Una sonrisa se formó
en su rostro cuando vio a Jin abandonar el camarote de Ueda poco antes del
alba. El primer oficial se notaba nervioso mientras con cautela intentaba
llegar al lugar desde el que se supone debía haber estado haciendo la guardia.
Él era el único testigo y sabía que su sola palabra podría hundirlo.
Se relamió los
labios, ya podía disfrutar el daño que esto haría a la confianza que ciegamente
Taguchi profesaba al pirata. Quería ver la duda asaltar el rostro de su
capitán, el terror instantáneo que invadía la mirada de Jin cuando esta clase
de cosas pasaban, pero, sobre todo, quería que los ojos del capitán se abrieran
a la verdad y se diera cuenta de que todo este tiempo había sido engañado.
Jin era débil. Un
hombre que ocupaba sus pensamientos en cuestiones que nadie entendía. Era
alguien lleno de dudas, un niño a la espera de algo que nunca llegaría. Aunque
eso era algo que no todos podían ver, se dejaban engañar por su arrogante
actitud y su personalidad distante, pero él podía ver la verdad. Siempre la
había visto.
Aún recordaba el día
que lo conoció. Fue a mitad de la noche cuando el aquel entonces capitán de la
embarcación le trajo. Sus ropas estaban llenas de sangre y su cara estaba sucia
por las lágrimas secas y el hollín. Sus oscuros ojos, abiertos como platos,
miraban asustados todo a su alrededor, hasta que se toparon con los suyos.
Recuerda haberle dedicado una sonrisa amable en un intento de reconfortarle.
Funcionó. Tras un momento de titubeo le devolvió una débil sonrisa y soltándose
del agarre del capitán fue a su encuentro, le tomó de la mano en un agarre
débil y tembloroso. Fue entonces que supo que Jin siempre sería ese niño débil
y asustado.
Volvió al camarote
donde Taguchi yacía recostado sobre la cama, la débil luz que se filtraba le
permitió ver que estaba despierto con los ojos bien abiertos, mirándole con
curiosidad.
—¿Pasa algo, Koki? —preguntó
a la par que se reincorporaba. Koki se encogió un poco de hombros—. Nada
especial.
La sonrisa del
capitán apareció, era una sonrisa astuta y su mirada era inquisitiva, pero no
dijo nada, prefirió ponerse en pie y arreglar el desorden de mapas y documentos
con los que habían trabajado durante casi toda la noche.
Él, por su parte,
tomó asiento a la mesa, esperando a que Jin apareciera junto con los primeros
rayos del sol.
Era curiosa la forma
en que la luz se colaba dentro de la espaciosa habitación; lo hacía a través de
una grieta cercana a la puerta, lo suficientemente grande para iluminar la cama
donde el capitán pasaba sus noches. “Me hace sentir seguro”, le había dicho una
vez cuando sugirió arreglarla, “Es muy útil, ¿sabes? Si la luz se extingue sé
que alguien se acerca. Ni siquiera Kame puede sortear esta trampa”. Y era
cierto, no era una grieta que pudiera distinguirse a simple vista.
La luz se extinguió y
la puerta se abrió casi al instante para revelar a Jin quien venía cargando una
bandeja repleta de comida.
—Demasiado temprano—se
quejó el capitán quitando el último mapa de la mesa—. Te he dicho mil veces que
no abuses así de mi cocinero.
—Considerando el
festín que esa rata se da a nuestras expensas, creo que cocinará para mí a la
hora que quiera—depositó la bandeja sobre la mesa—. Sírvanse.
Durante el desayuno
hablaron de todo aquello que no podían hablar en presencia de Ueda, y trazaron
en rasgos generales el plan que debían seguir para alcanzar lo que los tres
ansiaban más que nada en el mundo: venganza.
Así, cuando Ueda
apareció para desayunar, los tres piratas ya se habían levantado de la mesa y
se disponían a trabajar, pero la expresión ofendida que el noble les dirigía
desde el umbral les hizo detenerse sólo para poder presenciar otro más de sus
berrinches.
—Parece que ya no soy
bienvenido aquí.
—No es personal—dijo
Koki dedicándole una de sus despreocupado sonrisas—. Es sólo que hay mucho
trabajo y muy poco tiempo.
—Personal o no, es
muy descortés—airado, clavó su mirada en Jin—. Y tú, es mejor que me devuelvas el
anillo que tomaste mientras dormía.
Jin le miró con su
habitual indiferencia, como si no supiera a qué se refería y el capitán, por su
parte, paseó una curiosa mirada de Ueda a Jin.
—¿Te metiste a la
cama con él por un anillo? —se burló Koki, volviéndose a Jin—. Somos piratas,
no entretenidas. Aunque teniendo en cuenta tu origen…
Con increíble velocidad, Jin se abalanzó contra él, empujándolo contra
la atornillada mesa y le habría atravesado la garganta con su afilada daga de
no ser por la oportuna intervención de Taguchi, quien sostenía con fuerza el
brazo del pirata.
—Jin, basta.
Su voz, más que parecer una orden, era un intento
de hacerle entrar en razón.
Jin gruñó por toda respuesta.
—¡Jin!
Repitió, ejerciendo más presión sobre su brazo,
logrando así que Jin apartara el arma. Sin embargo, su aura asesina no disminuyó
en lo más mínimo.
—Ve afuera y cálmate.
Por toda respuesta, Jin chasqueó la lengua y se
deshizo del agarre de su capitán con un brusco movimiento.
Taguchi ayudó a Koki a reincorporarse, revisó que la
herida no fuera grave y cuando se aseguró de que la sangre que escurría por su
cuello provenía de una herida superficial, le dijo: —Cuida tu boca.
—¿Qué? —se rio—. ¿No soporta el hecho de saber que
es el hijo de una ramera cualquiera?
Jin le volvió a atacar, sólo que esta vez le atinó
un puñetazo en la quijada que casi lo tira al piso y que le sangró la boca. En
esta ocasión Taguchi no ayudó a Koki y dejó que Jin se marchara.
—Lamento que hayas presenciado esto—dijo Taguchi
por fin, volviéndose a Ueda—. Este par de chicos son de carácter impetuoso como
podrás ver. Te pido disculpas, y, en cuanto a tu anillo, te será devuelto sin
la menor dilación. Salvo que sea el pago por algún servicio.
Al decir esto, sus ojos brillaron con algo parecido
a la ira, y Ueda se vio atrapado entre su miedo, la burlona sonrisa de Koki y
la ira contenida del capitán.
—Fue un pago a cambio de los registros—dijo al cabo
de un momento, temeroso de que su respuesta empeorara las cosas—, pero me dio sólo
la mitad de ellos.
La mentira era palpable, pero ninguno hizo nada por
desmentirla.
Ya apaciguado, el capitán le sonrió de manera
tranquilizadora y le recordó la importancia de la honestidad en una sociedad
como lo era la suya, luego abandonó el camarote tras advertirle al chico del
parche que no pusiera un pie fuera hasta nuevo aviso.
—¿Estás bien? Estás sangrando.
—Se me fue un poco la mano—rio despreocupado—. ¿Tú
cómo estás?
Ueda no sabía cómo responder a esa pregunta, así que
con manos temblorosas le extendió a Koki su pañuelo para que se limpiara la
sangre.
—Me hubieras pedido los registros, te los hubiera conseguido
sin problemas.
Ueda asintió con un leve movimiento de cabeza, se
le veía pensativo, y eso le preocupó.
—¿Seguro que estás bien?
—Sí—le aseguró, recobrando la compostura—. No creo lograr
acostumbrarme a él jamás.
—Y no deberías, es un salvaje.
Le miró de hito en hito, y tras descartar cualquier
sospecha de que Ueda cooperaba de alguna forma con Jin, le sonrió jovial.
—Vamos a desayunar, ya que no puedo salir de aquí.
—Claro, buscaré a Kame.
No hay comentarios:
Publicar un comentario