sábado, 6 de febrero de 2021

The Ocean At The End of The World Capítulo 9

 

Capítulo 9

A casi dos semanas de sido capturado, Ueda comenzaba a creer que este viaje nunca acabaría. Estaba hato y, más que nada, exhausto. No importaba cuánto tiempo pasara, estaba seguro de que nunca llegaría a acostumbrarse a ese estilo de vida tan pesado, tan contrario a la vida desahogada de la que siempre había gozado.

Ahora que habían tocado puerto, estaba más que decidido a escapar, es por eso que la noche anterior, tras completar el inventario, redactó tres cartas en las que explicaba con el mayor detalle posible su situación y exigía su pronto rescate. Cada carta iba dirigida a diferentes personas de su total confianza con la esperanza de que sus captores no lograrán interceptarlas.

Afortunadamente su trabajo satisfizo al capitán, quien le felicitó y le encargó el reabastecimiento, urgiéndole a terminar lo antes posible pues planeaban abandonar el lugar esa misma noche, y para que esto fuera posible le asignó a un puñado de piratas, más o menos bien parecidos y musculosos para que le ayudarán, además de Jin para que le sirviera como guía.

Ueda se puso nervioso en cuanto el pirara apareció. No se sentía listo para encontrarse con él, pues lo que había pasado entre ellos aún era de una índole desconocida para ambos y temía que el ambiente se tornara extraño. No se equivocó. A pesar de mostrar su habitual actitud displicente, Jin evitó mirarle o siquiera hablarle mientras aún se encontraban en la embarcación.

 

Fueron directo al mercado, como era un puerto pequeño los establecimientos seguían siendo bastante rurales y, aunque Ueda ese lugar de nada le sonaba, rápidamente le tomó gusto pues todos sus habitantes parecían reconocer su estatus y le trataban con mucha ceremonia. Sin embargo, al hacer las compras, se mostró bastante inútil y cada vez que hacía un pedido, Jin le miraba como si fuera un imbécil y terminaba por cambiarlo. Hecho que realmente molestó al noble.

—Tienes una lista. Síguela—dijo Jin con fastidio.

—¡¿Cuál lista?!

—La que debie—se interrumpió y tras una breve pausa soltó una estruendosa carcajada—. ¡Nadie te la dio!

A la carcajada de Jin se le sumaron la del resto de los piratas que los acompañaban y Ueda, indignado, echó a andar a la primera licorería que encontró, dispuesto a demostrar su valía.

 

Nada más entrar, el dueño adoptó esa actitud servicial y zalamera que Ueda esperaba, así que, complacido tras la breve humillación a la que le habían sometido los piratas, se limitó a extenderle una lista de los vinos y licores que necesitaba. El hombre la tomó y con un montón de tontas reverencias desapareció en la trastienda. Al instante Jin apareció completamente solo.

—Sabes que nadie te halagará por comprar licores finos, ¿verdad?

—No son finos. Son baratos, pero de buen sabor. Mi servidumbre suele consumirlos.

—No sabía que tú padre podía permitirse esos gastos. Considerando las deudas que acarrea.

—Mi padre no... Olvídalo.

—Cómo quieras—empezó a pasearse por el lugar—. ¿Encargaste un tonel de amontillado?

—¿Por qué encargaría eso?

—Al capitán le encanta.

Mientras decía todo esto, el pirata parecía prestarle más atención a los licores que allí había que a él, incluso llegó a tomar una botella, abrirla, darle un trago y regresarla al estante del cual la había tomado con una mueca de asco. Ueda, por su parte, se sentía incómodo pues a pesar de intentar aparentar normalidad, seguían sin ser capaces de verse a la cara.

—Por cierto, encontré a Kame escabulléndose de tu camarote con esto—sin dejar de darle la espalda alzó las cartas que Ueda planeaba mandar esa misma tarde —. Supongo que deben ser importantes, tal vez son un grito de auxilio. No creo que Junno aprecie la traición.

Ueda no se movió ni dijo nada, esperaba con cautela el siguiente movimiento del pirata, quien se dio media vuelta para enfrentarle y luego romper con rápidos movimientos las cartas en diminutos pedazos.

—Estamos a mano.

—¿Por qué siento que no es así? —preguntó con voz trémula.

—Porque estoy por obligarte a escribir unas nuevas.

Por un momento Ueda pensó en escapar, incluso en pedir ayuda, pero anteriormente había sido testigo de cómo el aparente desinterés del pirata podía explotar para convertirse en una acción violenta, así que se rindió.

—¿Qué quieres que escriba?

La sonrisa de Jin apareció, era muy tenue, pero se le veía bastante complacido y entregándole tinta y papel le obligó a redactar tres cartas: dos para sus familiares informándoles que se encontraban bien y que se habían desviado de la ruta trazada debido al creciente interés que habían despertado por ciertas regiones, y la tercera carta iba dirigida a Shigeaki Kato, el hijo y único heredero del marqués. En ella, solicitaba una audiencia con él para tratar un asunto de capital importancia.

—¿Vas a traicionarlos? —preguntó perplejo.

—Fírmalas.

Su voz era dura y amenazante, así que Ueda se apresuró a firmarlas. Jin las guardó en el interior de su saco y se marchó, no sin antes darle una última advertencia: —. Si intentas escapar yo mismo te mato.

En ese momento apareció el tendero cargando una pesada caja que dejó sobre el mostrador.

—¿Se encuentra bien, señor? Luce pálido

—Sí—intentó recomponerse sin mucho éxito—. Necesito que lleven esto a mi embarcación.

—Claro, señor.

 

Cuando estuvo de vuelta en el barco y vio la bandera de su país ondear en la obscuridad, no pudo evitar sentirse enfermo, parecía que cada vez que daba algo por sentado esos piratas se encargaban de destrozarlo. Qué si Koki era bueno en realidad era malo, que si Jin tenía un lado humano en realidad era una trampa. Incluso Kamenashi le había robado. Ninguno de ellos era bueno ni remotamente humano, eran seres viles que vivían de lo ajeno y empezaba a creer que en cuanto cumplieran su objetivo-cualquiera que éste fuera-se desharían de él.

Dejó escapar un suspiro de pesadez, no había prácticamente nadie en el barco, salvo el capitán y unos cuantos piratas haciendo guardia, y había decidido irse a encerrar en su camarote, trabando la puerta para no recibir visitas inesperadas.  Se quitó el saco y abrió el forro dentro del cual había escondido las tres cartas, sorprendiéndose al encontrarlas ahí.

Jin era, ciertamente, astuto. El tipo de persona que piensa y decide conforme a su propia lógica, sin dejarse influir por los designios de los demás. Siempre era difícil adivinar su pensamiento, estaba seguro de que ni siquiera sus compañeros le entendían; empezaba a entender por qué todos en la tripulación se andaban con reservas cuando estaban cerca de él. Comprendió también que, ante la aparente traición que el pirata estaba cometiendo, el panorama de posibilidades se abría ante él más intrincado que nunca. A partir de ese momento debía andar con la cautela que hasta entonces no había tenido.

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