Jin siempre había sido alguien simple, un hombre precavido y de pocas palabras, es por ello que Koki no se sorprendió de escuchar su helada voz alzarse sobre el rumor de la batalla para preguntarle ¿Por qué? ¿Por qué demonios lo hizo? ¿Por qué permitió que Junnosuke lo hiciera?
"Quiere traerte de vuelta", sería la respuesta, porque aunque Taguchi pudiera ser muy lógico, había veces en las que hacía cosas raras o estúpidas, cosas que no tenían sentido en su persecución de su única obsesión: el dulce tónico de la superioridad.
"Préstame atención", parecía gritar, "¡Mírame sólo a mí!", porque, aunque los piratas no lo respetaran, aunque lo encontraran desagradable y hasta lo odiaran, no podían hacer nada. No mientras Jin permaneciera bajo su control y ese era el único poder real que tenía.
—Sabe lo que hiciste—mintió.
Jin se quedó en silencio y clavó sus enormes ojos, unos ojos que parecían reflejar el barco entero, el mundo entero, en él. Entonces se volvió hacía Ueda y alzó la espada, dejándola caer con un movimiento preciso y mortal.
Ueda gritó. Koki se lanzó hacía él para detenerlo, encontrándose con que Ueda estaba aterrorizado, pero vivo. Era un juego mezquino, pero la mezquindad era lo único que Jin tenía.
Koki sabía bien que su mayor ventaja se encontraba en el combate a distancia, el haberse criado junto a Jin le daba un conocimiento preciso de las habilidades que éste poseía, así como Jin tenía el mismo conocimiento acerca de él. No obstante, el asalto al barco no duraría mucho y tenía que acabar con él allí mismo.
Ninguno de los dos se contuvo en el primer ataque, el choque de espadas resonó una y otra vez mientras ambos piratas se desplazaban por todo el lugar, matando a todo aquel que se cruzara en su camino, ya fuera enemigo o aliado.
Pronto Koki se percató de que algo no andaba bien con Jin, sus movimientos empezaron a volverse pesados y su respiración se tornó dificultosa, parecía que en cualquier momento iría a desmayarse. La sangre que manaba de las heridas que aún no se habían cerrado por completo empapó su camisa y Jin falló la estocada. Si alguna vez iba a existir una oportunidad para él, se dijo, probablemente era ésa. Echó el brazo hacia atrás y golpeó con todas sus fuerzas a Jin en la cara.
El pelinegro resbaló hacía atrás, perdió la espada y cayó al suelo cuan largo era. Koki la atrapó y al cabo de un segundo estaba de pie junto a él, contemplándolo.
—Adelante, mátame.
La nariz de Jin sangraba, dibujando un trazo escarlata sobre su rostro. Un moretón ya le estaba saliendo en la mejilla y parecían un poco asustado, pero Koki podría haber jurado que había una sonrisa burlona en sus ojos. ¡Estaba sonriendo!. Tal vez Kame tenía razón sobre él, pensó Koki. Tal vez realmente Jin no sólo era raro, diferente o difícil, sino que estaba completamente loco.
Alzó la espada para acabar con él, justo al tiempo en que Jin se levantaba disparado del suelo más rápido que la vista. Pareció volar en el aire, efectuando un vacilante salto mortal hacia atrás y aterrizando apenas a treinta centímetros de distancia. Al hacerlo, lanzó una patada y golpeó la mano de Koki. La patada lanzó la espada por los aires, Jin la atrapó al vuelo y lanzó un mandoble con ella en dirección al corazón de Koki. Éste saltó atrás y la hoja hendió el aire justo en frente de él, haciendo un corte en la parte delantera de la camisa. Koki sintió un dolor punzante y percibió cómo la sangre manaba de un tajo poco profundo sobre su pecho.
Jin no era el único capaz de saltar. Se abalanzó sobre él, agarrándolo por la cintura y derribandolo, cayendo ambos al suelo, arañándose y golpeándose violentamente contra la borda destruida.
Koki se lanzó contra la espalda herida de Jin, clavándole los dedos; Jin sólo hizo una mueca de dolor y lo golpeó en la cara con el codo. La boca del pirata se llenó con el sabor metálico de su sangre, atragantándose con ella mientras rodaban el uno sobre el otro propinándose puñetazos. Sintió el frío impacto del agua estrellarse contra ellos y el sonido de una detonación cercana los aturdió, sin embargo su consciencia estaba más despierta que la de Jin, y sin pensarlo dos veces aferró las manos a su garganta.
Jin soltó boqueadas desesperadas en busca de aire, entonces alcanzó el meñique izquierdo de Koki y comenzó a jalar hacia atrás con todas sus fuerzas. Tanaka lanzó un grito que le sonó como distante, pero Jin no paró hasta que se aseguró de que su muñeca se hubiera roto, sólo entonces se lo sacó de encima y se arrastró por cubierta buscando un arma. Ambos se encontraban en clara desventaja.
Koki fue el primero en ponerse en pie y fue tras él, pero para ese entonces Jin ya había alcanzado un bote salvavidas y usando un remo como arma lo golpeó en las piernas, tirándole al suelo, luego se abalanzó sobre él y medio arrodillado sobre su pecho, con una rodilla clavándose con fuerza en sus costillas, le miró triunfal. Sus ojos centelleaban desde una máscara de pólvora y sangre. Algo brillaba en su mano derecha, era el cuchillo que Kame le había dado. La punta descansando directamente sobre su corazón.
—¡No lo hagas!—escuchó la súplica de Ueda como un eco de la suya.
—Lo mataron.
—Tú sabes que no fue él.
—¡Lo sabía y lo dejó!—bramó Jin.
—Entiendo tu enojo, pero te imploro, sé mejor que ellos. Haz lo que ellos no pudieron. Demuestra la gracia de la misericordia en lugar de esta mezquina crueldad.
—¿Me pides que tenga piedad de alguien que me ha lastimado? No me conoces en lo absoluto, ¿verdad, Ueda?
La punta perforó la piel de Koki, enviando una ardiente punzada de dolor a través de su cuerpo. El rostro de Jin estaba a centímetros de distancia; su voz era un susurro sibilante.
—Nunca fue personal.
Jin presionó sobre el cuchillo, retorciendo la empuñadura. Koki se arqueó hacia atrás con un grito, y un dolor insoportable le estalló como un relámpago tras los ojos. “Voy a morir, pensó, se acabó.” Se preguntó si ya le habría perforado el corazón. No podía moverse, ni podía respirar. Supo entonces lo que debían de sentir las mariposas clavadas sobre una cartulina que tanto le gustaba coleccionar al capitán. Intentó hablar, intentó decir su nombre, pero nada salió de su boca excepto más sangre. Y sin embargo Jin pareció leer sus pensamientos.
—Lo hago por él.
La oscuridad entró a raudales desde los bordes de su visión, igual que tinta derramándose sobre una carta de navegación, tapando la imagen y perdiéndolo en el mar. De pronto no hubo ningún dolor. No sintió nada, ni siquiera el peso de Jin sobre él, como si estuviese flotando. El rostro de Jin se diluyó sobre él, blanco contra la oscuridad.
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