Capítulo 10
El cielo era obscuro, también lo era el océano, a
lo lejos no se escuchaba ni siquiera el romper de las olas contra la
embarcación. El mundo parecía haberse sumido en una calma total. Desde la proa,
los tres hombres que gobernaban el barco, oteaban el horizonte, intranquilos.
Cada miembro de la tripulación podía sentir el frío colándose bajo su piel,
entumeciendo sus manos y electrizando sus nervios. Ueda sabía que sólo era
lluvia, pero no pudo evitar sentir que había algo anómalo en ella.
La primera ráfaga de viento hizo crujir el barco,
arrebatándole a sus hombres la oportunidad de reflexión. La tormenta cayó tan
repentina que las órdenes dichas a voz de grito se perdieron el algún lugar
entre la desesperación y el rasgar del cielo.
Cientos de hombres, de rostros que se perdían en la
obscuridad, corrían de proa a popa asegurando los objetos más pesados, rizando
las velas y, otros pocos, intentando ponerse a salvo, ya fuera bajo cubierta o
aferrándose a lugares en los que se creyeran a salvo. Ueda les imitó. Se ató a
sí mismo a un mástil como hubiera leído tiempo atrás en una novela y allí,
creyéndose a salvo, esperó a que lo peor pasara. Antes de que la luz
desapareciera por completo del cielo, alcanzó a ver cómo Koki y Jin intentaban
asegurar la amura y cómo el capitán, con su figura altiva y encantada, tomaba
el timón para hacerle frente a una gigantesca ola que se alzaba ante ellos.
Una fuerza aplastante cayó sobre él dos veces sin tregua,
dejándole aturdido e incapaz de detener al hombre que cortaba sus ataduras y le
arrastraba por el piso hasta el puente, obligándolo a colocarse contra la
estrecha borda de proa y dejándolo incapaz de sujetarse a nada que no fuera el
brazo de su captor.
Forcejeó un poco, queriendo apartarse de ese
hombre, cuyas intenciones de arrastrarle hasta allí desconocía, y sólo desistió
cuando un rayo golpeó el mástil al cual se había atado y lo partía justo a la
altura donde su cabeza debía quedar.
—Gracias—gritó, soltándose del agarre del pirata.
Entonces una tercera ola cayó sobre ellos y se
hubiera visto arrastrado a las profundidades del mar si aquel hombre no le
hubiera tomado a tiempo, pegándolo a su cuerpo para protegerlo de los embistes
que aún quedaban por venir.
—No siempre voy a estar para salvar tu culo,
idiota.
No pudo contestarle, otra ola gigantesca arremetió
contra el barco y lo cubrió en su totalidad, sumergiéndolo durante unos
segundos que le parecieron interminables pues apenas había logrado tomar aire y
sus pulmones empezaban a arder.
De este modo, las olas los abatieron sin cesar,
hundiendo la galera un poco cada vez. Ahora debía alzar la cabeza y apoyarse un
poco sobre sus codos para poder respirar sin ingerir agua salada. Sin embargo,
el enorme cuerpo que le protegía, le dificultaba incluso esa simple tarea.
Cuando creyó que no podría aguantar más, la
embarcación dio una fuerte sacudida que la liberó, en parte, de las olas que la
hundían; el agua había comenzado a descender y una mano inusualmente amable
guio a la suya hacia una armella situada cerca del palo mayor. Su posición
apenas había cambiado y a pesar del estruendo fue capaz de escuchar la voz de
Jin con claridad:
—Pase lo que pase, no te sueltes.
Con esfuerzo se sobrepuso a la repentina hipotermia
que le invadió tras perder la protección que hasta entonces el cuerpo del
pirata le había brindado.
Minutos más tarde las olas decrecieron, la parte
más violenta de la tormenta ya había pasado y los piratas enseguida se pusieron
a sus imposibles maniobras. Habían soltado un par de velas para intentar
aprovechar el viento que aún era fuerte, pero que según el criterio del capitán
ya no representaba ninguna amenaza.
Koki y Kame corrían de un lado a otro auxiliando a
los heridos, en tanto que Taguchi-desde el puesto que parecía no haber
abandonado jamás-sonreía visiblemente aliviado. Pero no había rastro de Jin.
Ueda tardó un par de minutos en desentumirse y
abandonar su refugio, y con paso vacilante se dirigió hacia Taguchi,
desmayándose a sus pies.
Despertó al día siguiente en una cálida y cómoda
cama; se incorporó de golpe con el corazón palpitante, convencido de que había
tenido una terrible pesadilla. Mientras salía de la cama, los moretones apenas
visibles en los brazos y manos le contaron una historia diferente. Se vistió
con cuidado, evitando los movimientos bruscos o innecesarios y salió a cubierta
donde encontró el desastre que había estado temiendo.
Su aturdimiento era más que evidente para los
piratas que le veían avanzar desorientado entre los escombros, como si
estuviera al borde de otro colapso. Kame le alargó una mano, pero él la
rechazó; sus ojos, que se habían vuelto un poco menos erráticos desde que abandonaran
el puerto, parecían buscar algo lejano, algo que no pertenecía más a un ensueño.
—¿D-dónde e-está? —preguntó con voz temblorosa,
deteniéndose frente a un grupo de piratas que le miraban con curiosidad—¿Dónde
está? —repitió con voz firme, mas ningún pirata pudo contestarle.
—Si me dices qué buscas puedo ayudarte—ofreció
Kame, quien había ignorado el gesto despectivo que el noble le había dedicado
momentos atrás.
—Creí que había dejado en claro que no confío en
ti—le dijo con dureza—.Además, no vales la pena.
Kame recogió su mano contra el pecho y se apartó.
El resto de los piratas le imitaron y Ueda dirigió sus pasos directo al
camarote principal, en donde encontró a Koki y a Taguchi.
Ambos habían salido indemnes de la tormenta y eso
le causo cierto alivio, pero sus ojos seguían sin encontrar a Jin.
Apenas le vio, Taguchi corrió hacia él, justo a
tiempo de atrapar su cuerpo inconsciente.
—Déjenos a solas, yo cuidaré de él.
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