martes, 16 de noviembre de 2021

Red Moon Capítulo 6

 —¡Eres un idiota! ¿Qué te crees que haces actuando de esa manera?— le reclamó Jin cuando estuvieron a solas.

—Nada— respondió Ueda apartándose con un empujón. —Defendernos, quizás.

—¿Te das cuenta de la estupidez que acabas de hacer?

—Ah, estupidez. ¡¿Estupidez?! ¿Defenderme es una estupidez?— sus ojos comenzaron a irritarse. —No sé por qué te enfadas conmigo, él empezó.


Jin levantó la diestra dispuesto a golpearle, mas Ueda reaccionó al instante sujetandolo del antebrazo, dejando al menor más que sorprendido por la veloz acción. Los irritados ojos de Ueda enrojecian intensamente mientras se acercaba al rostro de Jin hasta que sus narices se tocaron, y con una flameante mirada dijo: —Él empezó — le soltó con brusquedad y se marchó sin mirar atrás.


El trabajo hizo que al cabo de unas horas a Ueda se le pasará el mal humor, sin embargo Jin por su parte, estuvo el resto del día enfurruñado, llegando incluso al grado de ignorarle. Ante esto Ueda no pudo evitar sentirse terriblemente mal, de algún modo el comportamiento de Jin siempre le afectaba, quisiera o no. Terminando la jornada, intentó acercarse a él, pero Jin siguió de largo sin siquiera darle la oportunidad de decir palabra, en ese momento Kame se paró junto a él.


—¿Problemas en el paraíso?— dijo el chico dándole un codazo en el brazo.

—¿Eh? No sé— no comprendía a qué iba el comentario.

—Oh, creí que tú y él, ya  sabes... salían.

—No, no… creo que no.

—¿Te rechazó?

—¿De qué hablas?

—Pues de lo que me habías dicho antes de que te perdieras o te raptaran o lo que sea que te pasó.

—Lo siento, pero no recuerdo nada.

—Uhm, entiendo, entiendo. Lo mejor ahora sería ir a descansar, tal vez mañana se le pase, ya sabes cómo es.

—Supongo— suspiró.

—Bueno, qué descanses— le dió un par de palmadas en el hombro y se marchó.


La luna llena iluminaba las calles con su melancólico resplandor, alumbrando el camino a casa de Ueda, que seguía pensando en lo sucedido. No lograba entender el comportamiento de Jin en absoluto, se sentía enojado, triste y confundido, "¿Por qué Jin se molestaría tanto por semejante tontería?", ¿acaso esperaban que no se defendiera?, en verdad creía haber hecho lo correcto, quizás pudo haber actuado de una forma menos agresiva, pero se estaban pasando de la raya, y lo peor de todo es que a pesar de ello quería disculparse con Jin, quien además actuaba raro, el mísmo Nishikido lo dijo. Así sus pasos continuaban lentos e imprecisos.


No lo resistió más, la bipolaridad de Jin es tal que el enojo podría desaparecer de la noche a la mañana o bien durarle un mes entero, cosa que Ueda no estaba dispuesto a soportar, así que fue en su búsqueda, tenía que arreglar las cosas lo antes posible.


Corrió con esmero pues no quería encontrarlo dormido, cuando estuvo en casa de Jin se percató de que todas las luces estaban apagadas, probablemente ya se había acostado, era demasiado tarde. Sin embargo sentía la imperiosa necesidad de verlo, los sentimientos se le agolpaban en el pecho, en verdad quería disculparse, pero tampoco quería molestarlo por lo que decidió escalar el edificio por un costado hasta la habitación de Jin, esperaba de consuelo que por lo menos en su rostro dormido no cargará con rastro de disgusto. Abrió la ventana con el corazón en la boca, no había nadie allí. Una increíble sensación de soledad se apoderó de él, un torrente de pensamientos le llegaban a la cabeza a través de la sienes, sentimientos e ideas se le amontonaron en la garganta, era como si algo le intoxicara cuerpo y alma, no lo comprendía, era una extraña sensación, como si algo dentro de él tuviese vida propia y le revolviera las entrañas, como si ése algo quiera decirle algo, pugnando por salir, revolcándose y alterando sus sistemas. Quería estar con Jin, quería matarlo, quería llorar, quería abrazarlo, quería gritar, reír, golpear, romper, besar, morir, morder, amor, odio, rencor, dolor, placer… el corazón se le ensanchaba, la hirviente sangre traía olas de espasmos por todas partes, un dolor agudo le calaba el esqueleto entero como si uno a uno los huesos se le rompieran, cayó al suelo, la vista perdía los habituales colores, de pronto sentía miedo y estupor, estaba perturbado, sentía la piel lacerarse de la cara a las extremidades, las vísceras le saltaban por dentro, no podía pensar con claridad, sólo sufrir, sólo imágenes, imágenes fugaces como en sus peores pesadillas, sintió frío, luego calor, un espeso manto le cubría casi por completo, se sujetó de la cama y tiró de ella para levantarse pero ésta se rompió, se le nublaba la mente, se sentía inmensamente abrumado, buscó su teléfono celular para pedir ayuda, no lo encontró, las henchidas venas palpitaban como a punto de explotar, volvió a buscar, está vez sin saber qué era lo que buscaba, se levantó del suelo tentando todo a su alrededor, la habitación se hacía cada vez más pequeña haciéndolo sentir encasillado, destruía todo lo que tocaba con sus enormes zarpas, estaba totalmente alterado, no podía más, necesita salir de ahí, necesitaba ayuda urgentemente, saltó fuera del lugar rompiendo la ventana y parte del muro cuál si fueran de papel, cayendo sobre la acera sin resentir el impacto de la caída, la sesera le dolía más y más como si fuera un globo con cada segundo que transcurría, intentó pedir auxilio pero del hocico sólo salió un alarido agónico, dió un paso hacia la carretera justo cuando un automóvil pasaba a toda velocidad deslumbrandole y provocando que tropezara estrepitosamente con unos botes de basura, el ruido le alteró en sobremanera haciéndole huir a grandes zancadas perdiendo totalmente la razón.



Amaneció desnudo sobre la cama empapado en sudor, manchado de sangre y lodo, las sábanas rasgadas y sucias eran un desastre, intentó recordar lo sucedido la noche anterior, pero no pudo, sólo flasheos de imágenes indescifrables. Recogió las sábanas y envolvió con ellas todo lo que estuviese roto o manchado de sangre y lo escondió en el fondo del armario, se dió un regaderazo rápido, escribió una de disculpa y agradecimiento a sus padres, la colocó en la mesita de centro de la sala, tomó las llaves de su deportivo y fue al trabajo.


Con paso decidido camino del estacionamiento a la sala de ensayos con la frente bien en alto, intentando ignorar las miradas y efluvios nerviosos de la gente a su alrededor, los chismes vuelan, él es consciente de ello y por eso decidió que lo mejor sería aparentar normalidad y hacer como si nada hubiera pasado. Desde el pasillo pudo escuchar una conversación de agitada preocupación, no lograba captar claramente todas las palabras así que se apresuró a entrar, esperando no ser regañado por llegar tarde, abrió la puerta sin hacer ruido y vió a los cinco chicos de pie en medio de la sala; un alterado Jin era el centro de atención, Nakamaru y Taguchi lucían preocupadisimos, en cambio Kamenashi y Tanaka se veían más que enojados.


—¿Qué ocurre?— preguntó interrumpiendolos.

—¿Y tú dónde rayos estabas? ¿Por qué no contestas el celular?— le reclamó Kame.

—¿De qué hablas? ¿Qué ocurre?

—Allanaron la casa de Akanishi— intervino Taguchi.

—¡¿Qué?!

—Lo que oíste— dijo Kame aún violento.— Y tú no eres capaz de contestar el pinche celular...— se acercó a con mirada amenazante pero Ueda lo interrumpió.

—¡Oye! Si no conteste es porque estaba ocupado, idiota— respondió dándole un empujón.

—A ver, cálmense gallitos— dijo Jin interponiéndose entre los dos. —No estamos aquí para discutir quién contestó el teléfono y quién no, estamos aquí porque alguien se metió a mi casa, lo cual significa que todos estamos en riesgo.

—Akanishi tiene toda la razón,— dijo Tanaka— necesitamos hacer algo al respecto, no discutir entre nosotros.

—Bien— contestó KameDa.

—Yo digo que contratemos una escolta de seguridad— sugirió Taguchi.

—No exageres,— Tanaka le dió un zape— ni siquiera sabemos si sólo se metieron a robar.

—No estoy exagerando— chilló. — No sabemos por qué lo hicieron ni quién podría ser el siguiente.

—¿Creen que haya sido alguno de esos psicópatas asesinos que pasan en la tele?— espetó de pronto Nakamaru pálido de miedo.

—Por dios, Maru, no inventes— dijo Ueda. —Ya deja de ver Morbo Chanel, ¿quieres?

—No lo digo por éso, está en las noticias.

—Los noticieros exageran todo, además Tanaka tiene razón, podría tratarse de un simple robo. ¿Ya llamaron a la policía?— preguntó Ueda.

—Ya,— respondió Jin frustrado— y tienen cerrada mi casa para investigar.

—¿Por cuánto tiempo?— preguntó Kame.

—No lo sé— se dejó caer con pesadez en un sillón puff.

—Puedes quedarte conmigo si quieres— se ofreció Ueda.

—Ay, no, ¿con tus padres?— dijo con una mueca de desagrado.

—Claro que no, en mi departamento— se apresuró a decir.

—Ah, éso cambia la cosa. Aunque pensaba en pedírselo a Yamapi— dijo pensativo.


Los otros cuatro se apartaron un par de pasos discretamente.


—Por favor, cuidaré bien de ti— se inclinó en una reverencia, ante lo cual Jin suspiró y le sujetó la cabeza con ambas manos.

—Está bien, pero comeremos lo que yo quiera.

—Sí.

—Y yo pondré mis propias reglas.

—De acuerdo.

—Bien. Vamos por mis cosas, no estoy de humor para trabajar— le revolvió el cabello antes de soltarlo y se levantó de  su asiento.

—¿Trajiste tu auto?— preguntó irguiéndose.

—No, vine en taxi. Pase la noche en un hotel.

—Vamos en el mío pues.

—¿Si no en cuál?

—¿Eh?

—Nada, menso. Vamos.


Fueron a casa de Jin para recoger algunas de sus pertenencias, el sitio era un desastre repleto de escombros, estaba acordonado con cintas de color amarillo, había una patrulla estacionada en la entrada y un par de policías vigilando, apenas lograron convencerlos de dejarles pasar pero advirtiéndoles que no sería por mucho tiempo, uno de los oficiales los acompaño dentro y mientras Jin preparaba una pequeña maleta con lo poco que un detective le permitiera tocar, a Ueda le hicieron un breve interrogatorio de rutina, mas sus respuestas no eran del todo congruentes ya que no pudo evitar el sentirse nervioso debido a su amnesia de la noche anterior, generando cierta intriga en el uniformado quien le dió un citatorio para descartar cualquier sospecha. Salieron del lugar en menos de diez minutos, apresurados por la policía. De camino al departamento pasaron a comprar hamburguesas, un six y alguna que otra chuchería que a Jin se le antojara, cuando por fin llegaron, Ueda bajó la maleta de la cajuela y se  dispuso a limpiar inmediatamente el polvo que se había acumulado en la vivienda debido a que estuvo deshabitada. Mientras tanto, Jin únicamente sacudió una parte del sofá para sentarse y se limitó a ver al otro trabajar, devorando una bolsa de frituras.


—¿Con que aquí vives, eh?— dijo al cabo de un rato.

—Sí— respondió sin dejar su labor.

—Creí que sería más grande— hizo una pausa para abrir una bolsa de papitas— o por lo menos más lujoso.

—¿Por qué?

—No, por nada— se encogió de hombros.

—¿Cómo que "por nada"?

—Pues nada.

—Siempre es nada contigo, Jin.

—¿Y?

—¿Cómo que "y"?

—Pues sí, ¿"y"?

—No, nada.

—Cómo sea—dijo rodando los ojos.— ¿Dónde está el baño? Necesito ducharme.

—Primero déjame acomodar todo.

—No te tardes mucho— dijo en medio de un bostezo, luego se dirigió a una puerta. — Supongo que ésta es tu habitación, ¿no?

—Así es.

—Bien , dormiré una siesta en lo que terminas, me avisas cuando el baño esté listo y calientito.

Ok, holgazán.

—¿Cómo me llamaste?

—Holgazán.

—Nah— entró y cerró la puerta.


Terminó el quehacer lo más rápido que pudo, se fumó unos cigarrillos en el balcón y entró a la habitación para ver a Jin dormir; era tan hermoso, sólo equiparable a un paisaje sublime, el blanco rostro sumido en un profundo sueño lucía tan tranquilo, casi inocente, el acompasado ritmo de la respiración le daba un aire angelical, suave. La dorada y tenue luz que se colaba por entre las persianas hacía resaltar la tersura su piel, cuán grato sería ver aquellos ambaricos ojos, oscuros y brillantes como el más exquisito néctar de la flor silvestre, embriaguez de la naturaleza viva, ahora cubiertos con pálido velo, frágil par de pétalos que, pareciendo escuchar los deseos del jovén lobo, se despliegan para evocar la lánguida y melosa mirada del sueño que adormece a la vida, mirada de ojos húmedos, cansados y tiernos.


—Despertaste— dijo susurrando.—¿Tienes hambre o prefieres ducharte primero?

—No...— apenas habló con somnolienta voz.

—¿No qué?

—Tengo sueño, Tat.

—Entonces duerme un poco más.— Cuando hizo amago de irse Jin le detuvo tomándole de la mano con suavidad.

—Quédate.

—¿Eh?¿Quieres que me quedé?— preguntó un tanto sorprendido.

—Sí— dijo en un puchero cerrando nuevamente los ojos.


Ueda obedeció sin más, se desvistió y entró a la cama procurando no despertar al chico que ya dormía otra vez.


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