—¿Podrías dejar de moverte? Intento curarte—se quejó el médico por décima ocasión.
—Puedo hacerlo solo—respondió Jin, moviéndose con brusquedad para impedirle continuar con su labor.
—Bien—dijo apretando los dientes. Lanzó el paño húmedo de vuelta a la cubeta y le dedicó una mirada enfadada—. Muérete de gangrena.
Jin le miró de igual manera. Los primeros tres días de encierro los habían soportado principalmente porque Jin había estado inconsciente, pero ahora que se encontraba despierto y después de haber conseguido su libertad, se había recluido por voluntad dentro de la enfermería. Su humor era sombrío, trataba terriblemente al chico que tenía por bien llevarles las comidas y todos los intentos del noble por llevarlo a trabajar habían sido infructuosos, además de comportarse como un niño cada vez que Nishikido intentaba curar sus heridas.
Al principio había intentado disuadirlo soltando comentarios desagradables cada tanto, pero como el médico los respondía con presteza, pasó a hacer berrinches de autosuficiencia bastante patéticos para un hombre de su edad.
El médico sabía que de no tratarse, el pirata tendría más que asegurada su muerte, lo que implicaba la suya propia.
—Tú lo quisiste—le advirtió antes de abandonar la enfermería.
No pasó mucho antes de que el médico regresará acompañado por el capitán, el noble y el cocinero, quienes al ver el deplorable estado de Jin entendieron de inmediato la situación. Como Kame no pintaba nada allí hizo la tentativa de marcharse, pero el médico lo retuvo en su su sitio con un fuerte agarre en el hombro y una sonrisa apologética.
—Tal vez la furia asesina que le despiertas le devuelva las ganas de vivir.
No tuvo la oportunidad de negarse, tanto el médico como Ueda le empujaron con fuerza hacia Jin. El impulso fue tal que cayó al suelo directo a sus pies. El pirata no hizo más que verlo con frialdad y soltar un gruñido, dándole al pequeño la oportunidad de salir pitando del lugar.
El capitán suspiró, aunque la escena había sido hilarante, le estaban haciendo perder el tiempo, por lo que se acercó a él y cuando se inclinó para tomar el paño, la cimitarra de Jin alcanzó su cuello.
—Ni se te ocurra.
La firmeza con que sujetaba la espada y la calmada ira que traslucía en su mirar no dejaron cabida a dudas de la seriedad de su amenaza.
—Pero qué infantil—bufó el capitán.
Se marchó, no sin antes palmear a Ueda en el hombro y desearle suerte a ambos chicos.
—Bueno, es tu turno. Sé un héroe, devuelve el favor.
Abandonó la enfermería. Ueda dudó en acercarse a Jin. El pirata no estaba enojado, lo sabía, sólo estaba haciendo berrinche y no era muy difícil adivinar la causa.
—¿Seguro que puedes solo?
Jin asintió y prosiguió a limpiar sus heridas, pero estas eran demasiadas y se hallaban en un área difícil de alcanzar, por lo que sólo logró que estas se abrieran más y comenzarán a sangrar.
Ueda no estaba seguro de si Jin seguiría negándose a su contacto, así que hizo un primer intento de tocar su mano al tomar el trapo húmedo y al ver que el pirata no retrocedía tomó asiento en el banquillo del médico y sumergió la tela en un balde de agua fresca y lo pasó sobre la espalda del pirata.
—Hay mejores formas de acabar con tu vida.
—¿Lo dices por experiencia?
Ueda negó con la cabeza y continuó su labor en silencio. Con cada roce del paño el cuerpo de Jin se estremecía. El noble estaba seguro de que el pelinegro hacía uso de todas sus fuerzas para acallar los quejidos de dolor que acudían a su garganta.
Tenía la carne saltada en varios sitios, a través de la sangre Ueda podía ver los bordes que el látigo del capitán había grabado y, bajo las heridas nuevas, adivinó otras viejas. No eran como las que ahora trataba, grandes, ásperas e irregulares, llenas de rabia. Las franjas plateadas casi ocultas eran delgadas y rectas; uniformes en su crueldad.
Se estremeció. Jin volvió el rostro a él.
—¿Pasa algo?
—Eres un idiota—soltó lo primero que se le ocurrió, tratando de ignorar la idea que se le había formado en la cabeza—. ¿Por qué no te defendiste?
Jin bajó la cabeza, ocultando su rostro entre las cortinas negras de su cabello.
—Es complicado.
La misma respuesta del capitán. Se preguntaba si alguna vez serían honestos con él. Siempre que parecían hacer una confesión, lo hacían en un lenguaje codificado que sólo ellos entendían. Él no tenía nada que ver con sus asuntos, pero lo habían arrastrado a ellos desde el primer día y ahora sentía que tenía derecho a saber, aunque fuera sólo lo más superficial.
Ya no podía seguir negándose, había desarrollado más que simpatía por esa banda de piratas, incluso por Jin a quien, por decir lo menos, había extrañado horrores desde que despertara después de la tormenta. No sabía si se debía a la costumbre de tenerlo siempre cerca o a lo fascinante y sorpresivo que era descubrir nuevos aspectos de él cada vez que se encontraban a solas.
—Lo siento—dijo con voz quebrada, incapaz de apartar los ojos de su sangrante espalda—. Es mi culpa, tú sólo querías mantenerme a salvo y yo...yo…
Estaba por romper a llorar. Jin se volvió por completo hacia él y con delicadeza limpió las lágrimas que asomaban a sus ojos.
—No importa.
Su voz salió extraña, era un murmullo bajo, suave e inconexo, tenía la torpe ternura de quien nunca ha sido amado y ahora se ve forzado a improvisar.
—No se podía evitar.
Ueda hizo lo posible por recuperar su aplomo.
—Si tan mal te pone, compensame.
Ueda le miró receloso, incluso en un momento así era seguro que Jin le haría una petición estúpida.
—¿Qué tienes en mente?
—Canta para mí.
Ueda rio un poco. Una petición ridícula viniendo de alguien como él.
—¿Qué canción?
—La que quieras. Tu canción favorita.
Jin parecía ir muy enserio. El noble secó algunas lágrimas que habían logrado escaparsele antes de cantar con voz tímida el primer par de versos que se le vinieron a la cabeza.
Mi intrépido caballero ha perdido su escudo
¿Es que un lobo se lo robó?
—No te escucho—dijo llevando una mano a la oreja en un exagerado ademán.
—Estoy recordando la letra—mintió.
Jin se recostó de costado en el catre, los ojos fijos en él. Ueda tomó un par de respiraciones más para calmarse. No era la primera vez que cantaba con público, lo había hecho infinidad de veces en fiestas y recitales, y se jactaba de tener una voz privilegiada, pero existía un abismo de diferencia entre cantar para un público conocedor y cantar para un hombre cuya distante personalidad te desconcierta, un hombre cuyo corazón permanece un misterio y que en un momento de increíble vulnerabilidad actúa de manera inverosímil.
Mi intrépido caballero ha perdido su escudo
¿Es que un lobo se lo robó?
Oh, quién le cuide su corazón
Oh, quién le cuide su corazón
Temeroso me preguntó
Con capa y con espada siempre lucha sin temor
Contra monstruos y bandidos, él jamás retrocedió
Pero un mal día en que el sueño le embriagó
Su escudo ya no encontró
Oh, quién le cuide su corazón
Oh, quién le cuide su corazón
Temeroso me preguntó
Comenzó como un suave canturreo que se deslizó sobre la marea, un sonido tan débil que bien podría ser el viento soplando a través de los ojos de buey del navío. Pero después de la segunda estrofa, su voz resonó sobre el murmullo del mar y el crujir de la madera. Un himno encantado que llegaba a los corazones de los piratas, que interrumpieron su labor, conmovidos con los recuerdos de una tierna infancia ya ida.
Mi intrépido caballero ha perdido su escudo
¿Es que un león se lo robó?
Oh, quién le cuide su corazón
Oh, quién le cuide su corazón
Temeroso me preguntó
A los ruidos y las sombras de la noche ahuyentó
Con orgullo y con valor, siempre lucha sin temor
Pero un mal día en que el sueño le embriagó
Su escudo alguien hurtó
Alguien vió al bravío dragón
Alguien vió al bravío dragón
Mi intrépido caballero ha perdido su escudo
¡Digan si alguien lo robó!
Oh, quién le cuide su corazón
Oh, quién le cuide su corazón
Resignado me preguntó
Con espíritu y coraje a la torre se dirigió
A demostrar su gran valía ante tan temible dragón
Maldiciendo aquel día en que el sueño le embriagó
Sin su escudo lo enfrentó
Oh, quién le cuide su corazón
Oh, quién le cuide su corazón
Eso ya no le preocupó.
La canción terminó con suavidad, la voz de Ueda colgando en el aire por un momento más antes de apagarse y despertarlo de su ensueño.
—Es una linda canción—dijo Jin cuando se repuso.
—Mamá solía cantarmela cuando estaba asustado.
—¿De qué?
—De la obscuridad. Imaginaba que existían toda clase de monstruos escondidos en ella—bufó—. Qué tontería, ¿no? Todos los monstruos habitan el mar.
Miró a Jin, quién a pesar del comentario le estaba regalando una sonrisa engreída
—Mi madre nunca me cantó algo así, jamás tuve miedo.
—¿Qué clase de niño no le tené a la obscuridad?
—Yo.
Ueda sabía que se estaba haciendo el chulo, por lo que tomó un paño seco que empapó en alcohol y lo pasó con brusquedad por el corte más largo.
Jin soltó un grito de dolor:—. ¡Ten cuidado, imbécil!
Ued rio y aprovechó la posición desventajas de Jin para dejarlo por completo bocabajo y atacar otro corte.
—¿Qué? ¿Le temes al dolor?
—No—gruñó.
—¿Entonces a qué le teme don perfecto? ¿A una vida decente? ¿Al matrimonio?
Jin guardó silencio, su rostro mostraba una seriedad distinta a la habitual. Era una expresión que le daba un aire patoso que se veía acentuado por la forma en que ladeaba la cabeza a medida que ahondaba en sus pensamientos.
—A las pelucas empolvadas y a esos calzoncillos que usas.
Ueda presionó el trapo con fuerza.
—¡Ah, pero si fui honesto!
—¡Se llaman calzas y son muy cómodas!
—Si tú lo dices.
Pasó el trapo empapado de alcohol a lo largo y ancho de su espalda, presionando con saña en las heridas menos cicatrizadas.
—¡Ya! Se supone que estás ayudándome no torturandome.
Ueda lanzó el trapo a la cubeta.
—Me salvaste la vida y como hombre honrado que soy, mostraré deferencia hacía tu persona hasta que haya saldado mi deuda. Aunque, debo admitir que no soy muy docto en el campo de la medicina y los trabajos manuales se me dan fatal y por ello te pido paciencia y que disculpas mis torpes maneras.
Dijo esto imitando la forma burlona en que Jin lo hacía cuando se dirigía a él de manera formal, a la par que untaba las heridas del pirata con el ungüento que el médico había preparado de antemano.
—¡Te perdono! ¡Te perdono!—exclamó reincorporándose de golpe—. Deuda saldada, ya no tienes que cuidar de mí
Los ojos de noble, antes húmedo por las lágrimas, brillaban con malicia.
—Es más complicado que eso—contestó ufano—. Nunca se está en paz con aquellos que nos han favorecido porque cuando no se les debe la vida, por poner un ejemplo, se les debe reconocimiento. No te preocupes, siempre cuidaré de ti.
Ueda pudo adivinar en la amarga expresión del pirata que aquella idea no le hacía una pizca de gracia y sin poder contenerse más soltó a reír a mandíbula batiente. Jin no pudo evitar reír también y pronto aquella atmósfera tensa se disipó por completo.
Ueda le colocó los vendajes con torpeza. Habían quedado flojos y se deshacían por un lado, pero Jin no se quejó y juntos marcharon a la bodega.
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