Taguchi entró al camarote. Ueda le esperaba sentado con los puños crispados sobre los muslos, su postura era rígida y su rostro se mostraba sombrío.
—Lo escuché gritar.
Taguchi se quitó el sombrero y lo colgó en el perchero cercano a la entrada. Afuera, la última luz se marchaba, las nubes transportaban un rojo tenue y las sombras de los mástiles cruzaban la cubierta, extendiéndose hasta el mar. La sombra misma del capitán se extendía dentro de la cabina, atrapando a Ueda en su centro.
—Las
cosas que más nos duelen, muchas veces son las correctas. Él cometió una falta
que, me temo, no había otra forma de pagar.
—¿Cuál fue su falta? —preguntó con voz trémula, consciente de que si la felonía había sido descubierta él estaba en peligro también.
El silencio del capitán fue violento, no así la mano que cayó cariñosa sobre su cabeza.
—Mañana podemos hablarlo, por ahora tienes que descansar.
Terminó de desvestirse y se metió en la cama.
—¿No
había otra forma, cierto?
—No, no la había.
Su rostro cincelado se mostraba más humano, menos sombrío, y Ueda supo que decía la verdad.
No
agregó más, abandonó la cabina con paso vacilante. Él decía la verdad, lo
sabía, y aun así su pecho se hundió en la incertidumbre.
Sin darse cuenta, sus pasos lo llevaron hasta la enfermería, ésta estaba cerrada y ni un solo ruido escapaba de ella. Tomó el pestillo e intentó abrirla, descubriendo que había sido cerrada bajo llave. Regresar y pedírsela, ya fuera a Koki o a Taguchi, era una idea por demás descabellada; cualquier cosa podría delatarlo como partícipe-aunque fuera involuntario-de la felonía de Jin.
Llevó la mano a su crucifijo, en la cadena, tras de él, se encontraba la llave que Jin le había dado la noche antes de que tocaran puerto. La zafó y probó a meterla en la cerradura, la cual cedió con suavidad, entonces dudó un momento en sí debía entrar o no, había visto las salpicaduras de sangre que manchaban las ropas del capitán; si abría y se encontraba con los cuerpos sin vida de Jin y el médico, tendría pesadillas de por vida y toda esperanza de salvación se reduciría a la nada.
Abrió con cuidado, tratando de no llamar la atención de nadie.
—Si vienes a causar más daño, lo mejor será que acabes con nosotros de una buena vez.
Era la voz del médico, cansada pero retadora, dispuesto a enfrentar a Taguchi a pesar del miedo que traslucía.
Estaba sentado de rodillas, rezando con la pálida mano de Jin entre las suyas. Ueda quiso reconfortarlo, pero no había en el mundo palabras capaces de hacerlo. En cambio, entró de lleno en el compartimiento.
—¿Sobrevivirá?
Su voz no debió ser grata a los oídos del médico, pudo ver con claridad cómo su postura se tensaba.
—Aún
es incierto.
—Yo
tenía un pie en la tumba y me trajiste de vuelta—dijo con dureza, tratando de
contener la rabia que lo invadía.
—¡En casa tenían todo lo que necesitaba!
Se puso en pie con brusquedad y se volvió a él con los brazos extendidos en un gesto que pretendía abarcar todo el lugar.
—¡Aquí…! Aquí no tengo nada.
Dejó caer los brazos laxos a los costados, tenía los ojos acuosos y la impotencia grabada en cada centímetro de su rostro.
—¿Qué necesitas para salvarlo?
El médico rio, era una risa sarcástica, como si le hubieran contado un muy buen chiste.
—¿Con
qué punto? Tú y él…—su voz se quebró—. Lo que menos les interesa es este chico.
—¡No
es así! —replicó—. Él me salvó la vida, más de una vez. Así que si puedo hacer
algo por él, lo que sea, lo haré sin dudarlo.
El médico le miró con extrañeza, después con reconocimiento y aunque se mostraba reacio a confiar en él dijo: —. ¿Qué hay de ti? La enfermedad no ha remitido aún y tienes que descansar.
Ueda
negó con firmeza.
Tal vez fuera por su terquedad, tal vez porque no parecía haber otra opción, pero el médico terminó por darle una lista de las cosas que creía podría haber en la embarcación y que de seguro harían una diferencia en las posibilidades que Jin tenía para sobrevivir.
La sola conversación con Nishikido le drenó todas las energías y aun así, apoyándose en las paredes, atravesó el laberinto de pasadizos que Kame le hubiera enseñado tiempo atrás.
Una vez que llegó a la bodega, probó a introducir la pequeña llave en la cerradura; esta cedió con la misma facilidad con que lo había hecho la cerradura de la enfermería. Jin le había dado la llave maestra del Queen of Pirates. No entendía por qué, tal vez por si alguna vez llegara a necesitarla, tal vez había previsto que algo así sucedería. De lo que sí estaba seguro era que Taguchi no estaba al tanto de aquello.
Rápidamente junto la mayoría de los ingredientes de la lista, luego abandonó la bodega y tomó rumbo a la cocina. Esperaba no encontrarse con nadie, pero a unos pocos metros de llegar, casi chocó de lleno con Koki, quien lo tomó por los hombros para evitar que cayera.
—Andas
muy lejos de tus aguas, ¿no crees?
—Busco a Kame.
Koki le miró perspicaz. Ueda no pudo evitar que un escalofrío le recorriera el cuerpo. Si bien, el pirata del parche sólo estaba cumpliendo con su deber, la animadversión que su dualidad le provocaba salió a flote sin poder ser contenida.
—Ya debe estar dormido y tú necesitas descansar.
Le dio media vuelta y sin soltar sus hombros comenzó a guiarlo de vuelta a su camarote; el agarre era amistoso como de costumbre, pero el noble no pudo evitar notar que el aura que desprendía su cuerpo en general era hostil.
—Koki—dijo soltándose de su agarre y volviéndose a él, tomándolo por los antebrazos para evitar que insistiera—. En serio necesito verlo, yo… Yo necesito disculparme.
A pesar de las tinieblas, pudo distinguir cómo el rostro de Koki se animaba un momento para apagarse después. Una reacción completamente inesperada que extrañó a Ueda.
—No seas duro con él. Es sólo un chico y…de verdad te aprecia.
Ueda se quedó sin palabras, por lo que se limitó a asentir con la cabeza.
—Procura
descansar—se despidió Koki.
—También
tú.
Kame estaba encogido en un rincón de la cocina, los ojos hinchados y la vista perdida en algún rincón del obscuro mar. Al escuchar a Ueda, se puso en pie de un salto, empuñando un pequeño cuchillo para fruta.
—Sé
que lo detestas, pero eso fue demasiado, ¿no lo crees? —se le acercó con
rudeza, Kame apretó la empuñadura—. ¡¿Qué?! ¡¿Aceptas tu parte de la culpa?!
—Yo no sabía que el capitán haría eso—dijo con voz trémula—. Estaba enojado, pero no creí que haría eso.
El llanto que brotó de sus labios detuvo la rabia de Ueda. El noble había entrado ahí dispuesto a enfrentar a un cruel pirata, pero se encontró con un niño desvalido a quien el peso de sus acciones lo estaba sobrepasando.
—¡Yo
no sabía!
—Nadie pudo saberlo.
Su voz fue suave. Se acercó a él, le quitó el cuchillo y lo atrajo hacia sí en un abrazo consolador.
—No es tu culpa, Kame. No lo es.
Kame se aferró a él y dejó que su llanto corriera libre. Ueda también dejó escapar un par de lágrimas.
—Aún
puedes arreglarlo.
—¿Cómo?
—preguntó separándose de él. — ¿Está vivo?
—Apenas. Ayúdame a salvarlo, sólo tú puedes hacerlo.
Ueda le entregó la lista y los ingredientes que había conseguido.
—Llévaselos al médico y sálvalo.
Se dejó caer extenuado al piso, Kame se agachó en su auxilio, pero el noble lo apartó con un gesto similar al que usara después de la tormenta, pero carente de desprecio.
—Sálvalo.
Kame
dudó un momento antes de tomar los ingredientes restantes e ir al encuentro de
Nishikido.
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