La inoportuna y maliciosa risa de Koki casi le hizo enfurecer. Ofuscado como estaba por el rechazo de Jin y el repentino gesto de intimidad que este último y el noble habían exhibido a la tripulación entera, dudaba poder mantener el temple si algo más llegaba a incordiarlo.
—¿Podrías guardar silencio? Intento pensar.
—¿Qué? ¿No soportas la idea de que Jin ya no te quiera?
Taguchi le dedicó una mirada envenenada.
—Oh, vamos—continuó entre risas el pirata—. Ni siquiera tú esperabas que Ueda le correspondiera.
—No—admitió mascando la palabra.
—Debes darte prisa o ese par de tórtolos van a mandar todo al carajo.
Esta vez el capitán le miró impotente, la situación le carcomía más que cualquier otra a la que se hubiera enfrentado antes. No soportaba estar confundido. No saber la respuesta a algo, a nada, le hacía sentirse perdido, pequeño e impotente de una forma en que su padre, incluso en su forma más brutalmente creativa, nunca podría hacerlo.
—¿Por qué no le das una vuelta de tuerca? —sugirió Koki, preocupado ante la inmovilidad de sus manos.
—¿Qué tienes en mente?
—Inclinar sus afectos hacia alguien más.
Taguchi sopesó la idea por un momento y luego sonrió aliviado.
—Gracias.
—Cuando quieras.
Mientras Ueda determinaba las nuevas raciones de comida para que Kame no excediera su uso en la exploración de su recién descubierta pasión, Jin estaba sentado al pie de las escaleras intentando hacer malabares con unas bolas de queso seco.
—Puedes retirarte si te sientes cansado, esto tardará un poco—dijo Ueda bajando la pluma.
Jin sólo se encogió un poco de hombros y siguió lanzando las bolas que caían con un ruido seco al suelo las más de las veces. A pies del noble se encontraban aquellas que el pelinegro no se había molestado en recoger y habían rodado hasta ahí.
Volvió a su trabajo, poniendo toda su concentración en no vomitar con el pensamiento de las galletas que Koki le había prometido para esa misma tarde.
—“No” —Jin chilló con voz aguda, perforando los tímpanos de Ueda—. “¡No deberías comer esos huevos!”.
Sacudió una bola de queso en un gesto que el noble supuso debía ser un regaño. Balanceo la otra bola de un lado a otro, como si esta caminara dando saltitos de alegría.
—“Pero Kame,” —dijo imitando la voz risueña de Koki—“Uebo-hime es tan tonto que ni siquiera sabe que tenemos gallinas a bordo. Seguro que ni siquiera raciona las semillas.”,”¡Pe-pero el capitán!” —otra vez el pitido—. “Se los cobrará—rió—. Es tan tonto que pagará el doble”.
Ueda dejó la pluma y el cuaderno en un estante y fue a arrebatarle las bolas de queso.
—¿Por qué no mejor vas por algo de comer?
—Nah, puedo esperar—dijo con un gesto despreocupado de la mano.
Hasta ese momento, Ueda nunca hubiera imaginado que Jin fuera un maestro de las distracciones, o siquiera una persona de carácter relajado o juguetón.
—¿Estás bien?—preguntó preocupado.
—Un poco aburrido.
—¿Por qué no vas a dar una vuelta?
Jin se recargó de lleno en las escaleras.
—Pasaste días rogándome venir y ahora que te doy todo mi tiempo, ¿me corres? ¿Qué clase de bicho raro eres?
Ueda rodó los ojos y devolvió las bolas de queso a su lugar .
—Sólo no tomes nada de las estanterías.
Jin levantó las manos en señal de rendición y se quedó quieto.
—¿Seguro que estás bien?—preguntó intrigado por el cambio de actitud. Aunque seguía hablando como su usual ser, había adoptado un aire más relajado a su alrededor.
—He tenido mejores días.
Ueda decidió que lo mejor era ignorarlo al igual que a las repugnantes galletas y decidió pasar a los licores. La tripulación había consumido muy pocos y no era de extrañarse tomando en cuenta que no habían tenido una sola razón para celebrar desde que Jin le llevara a bordo.
—¿Puedo preguntarte algo?—dijo volviéndose al pirata, que ya había comenzado a jugar con sus piernas.
—Sí.
—¿Vas a contestar con honestidad?
—No hagas preguntas y no escucharás mentiras.
La forma en que lo dijo le recordó a la del capitán, pero no en forma de burla como hacia con otros sino una imitación natural de dos personas que han pasado demasiado tiempo juntas y se conocen a profundidad.
—¿Por qué me escogiste a mí?
Jin le miró desentendido.
—No me confundiste con Maru. ¿Por qué?
—Él parecía débil, ni siquiera pudo correr—contestó con desdén.
—¿No era eso más conveniente? ¿Alguien que hiciera todo lo que le dijeran sin protestar?—le espetó, incapaz de contener el odio hacía él que surgía cada vez que pensaba en su mejor amigo.
—Para Junno, no para mí.
A pesar de la seriedad de sus palabras y la evidente incomodidad que sentía al contestar, su rostro se mostraba menos adusto y su voz carecía de ese tono helado y distante.
—Entonces, ¿vas a contarme tu plan?
Sus obscuros ojos se clavaron en los suyos.
—No confío en ti, mucho menos en esa rata que domesticaste—siseó.
—No hables así de él—replicó.
—¿O qué? ¿Vas a batirte en duelo por su honor?
—Es imposible hablar contigo.
Se reprendió a sí mismo por haber creído aunque fuera por un instante que Jin era accesible o que en realidad había cambiado.
—Tú eres insufrible.
El noble volvió la vista al cuaderno de registros, todo ese tiempo estuvo haciendo garabatos y dibujando signos de interrogación en los márgenes. Enfadado, arrancó la hoja, la hizo bola y la lanzó al rostro del pirata. Jin la atrapó antes de que le diera y le regaló una sonrisa engreída.
—Tú también eres débil.
Le lanzó la bola de vuelta. El movimiento fue suave y aún así se estrelló con fuerza en el rostro del noble.
—Eso puede arreglarse.
La voz de Taguchi que venía bajando las escaleras los interrumpió.
Ambos chicos se volvieron a él con rostros pálidos. La mente de Ueda trabajaba a toda velocidad buscando una excusa en tanto que Jin ya tenía la mano sobre la empuñadura de la cimitarra.
—Creo que sería una excelente idea enseñarte a defenderte.
—¿Defenderme?—preguntó tratando de esconder su turbación.
—Sí. Nunca sabes cuándo alguien podría intentar atentar contra tu vida.
Terminó de bajar las escaleras, pasándole a Jin por encima con una elegante zancada.
—¿Qué quieres?—le cortó Jin, usando un tono por demás desagradable.
—Oh, vine a buscar esto.
De un estante tomó una botella de vino.
—Esperaba que pudieras acompañarnos a cenar esta noche. Suponiendo que ya hayas acabado con tu berrinche.
Jin se puso en pie y fue a pararse frente a él, lo suficientemente cerca como para que sus rostros se encontraran a escasos centímetros a pesar de la diferencia de altura. Sin apartar los ojos de los del más alto, tomó la botella que este sostenía, la devolvió a su sitio y le dió otra que Taguchi aceptó tranquilamente.
—No tomo vino.
A pesar de que su voz pretendía ser dura, salió suave, como si no pudiera ser realmente duro con él.
Con la mano que tenía libre, Taguchi apartó los cabellos sueltos que caían sobre el rostro de Jin. Un gesto que vino acompañado por una sonrisa traviesa.
—Lo olvidé.
Jin le miró inquisitivo por un segundo.
—Que no vuelva a pasar .
Jin se apartó y Taguchi abandonó la bodega sin borrar su sonrisa.
Ueda tragó grueso.
—¿Lo sabe?
—No lo sé.
Aquella ridícula cena no debía ser más que una puesta escena para hacer creer a la tripulación que todo iba viento en popa. Sin embargo, Ueda dudaba que algo bueno pudiera salir de ella.
Para empezar, apenas se vieron las caras Jin y Koki se enfrascaron en una absurda conversación que hubiera llegado a lo físico de no ser por la oportuna aparición del médico, quien, al parecer, había sido invitado por el mismísimo Taguchi.
Después, cuando Kame les sirvió la comida y fue convidado a unirseles, el noble notó la repentina incomodidad que tanto él como el pirata del parche mostraran un momento antes de que el cocinero les rechazara con un montón de excusas ininteligibles.
—Te dije que esa rata no era de fiar.
Aunque se lo dijo a Koki, Ueda supo que esas palabras iban dirigidas a él.
—Ya nos arreglaremos—fue la seca respuesta del pirata del parche.
—Bueno, chicos, ¿por qué tan desanimados? Es una ocasión especial.
Comenzó Taguchi, pero Jin le detuvo al tomar su mano en pleno vuelo y devolverla a la mesa con suavidad, prodigándole unas palmaditas.
—No.
Taguchi intentó hablar de nueva cuenta, pero Jin volvió a interrumpirlo y el capitán desistió.
—Comamos entonces.
Si de ordinario la falta de modales que tanto Koki como Jin exhibían era desagradable, en esta ocasión Ueda los encontró insoportables. Él mismo apenas comió y su mirada se desviaba irremediablemente hacia la puerta, esperando el momento idóneo para marcharse.
—Si quieres irte puedo sacarte de aquí—le susurró el médico—. Sólo finge dolor de estómago.
Aunque la idea era tentadora, no estaba dispuesto a aceptar ayuda alguna del médico, sospechaba que este se la cobraría de alguna forma y no estaba dispuesto a estar en deuda con él.
—No me gusta el caldo de pescado—mintió.
El médico hizo un gesto de no creerle nada, pero no insistió y de inmediato se enfrascó en una tonta conversación con el capitán.
—Yo también puedo sacarte—le dijo esta vez Jin.
—¿Cómo?
—En un ataúd.
A Ueda no le hizo una pizca de gracia el comentario y enojado, tomó la botella que Jin le había entregado al capitán horas atrás y se sirvió una copa.
—Era broma—bufó el pirata.
—No eres gracioso.
—¿Sabes quién sí es gracioso? ¡Junno!—lo llamó volviéndose a él—, ¿por qué no nos cuentas un buen chiste?
Si los discursos del capitán eran terribles, sus bromas eran el infierno. Animado por Jin, el capitán rápidamente soltó un chiste de piratas que ni siquiera un infante encontraría divertido y las risas forzadas no ayudaron mucho al ambiente. Sólo Nishikido rio con sinceridad y viendo en él a un público inesperado, Taguchi se soltó en una retahíla de chistes cada uno más malo que el anterior.
—Ya estarás contento.
Le gruñó Ueda a Jin, cuya sonrisa maledicente le dijo al noble que encontraba hilarante la situación.
—Tengo uno muy bueno—dijo el médico animado—. Un pirata le ordena a sus marinos: ¡Suban las velas! Y los de abajo se quedaron sin luz.
Jin se unió a las risas. La situación era tan ridícula y el licor ya les había calentado la sangre que Koki no tardó en unirseles. Irremediablemente Ueda lo hizo también.
El noble nunca los había visto ebrios y el cuadro era casi como lo había imaginado. Koki era un borracho feliz que se destornillaba de risa a la primera provocación. Nishikido, completamente desinhibido, comenzó a tratarlos como si fueran sus amigos de toda la vida y comenzó a sacar su propio repertorio de malos chistes. Taguchi, además de conservar su ánimo calmado y cortés, era mucho más tolerante a las burlas y chistes sobre su persona.
Sólo Jin no correspondía con el cuadro que había pintado en su imaginación. Había esperado que el pirata fuera mucho más ruidoso, imprudente y hasta violento, no que se sentara de manera lamentable a buscar cualquier excusa para tener contacto físico con él y arrepentirse un segundo después y pasar a intentar acaparar toda la atención del capitán.
Al cabo de tres botellas más, hasta Koki contaba chistes, los cuales, para sorpresa del noble, eran bastante similares a los que su mejor amigo solía contarle y no pudo evitar sentir que estaba traicionando su memoria. Sentándose a la mesa con el hombre que le había matado y compartiendo vino con los causantes directos de su desgracia.
Jin pareció notar el súbito decaimiento de su ánimo y arrimando su silla más cerca de él, dejó caer su cabeza a un lado de tal forma que pudiera hablar directo a su oído.
—¿Estás bien?
Ueda se estremeció y tuvo el impulso de apartarse, pero lo dominó con facilidad gracias a la ira que comenzaba a nublar su juicio.
—Cómo si te importara—le espetó.
No era el tipo de respuesta que Jin esperaba pues se enderezó en su sitio y le miró con los ojos bien abiertos.
—Lo siento—susurró, su expresión repentinamente sombría—. Creí que… esta tarde… ya sabes…
—¡Ja!—bufó—. Mataste a Maru. Tú y yo, jamás va a pasar.
Recalcó cada palabra, asegurándose de que Jin no perdiera detalle del odio que le profesaba en esos momentos.
Jin se pasó la mano por el cabello, intentando ocultarse tras los pocos mechones sueltos que encontró, una miríada de emociones cayeron en cascada sobre su rostro: sorpresa, rabia, odio y miedo.
Susurró algo con voz quebrada, pero Ueda no alcanzó a oírle. Koki los interrumpió.
—¿Qué tanto cuchichean?
Jin se giró hacía él con brusquedad, la ira reluciendo en sus facciones.
—Ueda me estaba contando un chiste—pareció dominarse—. Pero es tan malo que no vale la pena.
Tomó una botella y se largó.
—¡Cuentanoslo!—dijo Koki con el rostro abotargado por el alcohol.
—No es bueno—contestó Ueda apretando los dientes.
—¡Oh, vamos! No puede ser peor que los de este tonto—le animó señalando al capitán.
—¡Chiste, chiste, chiste!—secundó Nishikido.
El noble contó un chiste cualquiera.
—En verdad eres malísimo—dijo sorprendido el médico. Koki soltó la carcajada.
—Creo que es momento de retirarme—anunció irritado—. Procuren no excederse.
Sólo el capitán pareció escucharle, ya que se puso en pie y se ofreció a acompañarle.
Hablaron entre largos silencios, tontos comentarios sobre el sazón de Kame o la buena elección de licores. A cada paso Ueda sentía la sangre rezumarle en los oídos.
El ánimo existente entre ellos seguía siendo extraño, no habían tenido tiempo de siquiera intentar examinarlo, no se diga resolverlo.
Taguchi caminaba detrás de él, su certeza sin prisas reducida a un paso constante pero tambaleante. Ueda fue repentinamente consciente de él, del calor que manaba de su cuerpo, de su respiración ligeramente acelerada, del dulzor de su aliento cada vez que hablaba.
Se volvió a él, listo para afrontar y solucionar todo, pero se congeló en su sitio cuando los profundos ojos del capitán se clavaron en él, codiciosos.
—Tatsuya.
Susurró su nombre en sus labios, bajo y desconcertante. Ambos corazones acelerándose con esta sola acción.
Ueda cerró los ojos, la imagen de su mejor amigo salpicado de sangre apareció como una advertencia que le previno de cometer una insensatez.
Al no verse correspondido Taguchi se separó de él. Ueda no pudo decir qué emoción lo dominaba, su rostro tranquilo exhibía un destello de algo muy lejano a la vergüenza.
—Lo siento.
Susurró su disculpa aún en sus labios, estremeciéndolo.
Cuando se apartó de él sintió frío y cuando lo vió caminar lejos de él, el corazón le dió un vuelco y se encontró a sí mismo llamándolo, alcanzándolo para enredar los puños en su camisa y usarlo como soporte para ponerse a su altura y unir de nueva cuenta sus labios.
La imagen de su amigo se desvaneció, ya no pensó en él ni en la mezcla de molestia y alivio con un toque de soledad que sintió cuando Taguchi primero le besó. Se sintió extraño, sí, y vacío, pero por ello culpó al licor.
—Vamos a mi camarote.
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