Por fin soñó con la obscuridad, con una ausencia profunda y asfixiante de luz, con la presión del agua aplastando su mente. Si algo hacía ruido, no lo oía; las olas anulaban cualquier otro sonido, eran el elemento perdurable que subía y bajaba, violento e incesante. Ahora disponía de todo el tiempo del mundo para pensar.
Una voz se coló entre las tinieblas, una melodía reconfortante, apenas audible pero clara que lo obligó a abrir los ojos.
Una sirena.
De pronto tuvo una visión, la imagen de una mujer en el fondo del océano; lánguida, enredada en algas; el cabello negro, un abanico marino ondeando en la corriente.
Mamá.
Quiso quedarse ahí, recostarse con ella en el lecho marino, sentir el calor que emanaba a pesar de estar muerta; ser envuelto en su luz. Pero la voz iba y venía, y con ella, la visión de Jin, hasta que sólo quedó obscuridad.
Mientras seguía bajando hacia las profundidades de aquellas aguas negras, otra voz se abrió pasó entre las tinieblas, resonando frenética.
¡Lucha!
Le urgía a moverse y él lo intentó, pero no sentía ningún tirón hacia abajo, tampoco que su cuerpo se hundiera en ninguna dirección. Únicamente experimentaba el embate de la corriente que lo llevaba de un lado a otro, golpeando directamente sobre su espalda. El apacible mar se había vuelto violento y amenazaba con ahogarlo.
Apretó los labios con fuerza, luchó por guardar el aliento, por usar esa última reserva de aire para llegar a la superficie, pero las aguas se volvieron gélidas y entumecieron su cuerpo. Ya no notaba los embates de la corriente, se sentía más bien presa del vértigo mientras daba vueltas, indefenso dentro del mar.
¿Qué sentido tiene?
¡Lucha! ¡Maldita sea, lucha!
¿Para qué?
Ya no quería seguir peleando. Y no eran ni el mareo, ni el frío, ni el fallo de su cuerpo lo que le hacían resignarse. No. Se sentía casi feliz de que todo estuviera a punto de acabar. Por años, noche tras noche, había nadado con todas sus fuerzas para no ahogarse y ahora sabía que era una muerte apacible. Mucho mejor que morir en el campo de batalla o en la horca.
Jin.
Entonces pudo ver un hermoso rostro, casi angelical. El matiz exacto de su piel ligeramente bronceada, la forma irresistible de sus gruesos labios pronunciando su nombre por vez primera, la línea de su mentón, el brillo ofendido en sus castaños ojos y el orgullo de su postura.
Su voz sonaba más clara que nunca, a pesar de que el agua ya había acabado con él.
Y en ese preciso momento salió a la superficie.
Estaba desorientado. El frío suelo de madera se estrellaba contra su espalda y una fuerza lo empujaba rítmicamente contra él, haciendo que el aire entrara a raudales, quemando sus pulmones.
—¡Respira, maldita sea!
La angustiada voz del médico se sobrepuso.
—¡Vamos, Jin, vamos!
Otro golpe en la espalda, el olor metálico y nauseabundo de la sangre fresca al derramarse.
—Creo que no respira.
Una voz distinta, tensa y murmurante.
Se
levantó de un solo movimiento, aferrando las manos al cuello del grumete y
ejerciendo presión; un movimiento que desató una ola de dolor que se expandió
por todo su cuerpo. Puntos negros empezaron a salpicar su visión y cayó de
nueva cuenta al suelo sin fuerzas.
¿Acaso se estaba muriendo de nuevo? El batir de las olas se desvanecía en la negrura y terminó por convertirse en un sonido monótono que parecía nacer de sus oídos.
—¿Se
murió? —preguntó el noble, sacando a Kame del alcance de Jin.
—No te preocupes, sobrevivirá—dijo el médico, un poco más alegre de lo que pretendía mostrar.
Ueda miró a Jin, no sé veía nada bien, pero debía confiar en el juicio del médico que le había salvado la vida contra todo pronóstico.
—Déjame revisarte.
El médico urgió al pequeño a levantarse, a pesar de que Jin apenas lo había ahorcado por un par de segundos, había dejado marcas rojas en su cuello.
—Estoy
bien—dijo con voz ahogada, restándole importancia.
—No te castigues, deja que te revisen.
Kame obedeció a regañadientes.
De
vuelta en el camarote, Ueda invitó a Kame a pasar la noche con él. El día había
pasado en una vorágine de emociones demasiado fuertes y ambos necesitaban
descansar en compañía.
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