idiota—soltó lo primero que se le ocurrió, tratando de ignorar la idea que se le había formado en la cabeza—. ¿Por qué no te defendiste?

Jin bajó la cabeza, ocultando su rostro entre las cortinas negras de su cabello.

—Es complicado.

La misma respuesta del capitán. Se preguntaba si alguna vez serían honestos con él. Siempre que parecían hacer una confesión, lo hacían en un lenguaje codificado que sólo ellos entendían. Él no tenía nada que ver con sus asuntos, pero lo habían arrastrado a ellos desde el primer día y ahora sentía que tenía derecho a saber, aunque fuera sólo lo más superficial.

Ya no podía seguir negándose, había desarrollado más que simpatía por esa banda de piratas, incluso por Jin a quien, por decir lo menos, había extrañado horrores desde que despertara después de la tormenta. No sabía si se debía a la costumbre de tenerlo siempre cerca o a lo fascinante y sorpresivo que era descubrir nuevos aspectos de él cada vez que se encontraban a solas.

—Lo siento—dijo con voz quebrada, incapaz de apartar los ojos de su sangrante espalda—. Es mi culpa, tú sólo querías mantenerme a salvo y yo...yo…

Estaba por romper a llorar. Jin se volvió por completo hacia él y con delicadeza limpió las lágrimas que asomaban a sus ojos.

—No importa.

Su voz salió extraña, era un murmullo bajo, suave e inconexo, tenía la torpe ternura de quien nunca ha sido amado y ahora se ve forzado a  improvisar.

—No se podía evitar.

Ueda hizo lo posible por recuperar su aplomo.

—Si tan mal te pone, compensame.

Ueda le miró receloso, incluso en un momento así era seguro que Jin le haría una petición estúpida.

—¿Qué tienes en mente?

—Canta para mí.

Ueda rio un poco. Una petición ridícula viniendo de alguien como él.

—¿Qué canción?

—La que quieras. Tu canción favorita.

Jin parecía ir muy enserio. El noble secó algunas lágrimas que habían logrado escaparsele antes de cantar con voz tímida el primer par de versos que se le vinieron a la cabeza.

Mi intrépido caballero ha perdido su escudo

¿Es que un lobo se lo robó?


—No te escucho—dijo llevando una mano a la oreja en un exagerado ademán.

—Estoy recordando la letra—mintió.

Jin se recostó de costado en el catre, los ojos fijos en él. Ueda tomó un par de respiraciones más para calmarse. No era la primera vez que cantaba con público, lo había hecho infinidad de veces en fiestas y recitales, y se jactaba de tener una voz privilegiada, pero existía un abismo de diferencia entre cantar para un público conocedor y cantar para un hombre cuya distante personalidad te desconcierta, un hombre cuyo corazón permanece un misterio y que en un momento de increíble vulnerabilidad actúa de manera inverosímil.

Mi intrépido caballero ha perdido su escudo

¿Es que un lobo se lo robó?

Oh, quién le cuide su corazón

Oh, quién le cuide su corazón

Temeroso me preguntó


Con capa y con espada siempre lucha sin temor

Contra monstruos y bandidos, él jamás retrocedió

Pero un mal día en que el sueño le embriagó

Su escudo ya no encontró

Oh, quién le cuide su corazón

Oh, quién le cuide su corazón

Temeroso me preguntó


Comenzó como un suave canturreo que se deslizó sobre la marea, un sonido tan débil que bien podría ser  el viento soplando a través de los ojos de buey del navío. Pero después de la segunda estrofa, su voz resonó sobre el murmullo del mar y el crujir de la madera. Un himno encantado que llegaba a los corazones de los piratas, que interrumpieron su labor, conmovidos con los recuerdos de una tierna infancia ya ida.

Mi intrépido caballero ha perdido su escudo

¿Es que un león se lo robó?

Oh, quién le cuide su corazón

Oh, quién le cuide su corazón

Temeroso me preguntó

A los ruidos y las sombras de la noche ahuyentó

Con orgullo y con valor, siempre lucha sin temor


Pero un mal día en que el sueño le embriagó

Su escudo alguien hurtó

Alguien vió al bravío dragón

Alguien vió al bravío dragón


Mi intrépido caballero ha perdido su escudo

¡Digan si alguien lo robó!

Oh, quién le cuide su corazón

Oh, quién le cuide su corazón

Resignado me preguntó


Con espíritu y coraje a la torre se dirigió

A demostrar su gran valía ante tan temible dragón


Maldiciendo aquel día en que el sueño le embriagó

Sin su escudo lo enfrentó

Oh, quién le cuide su corazón

Oh, quién le cuide su corazón

Eso ya no le preocupó.

La canción terminó con suavidad, la voz de Ueda colgando en el aire por un momento más antes de apagarse y despertarlo de su ensueño.

—Es una linda canción—dijo Jin cuando se repuso.

—Mamá solía cantarmela cuando estaba asustado.

—¿De qué?

—De la obscuridad. Imaginaba que existían toda clase de monstruos escondidos en ella—bufó—. Qué tontería, ¿no? Todos los monstruos habitan el mar.

Miró a Jin, quién a pesar del comentario le estaba regalando una sonrisa engreída 

—Mi madre nunca me cantó algo así, jamás tuve miedo.

—¿Qué clase de niño no le tené a la obscuridad?

—Yo.

Ueda sabía que se estaba haciendo el chulo, por lo que tomó un paño seco que empapó en alcohol y lo pasó con brusquedad por el corte más largo.

Jin soltó un grito de dolor:—. ¡Ten cuidado, imbécil!

Ued rio y aprovechó la posición desventajas de Jin para dejarlo por completo bocabajo y atacar otro corte.

—¿Qué? ¿Le temes al dolor?

—No—gruñó.

—¿Entonces a qué le teme don perfecto? ¿A una vida decente? ¿Al matrimonio?

Jin guardó silencio, su rostro mostraba una seriedad distinta a la habitual. Era una expresión que le daba un aire patoso que se veía acentuado por la forma en que ladeaba la cabeza a medida que ahondaba en sus pensamientos.

—A las pelucas empolvadas y a esos calzoncillos que usas.

Ueda presionó el trapo con fuerza.

—¡Ah, pero si fui honesto!

—¡Se llaman calzas y son muy cómodas!

—Si tú lo dices.

Pasó el trapo empapado de alcohol a lo largo y ancho de su espalda, presionando con saña en las heridas menos cicatrizadas.

—¡Ya! Se supone que estás ayudándome no torturandome.

Ueda lanzó el trapo a la cubeta.

—Me salvaste la vida y como hombre honrado que soy, mostraré deferencia hacía tu persona hasta que haya saldado mi deuda. Aunque, debo admitir que no soy muy docto en el campo de la medicina y los trabajos manuales se me dan fatal y por ello te pido paciencia y que disculpas mis torpes maneras.

Dijo esto imitando la forma burlona en que Jin lo hacía cuando se dirigía a él de manera formal, a la par que untaba las heridas del pirata con el ungüento que el médico había preparado de antemano.

—¡Te perdono! ¡Te perdono!—exclamó reincorporándose de golpe—. Deuda saldada, ya no tienes que cuidar de mí 

Los ojos de noble, antes húmedo por las lágrimas, brillaban con malicia.

—Es más complicado que eso—contestó ufano—. Nunca se está en paz con aquellos que nos han favorecido porque cuando no se les debe la vida, por poner un ejemplo, se les debe reconocimiento. No te preocupes, siempre cuidaré de ti.

Ueda pudo adivinar en la amarga expresión del pirata que aquella idea no le hacía una pizca de gracia y sin poder contenerse más soltó a reír a mandíbula batiente. Jin no pudo evitar reír también y pronto aquella atmósfera tensa se disipó por completo.

Ueda le colocó los vendajes con torpeza. Habían quedado flojos y se deshacían por un lado, pero Jin no se quejó y juntos marcharon a la bodega.


jueves, 21 de octubre de 2021

Red Moon Capítulo 5

 Ya en casa cruzó el jardín un poco más tranquilo, trepó como pudo por la ventana de su habitación, se deshizo de la ropa y se dirigió al baño para arrodillarse bajo la ducha sin poder procesar aún lo que había sucedido; el cuerpo le dolía, el corazón agitado, el brazo le colgaba en un ángulo extraño debido a la rotura de su clavícula, las venas hinchadas y palpitantes, lo único claro en esos momentos era la vista del agua arrastrando la sangre por el drenaje. Permaneció ahí largo rato hasta que se sintió limpio del sudor y la sangre, entonces se reincorporó regresando la clavícula a su sitio, se restregó con una toalla y entró a la cama decidido a no darle más vueltas al asunto pues "Mañana será otro día", se dijo.


Le extrajeron de sus turbios sueños de un fuerte bofetón. —¡¿Dónde te habías metido?!— era su madre, lucía más molesta que preocupada.


—Por ahí— respondió acariciando su mejilla.

—"Por ahí". Seguro estabas con el vago ése de Akanishi.

—Salí a dar un paseo. ¡Solo!

—¿De paseo escapandote del hospital?— le miró inquisitiva con ojos saltones.

—No me pasó nada, me desmaye y exageraron las cosas.

—Te lo perdonaré por está ocasión, pero donde te vuelvas a desaparecer de esa manera...— le amenazó con su terrible dedo índice.

—Sí— respondió con la cabeza gacha y ella asintió satisfecha. Luego murmuró por lo bajo:— vieja loca.

—Y vístete, que tu amigo Kamenashi te está esperando. —le echó una última mirada amenazadora y salió de la habitación.

—¡Genial, lo que faltaba!


Se levantó de la cama con desgano y se vistió con lentitud, todavía le dolía la cabeza por lo que se dirigió al baño de sus padres, tomó un par de pastillas de la gaveta para aliviar su dolor, se rasuró con el rastrillo de su padre cortándose un par de veces en el proceso por falta de práctica, o mejor dicho, por su nula práctica y se dispuso a salir, sin embargo notó algo extraño; el cuerpo, lo sentía como nuevo, se miró al espejo tentandose el rostro, el pecho, los hombros… ¡Los hombros! La clavícula estaba ilesa, lo mismo que su brazo, no tenía ni un rasguño, como si nada hubiese pasado la noche anterior. Sorprendentemente extraño, "Tal vez estaba muy ebrio", tomó otro par de pastillas, guardó el frasco en el bolsillo del pantalón y bajó a la sala de estar donde Kame le esperaba sentado en un sillón con una taza de té caliente en las manos.


—Hola— saludó Ueda.

—Hola, ¿cómo estás?

—Bien.

—Me alegra— sonrió y dió un sorbo al té

—Bueno, ¿nos vamos?

—¿No piensas desayunar primero?

—Comeré algo allá, tengo ganas de una hamburguesa o algo así.

—Vale, entonces vamos—dijo levantándose del sillón y colocando con cuidado la taza en la mesita de centro.—Por cierto, tú cara, ¿te rasuraste?

—No, ¿por?

—Entonces… No, nada, olvídalo—dijo dándole unas palmaditas en el hombro.

—Vámonos pues.


De camino a la agencia no hablaron mucho, únicamente intercambiaron un par de comentarios respecto al clima y lo morbosas que se habían vuelto las noticias que daba el radio. A Ueda no le pareció normal, esperaba que el menor le interrogara o que al menos lanzara algunas indirectas, pero tal cosa no sucedió, Kame permanecía sereno como siempre, tal vez le estaba dando su espacio, cosa que los demás no hacían y eso se agradecía, así que se limitó a mirar por la ventana y jugar en su mente a adivinar la gama de olores que albergaba el auto de su amigo.


Dejaron el automóvil en el estacionamiento y se fueron a su respectiva sala de ensayos, no había nadie, era temprano aún. Ueda le pidió de favor que lo pusiera al tanto de todo, trabajo, chismes, etcétera, luego procedieron a practicar la nueva coreografía con lo cual se le abrió el estómago, puesto que sin darse cuenta ya había transcurrido más de hora y media desde que llegaran. Ueda decidió ir solo al comedor y Kame le pidió que no tardará mucho. En los pasillos algunos juniors le miraban con miedo e incluso se apartaban de su camino sin siquiera atreverse a mirarle directamente, ésto le causó gracia ya que normalmente lo miraban con cierto respeto o cómo a un loco, pero nunca rehuían de él.  Ya en el comedor se encontró con un solitario Jin comiendo pizza, y sin dudarlo se sentó a la mesa frente a él.


—¿Qué haces?—preguntó con cierta timidez.

—Como—dijo sin dejar de masticar.


La pizza se miraba deliciosa y Jin muy guapo, seguro tenía algún trabajo o sesión fotográfica importante programado para ese día pues iba bastante acicalado, un poco más que de costumbre, de la rebanada que se estaba comiendo escurrían tiras de queso desiguales, llevaba los primeros tres botones de la camisa desabrochados, la corteza de pizza rellena y gruesa salpicada de ajonjolí, la nívea y blanda piel en contraste con el traje negro, la rebosante salsa de rojo intenso, desprendían un aroma dulce y fresco, el leonesco peinado sobre el hermoso rostro de expresión despreocupada, el pepperoni caliente y brillante por la jugosa grasa, los labios húmedos y carnosos… Ueda comenzó a babear involuntariamente, Jin le dió un zape.


—Responde, menso.

—¿Eh? ¿Qué?— dijo saliendo de su embelesamiento.

—Olvídalo— dijo guardando el resto de la pizza en su caja.—Te veo al rato—se puso en pie y dió media vuelta.

—¿Qué haces con el chico perro, Akanishi?— le detuvo la voz de Nishikido Ryo.

—Ahg, ¿qué quieres, Ryo?— respondió Jin con fastidio.


Ueda permaneció sentado y en silencio.


—Ay, estos días has estado insoportable. Relájate— dijo dándole lo que pretendías ser una juguetona palmada en el brazo, que se parecía más a un golpe.

—Y tú has estado insoportable toda la vida— dijo empujándolo del hombro.

—Tranquilo, amigo— su actitud era arrogante como siempre.


Ueda vió en ésto una oportunidad para escapar, pero al intentar levantarse un par de manos sobre sus hombros lo retuvieron empujándole de vuelta a su asiento, era Yokoyama Yu.


—Cómo sea, sólo vine para invitarte a una fiesta, pero no esperaba encontrarte con… él— dijo barriendo a Ueda con la mirada y agregó con un tono aun más despectivo: —por cierto,  está prohibido llevar mascotas.


Esto último colmó la paciencia de Ueda provocando que se levantase a una velocidad que ninguno de los presentes puedo leer, tomando a Nishikido por las solapas y alzando un par de sentimetrsos del suelo.


—Vuelve a insinuar que soy un animal y te parto la cara— dijo apretando los dientes.

—Pues no deberías ir por ahí mordiendo a las personas, podrías provocar una epidemia— hizo una mueca de asco para provocarle más.—Jin, controlalo, ¿quieres?


Ueda apretó más su agarre.


—Vete al demonio, Ryo— dijo Jin, chasqueó la lengua y dió media vuelta.

—Bien, pero si tu perrito se pone a llorar no es mi problema 

—¿Cómo me llamaste?— los ojos centelleaban rojos de furia.

—Perrito— él y Yokoyama rieron al unísono, algunos johnnys que andaban cerca también lo hicieron.

—Te lo advertí, canalla.

—¿Qué vas a hacer? ¿Morderme, animal?— sonrió burlonamente.

—Si así lo quieres.


Ueda extendió sus brazos para tomar impulso y abrió la boca para preparar la mordida, mostrando unos inmensos y afilados caninos, de color marfil muy brillantes. Mas se vio frustrado en su acción al sentir las manos de Jin sujetandole cara y cabeza jalandolo hacia él, obligándole a soltar a Nishikido.


—¡Ah, bestia salvaje!— exclamó Nishikido retrocediendo con el rostro envuelto en miedo y sorpresa tropezando con sus propios pies, mientras que su acompañante rompía a carcajadas.


Jin abrazó a Ueda con fuerza por los brazos y se lo llevó a rastras del lugar.