viernes, 26 de junio de 2020

The Ocean At The End Of The World







Tres reglas básicas:
En el caos está la sencillez.
En el conflicto está la armonía.
En el medio de la dificultad está la oportunidad.

ALBERT EINSTEIN




Capítulo 1

Fue una agradable mañana de primavera cuando decidieron zarpar. Su barco era una hermosa galera cargada con pocas pertenencias y tan solo unos cuantos hombres de confianza. El capitán y el resto de la tripulación habían sido elegidos por el padre de Ueda Tatsuya, un hombre que en otra vida había sido un lobo de mar y que ahora no era más que un viejo conde retirado a una vida más tranquila en su mansión a las afueras de la ciudad. La madre de Nakamaru Yuichi era quien había financiado tan espectacular barco y era también quien más deseaba que ese par de jóvenes amigos iniciarían un viaje para ver el mundo y así pudieran convertirse en hombres lo antes posible. Lo deseaba especialmente para su hijo quien recientemente había conseguido su título como Conde.
Este par de chicos eran muy distintos, los lados opuestos de una moneda y eran estas diferencias las que los hacían funcionar. Nakamaru Yuichi no era exactamente la imagen que se esperaría de un joven noble, más bien era uno de aquellos jóvenes de carácter nervioso, fáciles de alterar, y si bien caía simpático, no era precisamente atractivo. Muchas mujeres le encontraban cómico y esa era una de las pocas razones por las cuales solían buscar su compañía.
Ueda Tatsuya, por su parte, era alguien que a pesar de su baja estatura gozaba de una belleza excepcional. Era un joven de buenos modales y particular sentido del humor, un tanto insolente pues rara vez se dejaba amedrentar, y sobre todo era un acérrimo amante de las artes. Un joven que resultaba muy atractivo en todos los aspectos, él lo sabía y hacía uso de su encanto sólo cuando lo creía necesario.

La primera semana de su viaje pasó en un parpadeo pues estos jóvenes, desacostumbrados a la vida del mar, tardaron en acoplarse al constante movimiento del barco causado por el oleaje del mar, y se vieron en la vergonzosa necesidad de reposar en cama. Pero, a partir del punto en que se hubieron restablecido, comenzaron a pasar sus días escuchando las historias que el capitán y el resto de los marinos tenían por bien contarles.
A ambos chicos les fascinaban estas historias, a Ueda le emocionaban especialmente aquellas que tenían que ver con piratas, más específicamente aquellas que hablaban sobre el Queen of pirates; una embarcación tan hermosa como aterradora cuyo  capitán se desconocía la identidad. Era una embarcación legendaria que llevaba atemorizando el mar durante décadas.
A Nakamaru estas historias le crispaban los nervios, ya que siempre recordaba que tiempo atrás, cuando él no era más que un crío, esta legendaria embarcación, junto con otro par bajo su mando, atacó el puerto de S…a mitad de la noche, destruyendo el lugar casi en su totalidad. Apenas hubo sobrevivientes, él y su familia entre otros pocos que habían logrado esconderse en una cámara secreta construida por si alguna vez la guerra estallaba. Desde entonces, le acosaba un miedo constante a encontrarse con estos terribles seres. Algunas noches incluso, le parecía oír el repicar de la campana anunciando la tragedia, a veces simplemente veía el lugar en llamas y a uno de esos hombres, avanzando tranquilamente, cargando un niño en brazos arrancado de los brazos sin vida de su madre.
Esa día en particular, al capitán se le ocurrió contar esta historia, algo distorsionada por lo que Nakamaru podía recordar, pero igual de terrible, y mientras este joven veía la excitación crecer en el rostro de su amigo, él iba perdiendo el color de a poco. Bruscamente se puso en pie y fue a encerrarse en el camarote, necesitaba un momento a solas para calmarse, pero su amigo no tardó ni dos segundos en aparecer.
—Calma. Los piratas no van a venir a atacarnos.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Son historias tontas. El Queen of Pirates ni siquiera es real.
Nakamaru quería contradecirle, contarle lo que había vivido aquella trágica noche, sin embargo calló. Sabía que si le contaba aquello, jamás se lo sacaría de encima. Lo tendría todo el día pululando a su alrededor pidiéndole le contara la historia, como si con la repetición pudiera encontrar cosas que no estaban.
—Eso no lo sabes.
Dijo por toda respuesta, cansado, y Ueda decidió que lo mejor sería dejarlo descansar un rato, así que fue sentarse a su cama, aguardando a que su amigo recuperara los ánimos.
Unos minutos más tarde, cuando el crepúsculo empezaba a despuntar, sintieron el barco detenerse de improvisto; extrañados esperaron a que el capitán apareciera para informarles la situación, tal vez se tratara de alguna falla técnica, o hubieran chocado contra algo, pero a medida que pasaba el tiempo y nadie aparecía, decidieron ir en busca del capitán, y cuál sería su sorpresa al salir y encontrar a toda la tripulación en estado de alerta.
—Creí que el Queen of pirates no existía.
No era una leyenda, nunca lo había sido. Ueda lo comprobó cuando sus ojos se encontraron con una ondeante bandera negra que sembraba el terror con su belleza. Era la típica bandera pirata, un cráneo reposando sobre una cruz de tibias, enmarcado por una corona de olivo y la silueta de dos pequeñas hadas a cada costado. La caligrafía en que rezaba el nombre de la embarcación era elegante, confiriéndole un aire majestuoso a tan espectacular galera.
Fue silencio lo que siguió a las palabras de Ueda, un silencio expectante durante el cual cada hombre a bordo del Valerian esperaba en su puesto al abordaje.
El silencio se rompió en un abrir y cerrar de ojos, los disparos y el sonido del chocar del metal llenó el lugar tan rápido que ninguno de los dos jóvenes tuvo tiempo de escapar o esconderse. “Corre”, le gritó Nakamaru a su amigo al mismo tiempo que el filo de una espada sobresalía de la boca de su estómago. Ueda le vio escupir sangre poco antes de caer sin vida al suelo, dejando al descubierto el rostro impasible de su asesino. En ese mismo instante esperó por su muerte, sabía que no existía forma alguna de salvarse, así que no le extraño en lo absoluto que su consciencia de desvaneciera una fracción de segundo después.

Cuando recuperó el conocimiento se encontró en un camarote apenas iluminado por la luz de una vela; con cuidado se reincorporó, sintiendo un latigazo recorrerle la nuca justo donde había recibido el golpe que le dejara inconsciente. Se quejó profiriendo una maldición que recibió un bufido irónico como respuesta, que le obligó a fijar la vista en la puerta donde un hombre le miraba aburrido. Era el mismo hombre que había matado a su mejor amigo.
—El capitán te espera para cenar.
Su voz gélida le hizo entender que no repetiría la orden, por ello accedió a cambiar su desaliñado y un tanto arruinado traje, por aquel que reposaba a sus pies en la cama. Mientras a tientas se arreglaba el desordenado cabello, no pudo evitar sentirse intranquilo ante la extraña mirada que su celador le lanzaba. Este se acercó a él, y en un acto reflejo cerró los ojos con fuerza.
—¿Vas a mostrarle ese rostro tan patético a nuestro capitán?
La crueldad con la que dijo estas palabras, la sorna, le hicieron percatarse de lo grave que en realidad era la situación en que se encontraba. Había sido secuestrado por piratas, su tripulación posiblemente estaría muerta, su barco, hundido en el mar, y Nakamaru…bueno, Nakamaru ya no estaba. La fantasía había superado a la realidad.
Tardó un minuto en recuperar la compostura, trató de poner un rostro digno, uno que estuviera a la altura de su alcurnia y cuando lo hubo logrado, siguió al pirata hasta un apartamento dentro del cual el capitán le esperaba.
El capitán se mostraba ante sus ojos como toda una visión, enfundado en su elegante capa blanca que no desentonaba en lo absoluto con su exquisito traje rojo. El cabello castaño lo llevaba corto, peinado al natural e iba adornado con un enorme sombrero negro de ala ancha y una reluciente pluma blanca, y, a diferencia de sus subordinados, calzaba botas mosqueteras del mismo color que su sombrero. Era joven, tal vez más que él, y gozaba de una belleza peculiar pues a pesar de ser sus labios más finos de lo que le gustaría y tener una nariz más grande de lo habitual, al observarle sólo pudo sentir simpatía.
Arrobado como estaba, no pudo evitar seguir los elegantes movimientos de su cuerpo, mientras se quitaba el sombrero y le saludaba con una reverencia.
—Soy Taguchi Junnosuke, el capitán de esta tripulación—acompañó sus palabras con una sonrisa que, si bien era encantadora, era falsa. Una de esas sonrisas corteses que no te dejaban ver más allá y eso le inquietó—.Por favor, toma asiento.
Ueda obedeció al instante, el capitán también se sentó y pronto, un mozo que Ueda no había notado antes estaba allí, sirvió los platos y llenó las copas de vino. Taguchi dio un sorbo a la suya.
—Eres un chico con suerte—empezó—.Jin mató a tu amigo en lugar de a ti
Sorprendido, Ueda buscó con la mirada al chico que aguardaba impasible a unos pasos de ellos, como si así, medio oculto entre las sombras, pudiera mantenerse ajeno al asunto.
—Vaya suerte—soltó con sarcasmo, volviendo su vista al capitán, que parecía disfrutar del pequeño contratiempo.
—¿Cuál es tu nombre?
—Ueda Tatsuya.
No se molestó en agregar nada más, por la mirada de su interlocutor supo que ya sabía todo acerca de él. Con una sonrisa más la cena dio inicio y la conversación se dirigió hacia puntos tan triviales que Ueda dudaba poder recordarlos después. Toda su atención se concentró en el rostro del capitán, un rostro que se le hacía sumamente familiar
Hubo un momento, cuando la primer botella de vino se hubo vaciado, en el que el capitán se inclinó hacia él con el rostro completamente serio.
—Quiero estar a solas con Tatsuya—tan pronto como dio esta orden, todos los allí presentes se apresuraron a salir sin hacer un solo ruido, dejándolos completamente a solas. Ueda tragó grueso pues sabía que había llegado el momento de la verdad
—Necesito que me ayudes con una empresa
—¿Quieres que te ayude a delinquir? La verdad esperaba que me tomaras prisionero, o que me asesinaras para mandar un mensaje a la realeza—contestó un tanto incrédulo. El capitán rio
—Más bien me ayudarías a devolverle un favor a un viejo amigo y en cambio, yo te debería un favor a ti
—¿Y de qué clase de negocio hablamos?
Sabía que debía ir con cautela, no quería comprometerse en ningún sentido, pero tampoco quería irse sin saber de qué iba el asunto.
—Supongo que conoces los dominios de la familia Shigeaki—Tatsuya asintió y el capitán sonrió con complacencia–.Vamos a—hizo una corta pausa–destituir al marqués.
"Destituir" no sonaba en lo absoluto a algo que un pirata haría, pero supuso que Taguchi no era un pirata cualquiera, incluso se atrevería a apostar que surcaba los mares con patente de corso.
—Tienes cinco días para tomar una decisión.
—¿Y si la respuesta es no?
—Me sentiré defraudado, pero nos separaremos como amigos. Adiós, Tatsuya.
Al salir se encontró con Jin, quien supuso sería su escolta a partir de ese momento. Con un gesto le indicó el camino a seguir, Ueda obedeció no sin antes girarse para ver el lugar donde el capitán debía estar, encontrándolo, curiosamente en penumbras.

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