jueves, 28 de enero de 2021

The Ocean At The End Of The World Capítulo 8

 

Capítulo 8

Al despertar la siguiente mañana, encontró sobre su buró el libro de registros. Estaba maltratado y le habían arrancado algunas páginas, pero parecía que el inventario del viaje en el que se hallaban estaba completo.

Revisó antiguos registros, sorprendiéndose al descubrir las cuantiosas naves que habían asaltado durante esa primera mitad del año. Un escalofrío le recorrió el cuerpo al recordar cómo había sido el asalto a su propia nave y después de corroborar que las pertenencias de Maru se hallaban guardadas en la bodega del tesoro, llegó a la resolución de que debía recuperar alguna de ellas, aunque fuera sólo para homenajearlo.

Llegó un poco tarde a desayunar, y apenas se sentó a la mesa Jin se puso en pie y abandonó el camarote, provocando que Taguchi le dedicara una breve mirada de fastidio antes de sonreírle y darle los buenos días.

Si el ambiente era tenso, la felicidad que desprendía el aura de Koki hizo que el desayuno fuera insoportable.

 

Más tarde, Ueda intentó acercarse a Jin para intentar recuperar su anillo, un esfuerzo por demás inútil ya que el pirata había empezado a rehuirle como a la peste. Supuso que el haber gastado el día anterior en compañía de Koki después de su pelea, había sido igual a pronunciar su amistad hacia él.

Ese día, no obstante, apenas tuvo tiempo de meditar pues Koki estuvo al pendiente de él la mayor parte del tiempo, haciéndole participe de sus juegos y bromas, casi todas dirigidas al pequeño Kame. Logrando así aliviar, en parte, la tensión que se había extendido hasta apoderarse casi por entero del navío.

Fue un tiempo divertido y además útil, pues hubo veces em que el capitán daba al noble tal o cual orden que no entendía, entonces el chico del parche venía en su ayuda, haciéndole de traductor y Ueda salía bien librado. Asimismo, descubrió que casi todos en la tripulación parecían tener una buena opinión del pirata.

Mas no sabía si Koki realmente era alguien en quien pudiera confiar. Los primeros días el chico le había parecido la mejor opción pues le había encontrado simpático y, cómo no, simple. Sin embargo, el verle disfrutar con el sufrimiento ajeno, aún si era el de alguien como Jin, hizo que comenzara a albergar dudas.

Cuando por fin logró deshacerse de él, casi había anochecido y él había logrado saltarse la cena con la excusa de encontrarse demasiado cansado. Taguchi, a pesar de la animadversión, habíase mostrado comprensivo a este respecto y, casi sin quererlo, Ueda había provocado que el capitán discurriera acerca de la importancia de la buena alimentación y el descanso. No sé quedó a escucharlo, la sola idea de aguantar un discursillo al día le aterraba más que cualquier cosa que pudieran hacerle.

 

Libre por fin de toda compañía, dirigió sus pasos hacia la bodega para poder terminar el inventario con tiempo de sobra y poder buscar las pertenencias de su amigo antes de tocar puerto.

—Te dije que Tanaka era un demonio y que debías alejarte de él, pero no me hiciste caso.

Escuchó la voz de Jin provenir de la obscuridad. Esta vez Ueda no se sorprendió; a pesar de su aparente enojo, el noble sabía que el pirata le había entregado los registros por voluntad propia y de cierta forma había estado esperando a que este se le apareciera entre sombras.

Movió el candil hasta que la luz reveló la ubicación exacta del pirata. Estaba recargado contra uno de los estantes en que se almacenaban los quesos.

—A ti y a Taguchi les encantan las apariciones teatrales.

—Un mal hábito heredado de nuestro antiguo capitán.

Como siempre, Jin jugaba con algo en la mano que Ueda no alcanzó a ver y, a pesar de intentar disimularlo, Ueda notó que a su voz le faltaba su sorna habitual y la fría y a veces distante expresión de su rostro había sido sustituida por una más pensativa, acaso conflictuada.

—¿Qué quieres? —preguntó un tanto tajante—Creí que no tenías deseos de verme, ya que no seguí tu advertencia.

Jin se tensó un poco.

Gracias.

La palabra fue pronunciada de manera tan forzada y precipitada que Ueda apenas pudo creer que la escuchó.

—¡¿Qué?!

—¡No voy a repetirlo!

De todas las cosas que le pirata pudiera hacer o decir, jamás se imaginó que el agradecer fuera una de ellas.

Jin se apresuró a abandonar la bodega y en un movimiento mecánico Ueda le agarró del brazo. A esa distancia tan corta, el noble pudo notar el embarazo que se asomaba a las mejillas del pirata y haciendo caso de su razón, decidió no insistir. Le soltó para que pudiera marcharse, pero Jin no lo hizo. Se quedó ahí parado un momento, inmóvil, la respiración ligeramente acelerada. Era como si ese ser siempre tan seguro de sí mismo se hubiera encontrado con un obstáculo imposible de sortear.

Afortunadamente, ese era un terreno que el noble dominaba a la perfección y le ofreció la salida más digna que encontró:

—Me debes una muy grande.

—Lo sé.

Cuando Jin marchó, Ueda sintió algo extraño agitarse dentro de su pecho, como si la creencia de toda una vida se hubiera puesto de cabeza y le mostrara algo que hubiera permanecido oculto durante tanto tiempo que ahora era casi imposible de entender. De pronto, aquel hombre que le repelía, ya no lo hacía en lo absoluto y por un momento se había encontrado deseando su simpatía.

Fue un pensamiento que desechó casi al instante, no quería que su mente, confusa por estos encuentros fugaces, transformara esa tonta idea en un pensamiento recurrente. Le avergonzaba el siquiera pensarlo, así que avanzó hasta el estante contra el que Jin había estado recargado, encontrando que el pequeño objeto con el que había estado jugando era una pequeña llave que debía abrir algún compartimiento que Ueda desconocía pues durante sus recorridos por la nave jamás se había encontrado una sola puerta cerrada.

Jin no parecía ser alguien dado a cometer errores, por pequeños que fueran. Por lo que esa llave debía ser una guía hacia algo. La pregunta era si ese algo era bueno o malo para él.

No podía confiar en él, en nadie en realidad, así que guardó la llave y decidió que lo mejor sería ponerse manos a la obra y recordarse la realidad de su situación: estaba en un barco pirata y él era un prisionero.


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