lunes, 23 de noviembre de 2020

The Ocean At The End Of The World Capítulo 7

 

Capítulo 7

Una sonrisa se formó en su rostro cuando vio a Jin abandonar el camarote de Ueda poco antes del alba. El primer oficial se notaba nervioso mientras con cautela intentaba llegar al lugar desde el que se supone debía haber estado haciendo la guardia. Él era el único testigo y sabía que su sola palabra podría hundirlo.

Se relamió los labios, ya podía disfrutar el daño que esto haría a la confianza que ciegamente Taguchi profesaba al pirata. Quería ver la duda asaltar el rostro de su capitán, el terror instantáneo que invadía la mirada de Jin cuando esta clase de cosas pasaban, pero, sobre todo, quería que los ojos del capitán se abrieran a la verdad y se diera cuenta de que todo este tiempo había sido engañado.

Jin era débil. Un hombre que ocupaba sus pensamientos en cuestiones que nadie entendía. Era alguien lleno de dudas, un niño a la espera de algo que nunca llegaría. Aunque eso era algo que no todos podían ver, se dejaban engañar por su arrogante actitud y su personalidad distante, pero él podía ver la verdad. Siempre la había visto.

Aún recordaba el día que lo conoció. Fue a mitad de la noche cuando el aquel entonces capitán de la embarcación le trajo. Sus ropas estaban llenas de sangre y su cara estaba sucia por las lágrimas secas y el hollín. Sus oscuros ojos, abiertos como platos, miraban asustados todo a su alrededor, hasta que se toparon con los suyos. Recuerda haberle dedicado una sonrisa amable en un intento de reconfortarle. Funcionó. Tras un momento de titubeo le devolvió una débil sonrisa y soltándose del agarre del capitán fue a su encuentro, le tomó de la mano en un agarre débil y tembloroso. Fue entonces que supo que Jin siempre sería ese niño débil y asustado.

Volvió al camarote donde Taguchi yacía recostado sobre la cama, la débil luz que se filtraba le permitió ver que estaba despierto con los ojos bien abiertos, mirándole con curiosidad.

—¿Pasa algo, Koki? —preguntó a la par que se reincorporaba. Koki se encogió un poco de hombros—. Nada especial.

La sonrisa del capitán apareció, era una sonrisa astuta y su mirada era inquisitiva, pero no dijo nada, prefirió ponerse en pie y arreglar el desorden de mapas y documentos con los que habían trabajado durante casi toda la noche.

Él, por su parte, tomó asiento a la mesa, esperando a que Jin apareciera junto con los primeros rayos del sol.

Era curiosa la forma en que la luz se colaba dentro de la espaciosa habitación; lo hacía a través de una grieta cercana a la puerta, lo suficientemente grande para iluminar la cama donde el capitán pasaba sus noches. “Me hace sentir seguro”, le había dicho una vez cuando sugirió arreglarla, “Es muy útil, ¿sabes? Si la luz se extingue sé que alguien se acerca. Ni siquiera Kame puede sortear esta trampa”. Y era cierto, no era una grieta que pudiera distinguirse a simple vista.

La luz se extinguió y la puerta se abrió casi al instante para revelar a Jin quien venía cargando una bandeja repleta de comida.

—Demasiado temprano—se quejó el capitán quitando el último mapa de la mesa—. Te he dicho mil veces que no abuses así de mi cocinero.

—Considerando el festín que esa rata se da a nuestras expensas, creo que cocinará para mí a la hora que quiera—depositó la bandeja sobre la mesa—. Sírvanse.

Durante el desayuno hablaron de todo aquello que no podían hablar en presencia de Ueda, y trazaron en rasgos generales el plan que debían seguir para alcanzar lo que los tres ansiaban más que nada en el mundo: venganza.

Así, cuando Ueda apareció para desayunar, los tres piratas ya se habían levantado de la mesa y se disponían a trabajar, pero la expresión ofendida que el noble les dirigía desde el umbral les hizo detenerse sólo para poder presenciar otro más de sus berrinches.

—Parece que ya no soy bienvenido aquí.

—No es personal—dijo Koki dedicándole una de sus despreocupado sonrisas—. Es sólo que hay mucho trabajo y muy poco tiempo.

—Personal o no, es muy descortés—airado, clavó su mirada en Jin—. Y tú, es mejor que me devuelvas el anillo que tomaste mientras dormía.

Jin le miró con su habitual indiferencia, como si no supiera a qué se refería y el capitán, por su parte, paseó una curiosa mirada de Ueda a Jin.

—¿Te metiste a la cama con él por un anillo? —se burló Koki, volviéndose a Jin—. Somos piratas, no entretenidas. Aunque teniendo en cuenta tu origen…

Con increíble velocidad, Jin se abalanzó contra él, empujándolo contra la atornillada mesa y le habría atravesado la garganta con su afilada daga de no ser por la oportuna intervención de Taguchi, quien sostenía con fuerza el brazo del pirata.

—Jin, basta.

Su voz, más que parecer una orden, era un intento de hacerle entrar en razón.

Jin gruñó por toda respuesta.

—¡Jin!

Repitió, ejerciendo más presión sobre su brazo, logrando así que Jin apartara el arma. Sin embargo, su aura asesina no disminuyó en lo más mínimo.

—Ve afuera y cálmate.

Por toda respuesta, Jin chasqueó la lengua y se deshizo del agarre de su capitán con un brusco movimiento.

Taguchi ayudó a Koki a reincorporarse, revisó que la herida no fuera grave y cuando se aseguró de que la sangre que escurría por su cuello provenía de una herida superficial, le dijo: —Cuida tu boca.

—¿Qué? —se rio—. ¿No soporta el hecho de saber que es el hijo de una ramera cualquiera?

Jin le volvió a atacar, sólo que esta vez le atinó un puñetazo en la quijada que casi lo tira al piso y que le sangró la boca. En esta ocasión Taguchi no ayudó a Koki y dejó que Jin se marchara.

—Lamento que hayas presenciado esto—dijo Taguchi por fin, volviéndose a Ueda—. Este par de chicos son de carácter impetuoso como podrás ver. Te pido disculpas, y, en cuanto a tu anillo, te será devuelto sin la menor dilación. Salvo que sea el pago por algún servicio.

Al decir esto, sus ojos brillaron con algo parecido a la ira, y Ueda se vio atrapado entre su miedo, la burlona sonrisa de Koki y la ira contenida del capitán.

—Fue un pago a cambio de los registros—dijo al cabo de un momento, temeroso de que su respuesta empeorara las cosas—, pero me dio sólo la mitad de ellos.

La mentira era palpable, pero ninguno hizo nada por desmentirla.

Ya apaciguado, el capitán le sonrió de manera tranquilizadora y le recordó la importancia de la honestidad en una sociedad como lo era la suya, luego abandonó el camarote tras advertirle al chico del parche que no pusiera un pie fuera hasta nuevo aviso.

—¿Estás bien? Estás sangrando.

—Se me fue un poco la mano—rio despreocupado—. ¿Tú cómo estás?

Ueda no sabía cómo responder a esa pregunta, así que con manos temblorosas le extendió a Koki su pañuelo para que se limpiara la sangre.

—Me hubieras pedido los registros, te los hubiera conseguido sin problemas.

Ueda asintió con un leve movimiento de cabeza, se le veía pensativo, y eso le preocupó.

—¿Seguro que estás bien?

—Sí—le aseguró, recobrando la compostura—. No creo lograr acostumbrarme a él jamás.

—Y no deberías, es un salvaje.

Le miró de hito en hito, y tras descartar cualquier sospecha de que Ueda cooperaba de alguna forma con Jin, le sonrió jovial.

—Vamos a desayunar, ya que no puedo salir de aquí.

—Claro, buscaré a Kame.

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