Capítulo 6
Jin estaba sentado con las piernas cruzadas sobre
su arcón, mirándole como si llevara rato esperándole.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Ueda receloso desde la
puerta, alzando un poco el candil para poder ver mejor al pirata.
—Traje los registros—contestó mostrándole el
cuaderno con el que había estado jugando de manera distraída—. El capitán
quiere que los tengas.
Ueda se acercó a él y alargó la mano para tomar el
cuaderno, pero Jin lo apartó de su alcance.
—No dije que te los daría.
—El capitán quiere que yo los tenga—rezongó.
—Debiste tomarlos de su camarote hace unos días
cuando te nombró contramaestre—Ueda notó cierto dejo de rencor en su voz—.
Aunque, claro, no eres muy listo y cuando toquemos puerto en un par de días y
no tengas el informe completo...—lo dejó al aire, dedicándole una mirada
socarrona.
—No voy a caer—le espetó molesto—. Sólo debo
decirle a Taguchi que no quieres dármelos y asunto resuelto.
—Entonces te convertirás en su perro faldero. Buena
jugada, muy propia de alguien de tu clase.
Su voz estaba llena de malicia y Ueda supo que el
pirata había encontrado su talón de Aquiles.
—Bien—escupió—. ¿Qué quieres a cambio?
Con extremada lentitud, Jin paseó su mirada por el
apenas iluminado camarote, sin detenerse en nada en particular y sin mostrar el
más mínimo interés en lo que allí había. Era obvio que lo que quería no se
encontraba allí, ni siquiera en el valioso baúl sobre el que estaba sentado,
entonces sus ojos se posaron sobre él y sus labios se curvaron en una apenas
perceptible sonrisa.
—Tu anillo.
Los ojos de Ueda se abrieron con sorpresa. De todo
lo que pudiera haberle pedido, había optado por el anillo que llevaba grabado
el escudo de su familia y que permitía a cualquiera reconocerle como miembro de
la nobleza.
—No—dijo firmemente.
—Bien—de un brinco se puso en pie, intimidando a
Ueda con su estatura y complexión—. Disfrutaré tirando tu cadáver al mar.
—El capitán no lo permitiría—siseó retador.
—Ni siquiera él puede detener a una horda de
hombres enfurecidos.
Con un ligero empujón apartó al noble de su camino
y abandonó el camarote. Éste, dudó en si debía ir tras él, todo podría bien ser
una trampa como la vez en que le engañó para encerrarlo junto a un cadáver,
pero no quería arriesgarse. Ser el objeto de risa de todos sonaba mejor a
enfrentarse a una turba de piratas enardecidos.
Salió tras de él, al final del obscuro pasillo pudo
vislumbrar la figura de alguien moverse y sin pensarlo, echó a correr con todas
sus fuerzas y se lanzó esperando derribarlo, sin embargo, el impacto no fue
cómo esperaba pues el cuerpo de Jin cedió con facilidad y el quejido que escapó
de sus labios fue demasiado agudo, similar a un pitido.
—¿Kame? —preguntó adolorido, apartándose de él.
—Sí—contestó con voz lastimera—. Eso dolió.
—Es tu culpa por andar por los pasillos sin luz.
—¡Pero tú eres el que se lanzó corriendo contra mí!
—Tu deber era apartarte de mi camino—ultimó
poniéndose en pie—. ¿Has visto al gorila?
—Si se entera que lo llamas así va a matarte.
—Lo has visto, ¿sí o no?
—No—se puso en pie—. Pero sé dónde pasa la noche.
Kame le guió con suma cautela a través de un
laberinto de pasillos y apartamentos; sorteando con precisión a los piratas que
dormitaba tranquilos y evitando con eficacia a los que seguían despiertos.
Fueron demasiadas las molestias que se tomaron para salir a cubierta, pensó
Ueda, pero teniendo en cuenta que habían salido a un costado el camarote
principal, justo en el punto ciego del vigía, era razonable que Kame no
quisiera ser descubierto rondando por ahí a esas horas de la noche.
—¿Dónde duerme? —preguntó en un susurro mientras
miraba en derredor en busca del pirata.
—Con el capitán.
Eso era algo que Ueda no esperaba; siendo Jin todo
lo macho que era con su barba y bigotes, además de su gran complexión, jamás se
imaginó que sostuviera una relación de tal índole con su capitán.
—Kame, debiste haber dicho eso antes—le reprendió—.
Creo que me iré consiguiendo otro asistente. No eres muy útil. ¡Si entro ahora
sólo Dios sabe lo que podría encontrar!
—¡Sólo debes ir por los registros! ¡No es gran
cosa! Yo cumplí con traerte.
—¡Dios, Kame! La sola insinuación ofende. Aunque
eres todavía un niño y no lo entiendes—agregó más calmado, luego hizo una corta
pausa y le miró inquisitivo—. Yo jamás mencioné los registros.
Kame soltó un montón de excusas ininteligibles que
Ueda supuso estaba acostumbrado a decir. Se le veía a la defensiva y decidió
que lo mejor era dejarlo pasar. Ahora entendía a qué se refería el capitán
pirata cuando dijo que la personalidad del chiquillo había quedado un tanto
torcida.
—Lo mejor será que regrese. Hasta mañana, Kame.
—Hasta mañana, señor. Que descanse.
El camino de vuelta no le pareció tan complicado
como Kame lo había hecho ver y pronto se vio de vuelta en su camarote donde encontró
a Jin sentado sobre la cama, leyendo una de las novelas que había encontrado en
su equipaje.
—No durarías dos minutos en combate—le saludó sin
levantar la vista—. Ni siquiera notaste que estaba parado detrás de ti en el
pasillo.
—¿No deberías estar con tu capitán? —dijo
tajante, arrebatándole el libro.
—No creo que le importe siempre y cuando cumpla con
mi parte—su voz, como cada vez que se refería a su capitán, mostraba animadversión—.
Además, hoy le toca a Tanaka.
Ueda no dijo nada, creyó entender por qué el pirata
siempre parecía estar molesto y sin pensarlo fue a sentarse junto a él en la
cama y le regaló un par de palmadas reconfortantes en la espalda.
—Si sirve de algo puedes pasar la noche aquí.
Esta vez fue Jin quien le miró receloso.
—¡No voy a hacerte el favor! —exclamó apartándose
un poco de él.
—¡¿QUÉ?! ¡No, no, no, no! —se alejó de él bruscamente—.
Sólo digo que sé lo difícil que es...con todo lo que está pasando. Debe ser cansado
y duro, muy duro y…
Los oscuros ojos del pirata le miraron con intensa
curiosidad, como si intentara descifrar algo más allá de su comprensión,
entonces Ueda apartó la mirada avergonzado. Nunca había sido bueno consolando a
otros. Lo era pésimo consolándose a sí mismo.
—Sólo digo que también he estado ahí.
—Vale—dijo al cabo de un corto silencio—. Cuando Junno
esté con ese idiota pasaré la noche aquí.
La cama no era precisamente grande y aun así el
pirata se las arregló para arrinconarse y dejarle un espacio. Ueda titubeó
antes de recostarse a su lado. No quería verse involucrado en el medio de un
conflicto amoroso. No obstante, la idea de pasar la noche en un lecho caliente
en lugar del suelo pudo más que él, así que aceptó el pequeño espacio que le
ofrecía y casi al instante, mecido por la acompasada respiración del pirata y
la inesperada calidez que su cuerpo emanaba, se quedó dormido.
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