Capítulo 8
Al despertar la siguiente mañana, encontró sobre su
buró el libro de registros. Estaba maltratado y le habían arrancado algunas
páginas, pero parecía que el inventario del viaje en el que se hallaban estaba
completo.
Revisó antiguos registros, sorprendiéndose al
descubrir las cuantiosas naves que habían asaltado durante esa primera mitad
del año. Un escalofrío le recorrió el cuerpo al recordar cómo había sido el
asalto a su propia nave y después de corroborar que las pertenencias de Maru se
hallaban guardadas en la bodega del tesoro, llegó a la resolución de que debía
recuperar alguna de ellas, aunque fuera sólo para homenajearlo.
Llegó un poco tarde a desayunar, y apenas se sentó
a la mesa Jin se puso en pie y abandonó el camarote, provocando que Taguchi le
dedicara una breve mirada de fastidio antes de sonreírle y darle los buenos
días.
Si el ambiente era tenso, la felicidad que
desprendía el aura de Koki hizo que el desayuno fuera insoportable.
Más tarde, Ueda intentó acercarse a Jin para
intentar recuperar su anillo, un esfuerzo por demás inútil ya que el pirata
había empezado a rehuirle como a la peste. Supuso que el haber gastado el día
anterior en compañía de Koki después de su pelea, había sido igual a pronunciar
su amistad hacia él.
Ese día, no obstante, apenas tuvo tiempo de meditar
pues Koki estuvo al pendiente de él la mayor parte del tiempo, haciéndole
participe de sus juegos y bromas, casi todas dirigidas al pequeño Kame.
Logrando así aliviar, en parte, la tensión que se había extendido hasta
apoderarse casi por entero del navío.
Fue un tiempo divertido y además útil, pues hubo
veces em que el capitán daba al noble tal o cual orden que no entendía,
entonces el chico del parche venía en su ayuda, haciéndole de traductor y Ueda
salía bien librado. Asimismo, descubrió que casi todos en la tripulación
parecían tener una buena opinión del pirata.
Mas no sabía si Koki realmente era alguien en quien
pudiera confiar. Los primeros días el chico le había parecido la mejor opción
pues le había encontrado simpático y, cómo no, simple. Sin embargo, el verle
disfrutar con el sufrimiento ajeno, aún si era el de alguien como Jin, hizo que
comenzara a albergar dudas.
Cuando por fin logró deshacerse de él, casi había
anochecido y él había logrado saltarse la cena con la excusa de encontrarse
demasiado cansado. Taguchi, a pesar de la animadversión, habíase mostrado
comprensivo a este respecto y, casi sin quererlo, Ueda había provocado que el
capitán discurriera acerca de la importancia de la buena alimentación y el
descanso. No sé quedó a escucharlo, la sola idea de aguantar un discursillo al
día le aterraba más que cualquier cosa que pudieran hacerle.
Libre por fin de toda compañía, dirigió sus pasos
hacia la bodega para poder terminar el inventario con tiempo de sobra y poder
buscar las pertenencias de su amigo antes de tocar puerto.
—Te dije que Tanaka era un demonio y que debías
alejarte de él, pero no me hiciste caso.
Escuchó la voz de Jin provenir de la obscuridad.
Esta vez Ueda no se sorprendió; a pesar de su aparente enojo, el noble sabía
que el pirata le había entregado los registros por voluntad propia y de cierta
forma había estado esperando a que este se le apareciera entre sombras.
Movió el candil hasta que la luz reveló la
ubicación exacta del pirata. Estaba recargado contra uno de los estantes en que
se almacenaban los quesos.
—A ti y a Taguchi les encantan las apariciones
teatrales.
—Un mal hábito heredado de nuestro antiguo capitán.
Como siempre, Jin jugaba con algo en la mano que
Ueda no alcanzó a ver y, a pesar de intentar disimularlo, Ueda notó que a su
voz le faltaba su sorna habitual y la fría y a veces distante expresión de su
rostro había sido sustituida por una más pensativa, acaso conflictuada.
—¿Qué quieres? —preguntó un tanto tajante—Creí que
no tenías deseos de verme, ya que no seguí tu advertencia.
Jin se tensó un poco.
—Gracias.
La palabra fue pronunciada de manera tan forzada y
precipitada que Ueda apenas pudo creer que la escuchó.
—¡¿Qué?!
—¡No voy a repetirlo!
De todas las cosas que le pirata pudiera hacer o
decir, jamás se imaginó que el agradecer fuera una de ellas.
Jin se apresuró a abandonar la bodega y en un
movimiento mecánico Ueda le agarró del brazo. A esa distancia tan corta, el
noble pudo notar el embarazo que se asomaba a las mejillas del pirata y
haciendo caso de su razón, decidió no insistir. Le soltó para que pudiera
marcharse, pero Jin no lo hizo. Se quedó ahí parado un momento, inmóvil, la
respiración ligeramente acelerada. Era como si ese ser siempre tan seguro de sí
mismo se hubiera encontrado con un obstáculo imposible de sortear.
Afortunadamente, ese era un terreno que el noble
dominaba a la perfección y le ofreció la salida más digna que encontró:
—Me debes una muy grande.
—Lo sé.
Cuando Jin marchó, Ueda sintió algo extraño
agitarse dentro de su pecho, como si la creencia de toda una vida se hubiera
puesto de cabeza y le mostrara algo que hubiera permanecido oculto durante
tanto tiempo que ahora era casi imposible de entender. De pronto, aquel hombre
que le repelía, ya no lo hacía en lo absoluto y por un momento se había
encontrado deseando su simpatía.
Fue un
pensamiento que desechó casi al instante, no quería que su mente, confusa por estos
encuentros fugaces, transformara esa tonta idea en un pensamiento recurrente.
Le avergonzaba el siquiera pensarlo, así que avanzó
hasta el estante contra el que Jin había estado recargado, encontrando que el
pequeño objeto con el que había estado jugando era una pequeña llave que debía abrir
algún compartimiento que Ueda desconocía pues durante sus recorridos por la
nave jamás se había encontrado una sola puerta cerrada.
Jin no parecía ser alguien dado a cometer errores,
por pequeños que fueran. Por lo que esa llave debía ser una guía hacia algo. La
pregunta era si ese algo era bueno o malo para él.
No podía confiar en él, en nadie en realidad, así
que guardó la llave y decidió que lo mejor sería ponerse manos a la obra y recordarse la
realidad de su situación: estaba en un barco pirata y él era un prisionero.
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