Capítulo 2
Así, sumido en la oscuridad que el pirata mantenía en el camarote, Ueda apenas reparó en el amanecer del tercer día, y fue entonces que decidió que era momento de salir. La vida continuaría estuviera él en ella o no.
Anunció su decisión de abandonar el lugar a Jin, este le indicó que le siguiera con un gesto de la mano. El noble dudó un momento antes de seguirlo a cubierta donde el pirata empezaría a repartir órdenes. Fue entonces cuando comprendió que Jin no le gustaba en lo absoluto. Odiaba la arrogancia que mostraba la postura de sus hombros al caminar, la forma en que se paseaba por todo el barco en función de ser el segundo al mando, mirando todo lo que pasaba ante él con el mismo interés con el que miraría el excremento de un perro.
Así, pasó la primera parte de la mañana intentando escapar, pero cada vez que daba un paso en dirección contraria a la que su celador caminaba o se apartaba de su vista, era devuelto por éste al ser jalado fuertemente por el cuello de la camisa. Tal violencia terminó por hacerle desistir.
Exasperado, decidió que lo mejor sería entretenerse observando cómo trabajaban los piratas, dándose cuenta de que en realidad no eran tan desorganizados como esperaba y que incluso eran trabajadores, llevándose una gran decepción al notar que ya era mediodía y ninguno de ellos estaba ebrio.
—Creí que eran más temibles que esto—soltó con desdén y se mordió la lengua al instante al notar la fría mirada que Jin le lanzaba.
—¿Por qué no ayudas con algo para variar? Tus quejas me están perforando los oídos.
Dicho esto, le empujó hacia un grupo de piratas que limpiaban con esmero la cubierta.
Exasperado, decidió que lo mejor sería entretenerse observando cómo trabajaban los piratas, dándose cuenta de que en realidad no eran tan desorganizados como esperaba y que incluso eran trabajadores, llevándose una gran decepción al notar que ya era mediodía y ninguno de ellos estaba ebrio.
—Creí que eran más temibles que esto—soltó con desdén y se mordió la lengua al instante al notar la fría mirada que Jin le lanzaba.
—¿Por qué no ayudas con algo para variar? Tus quejas me están perforando los oídos.
Dicho esto, le empujó hacia un grupo de piratas que limpiaban con esmero la cubierta.
Molesto, y aún a sabiendas de que se metería en problemas, se giró a Jin dispuesto a insultarlo, pero se detuvo en seco al toparse sus ojos con un pirata al que no había visto ni en el abordaje a su barco ni durante la inspección de Jin.
—¿Quién es él?—preguntó pero nadie le contestó.
Lo miró con atención, era un chico más joven que él, de expresión jovial y aire risueño que, a pesar de llevar un oscuro parche sobre su ojo derecho, era simpático. Su carácter, se atrevió a adivinar, era natural, no un teatro ensayado como lo había sido el capitán ni algo torcido como pensaba lo era Jin, y animado por la nula respuesta de su celador se acercó a él. Parecía estar ocupado con un oscuro polvo ocre que sacaba de una cubeta.
—¿Qué haces?—preguntó en un tono que pretendía sonar casual y que salió un tanto forzado.
—Preparo la carnada—se giró a él con una sonrisa abierta—¿Me ayudas?
Se sentó a su lado sin siquiera pensarlo, entonces el chico le mostró cómo debía preparar la carnaza para acto seguido amenizar el ambiente cantando una vieja canción marinera sobre amores que esperan. Ueda pensó que no era el mejor cantante, pero le ponía sentimiento y sin quererlo se unió a él tarareando los versos que le eran familiares.
Terminaron el trabajo cuando ya anochecía y Ueda notó que Jin les miraba con una sonrisa divertida, por la posición relajada y la pipa quemada, supuso que debía llevar buen rato observándole. Su risa le molestó, y poniéndose en pie fue directo hacia él. A cada paso que daba la risa de Jin aumentaba y plantándose frente a él miró desafiante.
—¿Quién es él?—preguntó pero nadie le contestó.
Lo miró con atención, era un chico más joven que él, de expresión jovial y aire risueño que, a pesar de llevar un oscuro parche sobre su ojo derecho, era simpático. Su carácter, se atrevió a adivinar, era natural, no un teatro ensayado como lo había sido el capitán ni algo torcido como pensaba lo era Jin, y animado por la nula respuesta de su celador se acercó a él. Parecía estar ocupado con un oscuro polvo ocre que sacaba de una cubeta.
—¿Qué haces?—preguntó en un tono que pretendía sonar casual y que salió un tanto forzado.
—Preparo la carnada—se giró a él con una sonrisa abierta—¿Me ayudas?
Se sentó a su lado sin siquiera pensarlo, entonces el chico le mostró cómo debía preparar la carnaza para acto seguido amenizar el ambiente cantando una vieja canción marinera sobre amores que esperan. Ueda pensó que no era el mejor cantante, pero le ponía sentimiento y sin quererlo se unió a él tarareando los versos que le eran familiares.
Terminaron el trabajo cuando ya anochecía y Ueda notó que Jin les miraba con una sonrisa divertida, por la posición relajada y la pipa quemada, supuso que debía llevar buen rato observándole. Su risa le molestó, y poniéndose en pie fue directo hacia él. A cada paso que daba la risa de Jin aumentaba y plantándose frente a él miró desafiante.
—¿Qué te hace gracia?
—La carnada está hecha con excremento humano molido—chilló, incapaz de contener la carcajada.
Ueda por su parte fue incapaz de contener una arcada y vació el poco contenido de su estómago en los pies del pirata.
—¡Voy a matarte!
Antes de que ninguno pudiera hacer o decir nada más, el chico del parche se plantó entre ellos.
—Jin, deja de molestarlo.
—No lo creo—conestó con voz poco afable, pero el chico ni se inmutó.
Antes de que ninguno pudiera hacer o decir nada más, el chico del parche se plantó entre ellos.
—Jin, deja de molestarlo.
—No lo creo—conestó con voz poco afable, pero el chico ni se inmutó.
A pesar de tomo usado por Jin, la naturalidad con la que el chico se dirigió a él, no pareció realmentemolestarle y eso alertó a Ueda. Pues si se prestaba cuidadosa atención, era fácil notar que a pesar de ser camaradas, existía cierta tensión entre ellos, como si sólo se necesitara una gota para inundar la mentira.
— Vamos Ueda, aún hay trabajo que hacer.
Echó a andar, y Ueda se despidió del chico con un torpe gesto de la mano que se quedó a medio camino entre lo vulgar y lo casual, antes de seguir a Jin de regreso a su camarote donde la cena les esperaba.
—No te acerques a él—soltó repentinamente serio, mientras escrutaba la honda negrura del pasillo.
—¿Por qué no?—preguntó inquieto.
—Porque es un demonio, igual que el capitán.
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