sábado, 20 de marzo de 2021

The Ocean At The End Of The Wolrld Capítulo 13

 

Capítulo 13

Había creído que al abrir los ojos el primer rostro con el que se encontraría sería el de Jin, sin embargo se encontró con el de Taguchi y, aunque eso le causó un cierto desencanto, la verdad es que este apenas duró pues la expresión de honesto alivio que mostraba su rostro le hizo despertar casi por completo.

Con su ayuda se reincorporó, ya no se sentía cansado ni débil, pero la prolongada inactividad había dejado su cuerpo entumecido. El capitán le ofreció un frasco de medicina de amargo olor que Ueda rechazó al instante.

—Es obvio que has vuelto por completo en ti—dejó el frasco sobre el buró—. ¿Cómo te sientes?

—Hambriento.

Recorrió la habitación con la mirada, era un lugar pequeño y rústico, escasamente amueblado y muy bien iluminado, con un aire cuyo frescor era totalmente distinto al del mar, verde. Cerró los ojos para hacerse a la idea de que al menos en tierra estaba completamente a salvo, luego dejó escapar un suspiro aliviado y volvió a abrirlos.

— ¿Dónde están?

—Kame te prepara algo de comer y Koki fue en busca de médico.

Ueda se sentía aliviado de saber que Koki no estaba a cargo de su alimentación; no conocía las habilidades culinarias de Kame, pero sabía que no podían ser peores que las que poseía el cocinero del Queen of Pirates; si tan sólo hubieran dejado con vida a su cocinero, su estancia en el barco sería menos penosa.

Dejándose llevar por sus pensamientos, estos fueron a concentrarse exclusivamente en Kame, en la traición-no-traición que éste había cometido contra él. Era algo confuso, incluso él mismo no llegaba entenderlo del todo. Sabía que el chico tenía buena disposición hacia él, que le agradaba y él le correspondía a sus afectos, y que además poseía muy buenas cualidades que le convertirían en alguien de confianza de no ser por el hecho de que trabajaba para alguien más. Ueda se atrevía a sospechar que ese alguien era Jin, de otra forma este último no estaría siempre dos pasos por delante de él, y era tal vez esa idea lo que le hacía incapaz de perdonarle.

Era frustrante pensar en Jin, especialmente porque lo hacía con más frecuencia de lo que le gustaba admitir. Desde que le conociera, el pirata no había hecho más que tomarle el pelo, empujarle a su límite y mostrarle que con él no existían puntos medios. Un momento le amenazaba a muerte y al siguiente parecía dispuesto a todo para mantenerle con vida.

Miró de reojo al capitán, sopesando la idea de preguntarle de por el paradero de su subalterno, pues-aunque no tuviera prueba alguna-estaba seguro de que Jin no se había pasado a verlo ni una sola vez. Pero antes de que llegara a una resolución, Taguchi dejó escapar un suspiro que denotaba su impaciencia.

—¿Pasa algo?

—Jin—respondió con sequedad—. Le pedí que viniera al mediodía, pero no ha venido ni una sola vez desde que tocamos puerto.

El tono que usó Taguchi le resultó extraño a Ueda, pues si bien Jin parecía vivir bajo sus propios preceptos, siempre había dado la impresión de obedecer a su capitán, así lo hiciera a regañadientes. Lo que sólo podía significar que aquel asunto de las cartas no había sido una mera treta para asustarle sino que en realidad estaba cometiendo traición.

Al notar que Ueda dejaba demasiado tiempo su mirada sobre él, el capitán le sonrió apenado.

—Lo siento, no quiero aburrirte con mis tontos problemas.

—No me aburres, después de todo también son míos.

En realidad las preocupaciones del capitán eran pocas, tampoco tenía mucho de qué hablar a ese respecto pues había pasado los últimos días cuidando de él y había dejado a sus oficiales a cargo de la reparación del barco y demás menesteres; hecho que conmovió un poco al noble. Se sentía agradecido con él, sin embargo no sabía cómo demostrarlo, así que se limitó a sonreírle sin su habitual reserva.

No pasó mucho tiempo antes de que Kame les llevara la comida; toda ella olía y se veía deliciosa, tanto así que había logrado hacerles agua la boca. Taguchi no se contuvo en felicitarlo, sorprendiéndose de no haber notado antes esa increíble cualidad suya, y aunque Ueda no felicitó al pequeño grumete como el capitán lo hiciera, sí le dio las gracias de todo corazón.

El capitán instaló una pequeña mesa para que pudieran comer con comodidad y rápidamente se enfrascaron en una amena charla que versaba en nada en particular. Ueda no olvidaba ni por un momento que Taguchi era alguien que había recibido una muy buena educación y que además gozaba de un extenso bagaje cultural por lo que era difícil aburrirse con él, además parecía ser alguien que tenía un profundo interés por las artes y eso para el noble tenía mucho peso. Hablando con él, exceptuando uno que otro chiste malogrado, Ueda se sintió como en casa; extrañamente arrobado y reconfortado.

No pudo evitar que una sonrisa escapara a sus labios, sonrisa que el capitán correspondió al instante y Ueda sintió los colores subir a su rostro. Intentó ocultar está indeseada reacción al cubrir su rostro con ambas manos para arrepentirse un momento después; no entendía por qué actuaba de esa forma tan infantil y tonta.

—¿Cuándo zarpamos?—preguntó para distraerse a sí mismo.

—Cuando te sientas listo. No quiero presionarte.

—Creí que eras de los que presionan—dijo con fingido rencor—. La primera vez sólo me diste cinco días, poco agradables a decir verdad.

Taguchi recargó el mentón sobre la palma abierta, su sonrisa era sutil, apenas una curvatura en la comisura de sus labios y sus ojos brillaban con cierta añoranza, como los del adulto que recuerda con cariño una travesura cometida cuando niño.

—Supongo que tienes razón. Aunque claro, en esa época no éramos amigos, ni siquiera conocidos.

Apenas dijo esto, Ueda alcanzó el frasco de medicina que reposaba sobre el buró y tomó la dosis que recordaba le habían estado dando. Taguchi le miró sorprendido por un instante para después volver a sonreír.

 

El médico llegó al anochecer, y en cuanto Ueda lo vio sintió una repulsión instantánea hacia él, producto de la primer impresión que su expresión enigmática-mezcla de interés científico e involuntaria piedad-le había dado, reproducida por la sensación de ya conocerle. Y no es que le conociera de cara y nombre, era que a lo largo de su vida Ueda se había encontrado con un puñado de personas que eran exactamente iguales a él; todos plebeyos que resultaban ser excepcionalmente buenos en algo y que por ello eran apadrinados por algún crédulo ricachón carente de herederos a los cuales dejarles algo y que, creyendo hacer un bien, lo que en realidad hacían era propagar un mal casi tan terrible como la peste. Las personas como Nishikido, que se creían mejores que sus hermanos de cuna y por ende les despreciaban, sólo lograban con esto mostrar la vileza y vulgaridad de su espíritu; así que barriéndole de pies a cabeza con la dignidad que su posición le permitía, dijo:

—Consígueme otro médico.

Aquel desprecio muchas veces sentido, hizo que la actitud engreída y rebosante de confianza del médico se desvaneciera. Se volvió a Taguchi en busca de apoyo, pero se encontró con que éste permanecía sereno, como si de antemano supiera que aquello iba a suceder.

—Por ahora tendrás que conformarte, es el único médico de la región.

Ueda despedía un aura de arrogancia y genuina superioridad pocas veces mostrada, como si de alguna u otra forma hubiera alcanzado ya su objetivo.

—Igual partimos mañana.

 

Tras terminar la revisión, Nishikido abandonó la finca a pie, rechazando el carro que habían tenido por bien prepararle, así como también a Koki quien se había ofrecido como su escolta.

Los intrincados caminos del lugar eran famosos por estar llenos de bandidos y salteadores de caminos, especialmente a altas horas de la noche, pero el médico no parecía estar preocupado en lo absoluto y se mostraba más ansioso por irse de allí que otra cosa. Koki, preocupado por su seguridad, mandó al pequeño Kame a vigilarle.

El médico se detuvo frente a la posada que siempre frecuentaba y dudó un poco antes de entrar, no muy convencido de si desquitar la herida infligida a su amor propio con alcohol era conveniente, pero nada más entrar sus ojos se toparon con el bicho raro que habían mandado para buscarle y para que recogiera las medicinas.

Fue a tomar asiento a su mesa frente a él, acción ante la cual el chico le alargó la botella de aceite de sándalo que le había dado unos días atrás.

—No sirvió—dijo volviendo toda su atención al plato que estaba comiendo.

—Lo noto—aceptó, pues el chico se veía bastante desmejorado comparado con su último encuentro.

—A propósito, tú también luces como mierda—agregó Jin, adivinando su pensamiento.

—Gracias—bufó para luego servirse  el poco licor que aún quedaba en la jarra—. Son insoportables, ¿cómo los toleras?

Jin se encogió de hombros y siguió comiendo. Nishikido dio un trago a su bebida y convencido de que al extraño chico no le molestaba su compañía, pidió un pescado menudo frito y otra jarra de licor.

A pesar de los nulos modales de Jin en la mesa y lo ruidoso que resultaba al comer, el médico se sintió cómodo y sintió cómo su enojó disminuía minuto a minuto. Tal vez se debiera a que el chico parecía completamente ajeno a ellos, ni su apariencia ni su personalidad casaban en lo absoluto con la apariencia ostentosa de quienes Nishikido supuso eran sus superiores, y parecía ser una persona bastante simple, acaso muy torpe socialmente.

Cuando no quedaba más que media jarra de licor en la mesa, el médico se dio cuenta de que los enrojecidos ojos de Jin y su estado de abotargamiento nada tenían que ver con la bebida que estaban consumiendo. En un movimiento instintivo y sin abandonar del todo su asiento, se inclinó hacia él por sobre la mesa para poder tomarle la temperatura, pero no llegó a hacerlo puesto que Jin aprisionó su mano cuando esta se encontraba a escasos centímetros de tocar su frente.

—¿Por qué lo ayudaste?

Su voz resultó ser inesperadamente firme y sus ojos, suspicaces, brillaban con una astucia insospechada.

—Creo que también estás enfermo—una vez más intentó alcanzar su frente, sólo consiguiendo que el chico aplicara más fuerza.

—Creí que no ayudabas a criminales—el tono que utilizó le hizo saber que no habría una tercera oportunidad.

—Porque parecías quererlo tanto—admitió por fin con una sonrisa burlona, casi sarcástica—. Tu desesperación y tu actuación de niño patético y asustado me convencieron, —bufó por lo tonto que había sido al dejarse engañar—me hicieron creer que harías cualquier cosa para salvarlo, sin importar la deuda que contrajeras.

Jin liberó el agarre y Nishikido pudo tomar por fin su temperatura; tenía un poco de fiebre.

—¿Cuánto tiempo llevas así?

—No lo sé, dos o tres…

—Tengo que revisarte. Pediré una habitación.

—Tengo una aquí.

El médico intentó dirigirse con la mayor discreción, temeroso de que dos enfermos provenientes de una misma embarcación, alertaran a la población de un mal que tal vez ni siquiera existía.

La revisión fue confusa. Si bien Jin exhibía los primeros síntomas de un resfriado, habían pasado demasiados días como para que no hubiese evolucionado ya. Era un cuadro sintomático que jamás había visto, ya que además de estornudar sin parar a intervalos irregulares, el chico decía sentir picazón tanto en ojos como en nariz.

—¿Es la primera vez que presentas estos síntomas? —preguntó un tanto confundido y Jin rio.

—No sabes lo que tengo, ¿cierto? Para ser el único y gran médico de la región eres bastante incompetente.

—¡No creo que haya alguien en el mundo capaz de saber qué demonios te pasa!

—Sólo necesito descansar—se dejó caer de lleno en la cama—. Me pasa cuando tocamos tierra en ciertas regiones.

Nishikido le vio sonarse la nariz repetidas veces con un pañuelo algo gastado que llevaba bordadas lo que supuso serían sus iniciales "AJ", hecho que despertó su interés pues hasta ahora no conocía ni su nombre de pila, cuando el pirata de seguro ya sabría todo acerca de él.

—Te daré algo para dormir—de su maletín sacó un frasco que contenía un líquido blanquecino—. Este debes beberlo, sólo una cucharada.

Jin se reincorporó con la ayuda de sus codos y le miró receloso.

—¿Qué es?

—Semillas de amapola molidas en cerveza.

Se reincorporó por completo y con cuidado se sacó las botas militares. No llevaba calzas sino unos pantalones marineros holgados y un saco algo grande para su talla que al quitárselo reveló una delgada camisa de algodón ajustada a la cintura por un fajín rojo deslavado del cual colgaban una pistola, una daga de rica hechura, una falcata, una pistola y lo que el médico se aventuró a adivinar era una granada, además de otros artefactos que nunca había visto. Era obvio que el chico era un pirata a diferencia de sus compañeros que iban cuidadosamente vestidos y a la moda. Casi había dudado de que en verdad lo fueran y se alegraba de que sus primeras conclusiones no estuvieran erradas. El pirata deshizo del fajín y lo dejó sobre el buró, luego tomó el mismo la dosis que el médico le indicara y se volvió a dejar caer en la cama.

—No le digas a nadie que me estoy quedando aquí.

No tardó mucho tiempo en quedarse dormido y cuando lo hizo, Nishikido aprovechó para revisar todo lo que el chico llevaba consigo, encontrando para alivio de su curiosidad que el chico cargaba consigo un pasaporte que le acreditaba como comerciante y en el cual descubrió, trabajaba para una importante casa de la realeza, también encontró algunos objetos más personales como lo eran la joyería que usaba de ordinario, una navaja bien afilada con el mango gastado -la cual supuso debía ser su favorita-, un cuaderno con notas cifradas, el dibujo de un chico de aspecto nervioso y afectado, una bolsa llena de dinero, y un anillo grabado con el escudo familiar de la familia Ueda, una familia cuyo dominio-si bien recordaba-se hallaba en el condado de Mice.

Fue una inspección bastante superficial pues no quería arriesgarse a que su pócima no hubiera surtido del todo su efecto y el pirata se levantara y le asesinara allí mismo, más lo temía ahora que sabía el chico tenía un temperamento abrasivo, además tenía mayor interés por lo que guardaba dentro de su cabeza; eso y saber a qué clase de personas estaba ayudando.

Se acostó en la cama junto a él, notando que su cuerpo despedía una calidez inusual en alguien como él, y dejándose llevar por esta cayó dormido casi al instante.

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