El médico encargado indicó que debía toda la noche permanecer internado para monitorearlo y asegurarse de que su estado no empeorara. Él no quería estar ahí, se sentía solo y enjaulado, pero sabía que habían puesto guardias en su puerta por lo que ocurrió la última vez que estuvo hospitalizado.
Se quitó la bata, ya no le importaba estar al desnudo, quería escapar sin importar qué, así tuviese que saltar por la ventana lo haría, se acercó a ella para analizar la caída que realmente era alta pues se encontraba por encima de los diez pisos; a esa altura, la vista de la ciudad ante él era sumamente hermosa, pareciera que el cielo hubiese volcado todas las estrellas del firmamento sobre la Tierra para iluminar las calles dejando sobre el nocturno lienzo negro una solitaria luna plateada coronando la Torre de Tokio, "¿Cómo sería escalarla?", sintiose enamorado de la noche, deseaba recorrer aquél laberinto de luces y sombras, muros y asfalto, saber qué se extiende más allá del horizonte. Las sienes le punzaban y de ellas nacía un dolor agudo que se expandía desde el cerebro hasta la quijada, con los pelos de punta y un corazón violento miró como sus dedos se alargaban crujiendole los huesos y estirándose la piel, las gruesas uñas le crecían curvas dejando marcas en el alfeizar de la ventana mientras los olores de alrededor, de por sí ya intensos, le inundaban las fosas nasales y el bullicio se la ciudad le saturaba los oídos de toda clase de sonidos, lamentos, risas, llanto, gritos, sirenas, balazos, ladridos y demás, abrumandole la cabeza sobremanera. Era una sensación familiar, se sentía casi como aquella ocasión en casa de Jin, pero esta vez había algo diferente, era menos emocional aunque los síntomas eran prácticamente los mismos, llegó el punto en qué dejó de razonar y saltó al vacío, una vez alcanzado el suelo comenzó a trotar con sus cuatro patas a dónde su instinto lo guiase.
Subía el sol y, con él, Ueda por las escaleras de su apartamento, entró con sigilo asegurándose de no despertar a su compañero. Con prisa se dió un regaderazo para deshacerse de la suciedad que le cubría, nuevamente se rasuró el cuerpo, se sacudió como un perro y se dirigió a la cocina donde bebió un litro de leche entero, luego devoró manzana y media de tan sólo tres mordidas, sacó de refrigerador un par de filetes de res y media docena de huevos, miró la pequeña parrilla eléctrica, "¿Por qué no compre una estufa?", la comida tardaría en cocerse así que simplemente se lo comió en crudo, no sintió asco, por el contrario, la carne le supo más deliciosa de lo normal, "Debe ser el hambre" pensó, "Ahora sí, a descansar", salió de la cocina y se encontró con Jin sentado en el sofá entretenido en revisar un álbum de fotos personal de Ueda.
—¿Qué haces con mis cosas?
—¡¿Qué haces aquí?!— preguntó sobresaltado aventando el álbum tras de sí —Creí que estabas en el hospital.
—No, ya me dieron de alta—. ¿Cuéntame, qué hacías?
—Oye, tienes el pelo mojado y además estás desnudo.
—Ah, cierto.
—Ve a secarte y ponte algo, nudista— dijo desviando la mirada.
—Ok.
Busco una toalla y se secó lo más que pudo, luego la ató a su cintura y se fue a recostar al sofá reposando su cabeza en el regazo de Jin.
—Entonces dime, ¿qué hacías?
—Ya te lo dije: nada— respondió deslizando los dedos por la cabeza de Ueda acariciándole el cuerpo cabelludo erizandole la piel.
Jin comenzó a aplicarle un masaje acariciándolo con la yema de los dedos a un ritmo suave y afectuoso, un masaje que le resultaba sumamente placentero, no recordaba ser tan sensible a ese tipo de tacto y sintiose estremecer cuando los serpenteantes dedos se desplazaban a través de su nuca hasta la oreja justo por encima del hélix mayor, a lo cual no puedo evitar dejar escapar un pequeño sonido gutural de placer que poco a poco iba en aumento multiplicándose conforme continuaban las caricias.
—¿Tat, estás gruñendo?— preguntó Jin un tanto consternado, deteniéndose.
—Eh, no.
—Estoy casi seguro de que sí.
—No... Sigue, por favor— suplicó con aguda voz, y el chico obedeció, aunque con cierto recelo.
Ueda se contuvo y fue más precavido con sus reacciones hasta que el menor se tranquilizara y la situación se normalizara, de pronto la mano Jin se enfocó únicamente en tentarle la oreja con suma curiosidad.
—Pero...— asombrado apartó la cortina de cabello que le cubría el pabellón auricular— ¡Pero qué orejas más grandes tienes! No recordaba que fueran así.
—Son para oírte mejor— dijo girandose hacia él.
—¡Qué ojos tan grandes tienes!
—Sn para verte mejor— extendió su mano para alcanzar el rostro de Jin.
—¡Qué manos tan grandes tienes!
—Son para abrazarte mejor— dijo sonriendo
—¡Qué boca tan grande tienes!
—Para besarte mejor— sujetó al menor con ambas manos y lo apresó en un profundo beso.
Al principio dulce, sin embargo Ueda comenzó a excitarse con rapidez dejándose llevar por su pasión desenfrenada, adoptando una actitud cada vez más salvaje cortándole la respiración con el continúo movimiento de su lengua y labios, Jin intentó separarse, sofocado y jadeante, pero Ueda se aferró renuentemente a él, cual feroz animal que intenta evitar el escape de su presa que insegura comenzaba a ceder, mas el visceral espíritu que albergaba Ueda se estaba descontrolando y mordió al chico entre sus brazos, éste le empujó de forma violenta para librarse de él, llevándose unos terribles arañazos donde Ueda intentara aferrarse queriendo evitar la inexorable caída.
—¡¿Qué demonios pasa contigo, imbécil?!— exclamó Jin molesto.
Ueda no respondió, se quedó inmóvil en el suelo, estupefacto, viendo como del labio inferior del chico brotaban las brillantes gotas carmesí.
—Eso no me gustó para nada, Ueda. ¿Es que acaso eres un animal?— al ver que no respondía su irritación aumentó. —¡Sabes qué!, al carajo. Te veo luego.
Se levantó del sofá, se puso una sudadera y se marchó sin más. Ueda permaneció justo dónde cayó, atónito aún por lo ocurrido, siempre había deseado a Jin, lo amaba, pero su deseo nunca fue así de intenso, jamás había tenido un impulso tal que lo orillase a lastimarlo, y lo peor era que ése deseo codicioso y crue,l permanecía latente en su pecho a pesar de que sabía estaba mal y probablemente Jin no lo aceptaría de ninguna manera, se sentía enfermo. Se tumbó en la alfombra intentando ocultar con las manos en el rostro sus vergonzosos pensamientos, cerró los ojos y se durmió.
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