Capítulo 11
Ueda dormía plácidamente tras haber sufrido una
fiebre violenta que entre quejidos y pesadillas había terminado por drenar sus
fuerzas. Apenas había probado bocado y era casi un milagro que siguiera vivo.
Habían pasado dos días desde la tormenta, y aunque
había logrado sobrevivir a la hipotermia de aquella primera noche, Taguchi
empezaba a temer que sufriera de alguna afección más grave.
De cierta forma, se culpaba a sí mismo por ello.
Sabía que de no haber asesinado al cirujano, el chico ya habría sido atendido
con propiedad. Koki no hacía nada para ayudarle a calmar su ansiedad, pues
permanecía recargado en el umbral de la puerta, mirándole enfurruñado y
soltando resoplidos que habían comenzado a exasperarle.
Ambos estaban molestos por la forma tan abrupta en
que tuvieron que volver al pequeño puerto, y temían que su se quedaban más
tiempo del que era prudente, los habitantes del pueblo se darían cuanta que
eran piratas. Además, casi la mitad de sus hombres estaban de licencia para
irse de juerga en lo que los carpinteros reparaban la nave. Sumado a esto,
estaba el hecho de que Jin había abandonado el barco sin dar explicación
alguna, apenas tocaron tierra.
—No debiste dejarlo marchar—se quejó Koki—. Él nos
metió en esto para empezar. Si hubiera traído a Nakamaru como se le ordenó, ya
hubiéramos acabado.
—Cometió un error, a todos nos pasa—dijo, su voz
más tranquila de lo habitual. Koki bufó—.Si algo te molesta, dilo. Es de mala
educación lo que haces.
—Jin es un traidor—acusó con gravedad—.Ahora mismo
podría estar escapando y tú se lo facilitaste.
Aunque la expresión cortés de su rostro no
desapareció, tanto su voz como sus ojos se volvieron fríos como el mármol.
—Él lo desea tanto como nosotros, puede que incluso
más.
—Yo no lo veo así.
El capitán se puso en pie, avanzó hasta él y le
miró fijo.
—Yo por Jin pongo la mano en el fuego.
—Vas a salir quemado.
Koki dio media vuelta y marchó.
Era ya avanzada la noche cuando
encontró la casa del único médico de la región; estaba en lo más alto de una
pequeña colina y aunque su fachada era modesta, por la ubicación y el estado
casi nuevo de la misma, supo que aquel hombre debía ser bastante bueno en su
profesión. Llamó a la puerta un par de veces y cuando esta se abrió, un joven
moreno de rostro altivo le recorrió con la mirada en un gesto despectivo que le
provocó unas ganas inmensas de molerlo a golpes, sin embargo se contuvo y
adoptó una expresión más afable.
—Busco a Nishikido. Me dijeron que es
el único médico de la región y…
—No ayudo a criminales.
Iba a cerrarle la puerta en la cara,
pero Jin se lo impidió al interponer medio cuerpo entre la puerta y el
resquicio, adoptando su habitual expresión amenazante. Pensó en lo sencillo que
sería llevárselo a la fuerza, la diferencia de habilidades físicas era más que
obvia, pero se resistió de esto también, no quería complicar más las cosas.
—Es una emergencia—dijo tratando de
imprimir un tono agradable a su voz
fallando tristemente en el intento—.La tormenta nos atrapó y un
pasajero…alguien importante…él…Su vida peligra.
El médico volvió a recorrer le con la
mirada, su rostro se mostraba receloso y lo hacía con una parsimonia tal que
empezaba a ponerle los nervios de punta, y no pudo evitar pensar en qué Ueda
debía sentirse así cada vez que él dejaba su mirada sobre él más del tiempo que
podría considerarse normal. El rostro del joven médico había pasado del recelo
al escepticismo y en sus ojos Jin pudo notar un brillo de curiosidad malsana.
—Llévame con él.
Afortunadamente, el barco estaba
prácticamente vacío, nadie trabajaba ya a esas horas y era seguro que todos estarían
emborrachándose en la taberna más cercana. Taguchi era el único que se había quedado
velando al enfermo y en cuanto les vio
llegar, la expresión de su rostro se relajó un poco.
El médico se presentó rápidamente y de
inmediato pasó a hacerles algunas preguntas de rutina, después pidió le dejarán
a solas con el enfermo pues necesitaba hacerle una cuidadosa revisión.
Mientras esperaban, Jin notó que había
algo más que preocupaba a su capitán, se veía cansado y en el límite de su paciencia.
—¿Pasa algo?
—Koki y yo tuvimos una discusión. La
misma cantaleta de siempre.
Jin frunció el ceño, cada vez que
Tanaka sacaba el tema a colación, las cosas parecían perder su equilibrio
natural y con el paso de los años se había vuelto cada vez más difícil
recuperarlo. Junnosuke confiaba en él, eso lo sabía, pero había veces en que las teorías conspirativas de Tanaka
sonaban tan verosímiles que él mismo se sorprendía de su ingenio.
Buscó la mirada del capitán, quería
saber qué tan minada se había visto, desde el incidente con el anillo, esa fe
ciega que le profesaba. Se arrepintió. Sus ojos estaban llenos de dudas.
—Jin, tú jamás me engañarías, ¿verdad?
—Jamás.
Le aseguró, pero incluso él notó la
poca confianza que ponía a su palabra.
El menor le dedicó una sonrisa amarga
que hizo que algo se deshiciera en el pecho de Jin. De pronto, esos fugaces
momentos de intimidad que compartían le parecieron insuficientes y falaces, y
se encontró a sí mismo moviéndose hacia él, queriendo sentirlo sólido y real en
sus brazos.
Una campana empezó a redoblar en el
muelle, un timbre solemne que anunciaba la llegada de un barco, y Jin se detuvo
en seco. Apretando los puños a sus costados y volviendo el rostro hacia el
camarote avergonzado.
—Jin, tú…
Se interrumpió, el médico había abandonado el
camarote.
—Me temo que sufre de clorosis. Sus defensas están
bajas por la mala alimentación y me temo que tiene una infección en las vías
respiratorias.
—¿Es grave? —preguntó el capitán.
—No creo que
pase la noche.
En ese momento, cualquier tipo de esperanza que
albergaban en sus corazones fue engullida por la obscuridad. Enojado, Jin soltó
un puñetazo a la puerta del camarote y escupió una maldición.
—Discúlpelo, él chico, él es alguien
importante—dijo tomando al médico suavemente por el brazo para alejarlo un poco
del enojado pirata—. ¿Está seguro?
—Puedo intentarlo, pero no será fácil. Necesita
vigilancia constante y lo idóneo sería llevarlo a tierra firme.
Jin no quería gastar tiempo escuchando cómo el
médico vertía falsas esperanzas sobre su capitán, si el noble estaba tan mal
como decía, no había forma alguna de salvarlo.
Entró al camarote en que reposaba y se sentó junto
a él en la cama, se le veía mucho más tranquilo que la última vez que lo
visitó. Tomó su temperatura y al comprobar que esta había bajado un poco apartó
la mano con gesto cansino. Se sentía enteramente responsable por el chico,
después de todo, él había sido el único que le había secuestrado y aún era
incapaz de entender el por qué.
Ueda debería estar reposando tranquilo en una tumba
marina. Un destino definitivamente más amable que tener que enfrentarse a los
horrores de la enfermedad.
Como sabía que quedarse allí era tan inútil como
estar en cualquier otra parte, abandonó el camarote.
Afuera, el médico y el capitán seguían discutiendo
acerca del tratamiento para el enfermo.
—Jin, —dijo el capitán en cuanto le vio—busca a
Koki. Necesito que encuentren un lugar para instalarnos.
—Sí, señor.
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